Lady Gaga en el Palacio de los Deportes

Recuerdo con especial cariño la primera vez que Lady Gaga visitó la capital hace casi dos años en el Ocho y Medio. Un concierto gratuito de presentación, donde solo interpretó seis canciones y con el acostumbrado sonido nefasto de la sala, que a pesar de todo estuvo repleto de encanto y actitud. Anoche recordó aquel inolvidable momento (decorándolo un poquito, eso sí) y me puse a pensar si aquel directo, dentro de lo limitado que fue, me pareció mucho más agradable y divertido que al que estaba asistiendo en aquellos mismos instantes. También puede que influyese el hecho de casi morir aplastado para entrar en el recinto o que la inexplicable hostilidad de la gente convertía el foso en una lucha sin cuartel. Supongo que me estaré haciendo mayor para depende de que cosas.

Tampoco os quiero engañar, el concierto como show que es deja a otras divas pop a la altura del betún. Y es que además en lo musical se mantuvo a la altura (aunque ya sabemos en lo que destacan este tipo de directos): la voz de Gaga se mostró controlada, potente y versatil, el sonido era claro y se intentaba que la música fuese lo menos enlatada posible. La puesta en escena, como era de prever, rozaba lo hortera en bastante ocasiones (aunque los vídeos, sorprendentemente, eran bastante sencillos y elegantes), pero también hubo momentos brillantes esteticamente. El escenario pasó de un barrio de mala muerte a un bosque oscuro y esteril, a incluir desde estatuas ardiendo a enormes muñecos con forma de monstruos. Ningún exceso es suficiente para Gaga.

Del repertorio no se podían esperar demasiadas sorpresas, ya que, como sabemos, solo cuenta con un disco y un ep (aunque se echó en falta ‘Eh eh’). Como en estudio, hay temas que se comieron a otros: evidentemente los singles que ya todos conocemos, pero también ‘Dance in the dark’ (grandiosa apertura), ‘Monster’ o ‘Speechless’ (emocionante al piano) frente a ‘Money honey’, ‘The fame’ o ‘So happy I could die’. El triunvirato final, compuesto por ‘Poker face’, ‘Paparazzi’ y ‘Bad romance‘, se vio algo perjudicado por las pausas entre las tres, en lo que podía haber sido un clímax final irrepetible (sin que fuese tampoco nada traumático por otra parte).

La Germanotta se mostró de lo más parlanchina durante las dos horas que duró el directo, a veces muy acertada (la mencionada anécdota del Ocho), otras mordaz (la crítica hacia las que utilizan playback) y en ocasiones algo cansina (el tema de la superación personal ya huele). En cualquier caso, hizo de la velada algo mucho más cercano de lo que se podría esperar de un concierto de estas dimensiones. La actitud la tiene, la voz y el olfato pop también, el sentido del showbussiness por descontado; quizás únicamente le haga falta autodefinirse un poco más, porque tanto collage en tan poco tiempo puede resultar cansino. En realidad, minucias para un espectáculo bastante bien hilado, con carencias y virtudes, pero que triunfa como lo que es: un gran entretenimiento del gran circo musical que es el pop de divas.

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