The Tallest Man on Earth e Idiot Wind en el Teatro Lara

El Teatro Lara se está convirtiendo en un must de los conciertos más exquisitos de la capital. Esta noche contábamos con la presencia del ya considerado como el Dylan sueco, The Tallest Man on Earth. De aperitivo tuvimos la suerte de descubrir a la también sueca Idiot Wind (nombre de una canción de… Dylan, sí). La espigada chica y su deslavazado pelo rizado se estan dando a conocer con un puñado de buenas canciones de corte folk-pop cercano y apacible, como de la vieja escuela. La actuación, corta pero intensa (tópico periodístico, pero veraz a todas luces), nos sirvió para ir abriendo boca para lo que vendría a continuación, con la certeza de haber descubierto a un gran talento, con un futuro, crucemos dedos, esplendoroso.

The Tallest Man on Earth, Kristian para los amigos, surgió del telón con su exigua anatomía, un tupé a prueba de huracanes y toda la actitud de los cantautores norteamericanos clásicos, con fuerte personalidad y un carisma difícilmente resistible. Muchos comparan su voz a la del bueno de Bob (tercera mención), y no les faltará razón, el norteamericano es el gran espejo en el que el sueco se mira, con todo lo bueno que puede traer consigo (malo, malo, más bien poco).

Centrándose en su último álbum y EP, aunque sin olvidarse de su celebrado debut, pudimos disfrutar de uno de los setlist más compactos y penetrantes de 2010. La melodía de ‘Burden Tomorrow’ se magnifica en el tú a tú, mientras que ‘Tangle in this trampled wheat’ y su descarnado I’m not leaving alone nos puso los pelos literalmente de punta. ‘King of Spain’ como retrato burlesco (¿involuntario?) aunque entrañable de nuestro país resultó de lo más divertido. La conmovedora ‘Love is all’, y su precioso punteo de guitarra, relatando en la oscuridad de la sala un desgarro emocional e incurable fue, sin querer resultar pomposo, una bofetada en el alma.

Cuando la intensidad del concierto rozaba lo imposible, Idiot Wind apareció en escena para interpretar una más sosegada interpretación de ‘Thrown right at me’ en un dúo donde la dulzura de la sueca suavizó el tema de sobremanera. Para terminar la velada de manera inmejorable, se sentó al piano para regalarnos una grandiosa ’Kids on the run’ que nos elevó hasta un éxtasis emocional difícil de superar. Después de tanta parafernalia introspectiva no queda bien decirlo, pero: que me lo envuelvan para regalo.

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