La Casa Azul – La Polinesia Meridional

Cuatro años después de su último álbum, La Revolución Sexual, en el que Guille Milkyway se entregaba de lleno al Sonido Filadelfia (a pesar de algún que otro guiño al J-Pop), nos llega La Polinesia Meridional que, lejos de significar un cambio de rumbo o una búsqueda de nuevos sonidos que integrar a la ya de por sí extensa gama de texturas musicales de la que Guille puede presumir, perfecciona aún más las señas características de su proyecto más personal. ¡Ojo! Que algo no sea novedoso no quiere decir necesariamente que sea malo.

Gracias a que Guille conoce ahora más que nunca el camino recorrido, sus errores del pasado y su zona de seguridad, el catalán ha parido un álbum en el que juega sin ningún tipo de miedo o reparo con (prácticamente) todas las fórmulas que había utilizado anteriormente, ahondando en las características diferenciales de cada una de ellas y elaborando canciones que, aunque nuevas, resultan familiares -y por ende entrañables- a la primera escucha.

Nada más empezar, encontraremos toda una declaración de intenciones en forma de canción: Los chicos hoy saltarán a la pista, una suerte de Chicos Malos con mucha más mala leche, que además nos hace intuir que las letras del Guille de hoy difieren sustancialmente de las de aquel veinteañero que publicó su primer EP allá por el 2000, y nos demuestra que Milkyway ha alcanzado la madurez compositiva. Siguiendo la estela de La Revolución Sexual (la canción), este primer tema mantiene el espíritu funk, pero con una riqueza instrumental (el coro de trompetas es uno de los momentos más destacables del álbum) que deja un muy buen sabor de boca, fruto de la satisfacción de escuchar una pieza cuyos detalles han sido estudiados y cuidados al milímetro.

¿Qué se siente al ser tan joven?, una de las canciones más crudas de La Polinesia…, es a la vez un autorreproche por haber dejado pasar el tiempo preocupándose por ser más grande (en todos los sentidos) sin tener en cuenta que los detalles más pequeños son los que más nos engrandecen, y un toque de atención para no seguir cometiendo los mismos errores. Todo acompañado por arreglos J-Pop (aunque de forma muy sutil, apenas perceptible en la primera escucha), y coros más típicos de la canción melódica de los 70 que del pop que se fabrica actualmente.

La fiesta universal es el tema optimista del disco, muy necesario entre tanto desamor y melancolía, y un ejercicio de autoafirmación en clave Motown que gana enteros con cada escucha. Con toda la pinta de convertirse en un clásico, La Fiesta Universal nos invita a bailar y a crecernos en la pista, sintiéndonos ganadores.

Volviendo al desamor, tan presente en toda la discografía de La Casa Azul, Sucumbir, cuyo sonido recuerda tímidamente a la Electric Light Orchestra (de quienes Guille Milkyway no esconde ser fan), es un grito de impotencia, una oda a la realidad y a lo cruel que puede ser cuando tenemos la suerte o el infortunio de enamorarnos de alguien. El puente es completamente desgarrador, y es inevitable empatizar con el protagonista de esta historia que Guille nos cuenta.

El tema que da nombre al álbum aborda, cubierto por un relajado manto funky, la ceguera que podemos llegar a padecer por culpa una ilusión, llegando a hacer cosas increíbles o incluso contrarias a nuestra voluntad o a la lógica. No, no es una canción alegre ni evasiva, sino justo lo contrario: un duro golpe de realidad, tal y como dejan claro los cuatro mejores versos del álbum: “tan solo fue la emoción / un espejismo fugaz / un breve ataque de amor / mi gran delirio final”.

Colisión inminente (Red lights, red lights), heredera directa de Superguay, es desde ya la gran candidata a himno indiscutible del álbum. En esta canción las influencias disco de la ELO no solo hacen acto de presencia, sino que no pueden ser más claras (¿soy el único al que esta canción le recuerda a Xanadu?). Si a esto le sumamos la presencia del funk, del que tan orgulloso se siente Guille, unas letras muy cuidadas (que hablan de desamor, no podía ser de otra manera) y un estribillo más-pegadizo-imposible, el resultado es jodidamente insuperable. Atención a Guille desgarrando la voz, acentuando con ello el dramatismo de este TEMAZO, con mayúsculas. Si aún no lo has bailado, sea en una disco o en el salón de tu casa, no sé a qué estás esperando para hacerlo.

Terry, Peter y yo, es, sin duda alguna, la canción más kitsch y excesiva del álbum y quizás tenga el récord Guinness de referencias a personalidades (yo aún no he llegado a descifrar ni la mitad de sus identidades), pero aquí ya nos conocemos todos, y como atestigua nuestra sección Hit & Dance, nos encantan los excesos y lo heterodoxo, musicalmente hablando. Así pues, nos encontramos con una canción indefinible, que tiene momentos en los que se identifica como electro-pop, a ratos es indiscutiblemente chicle, coquetea con el rock e incluso llega a incluir el inicio de Johnny and Mary de Robert Palmer. Todo un despropósito que me vuelve loco; una de las canciones más grandes del álbum.

Una mañana, por su parte, recupera el espíritu de los primeros trabajos de La Casa Azul y el optimismo que a ratos se deja ver en el álbum, a paso firme eso sí, recordándonos que es un protagonista (que no mero personaje) secundario del mismo. También recupera esos coros tan característicos de la ELO (a quienes dedica un guiño, la frase “Xanadu solo existía en tu imaginación”), y nosotros encantados.

Poco podemos decir del siguiente corte del álbum, Todas tus amigas, que además ha ejercido de primer corte promocional del mismo. Con un sonido que evoca irremediablemente las notas y estructura de Esta noche sólo cantan para mí, con la que además comparte crudeza, la letra es una fábula que relata de forma estremecedora y macabra cómo las apariencias a veces pueden ser simplemente eso, una fachada alejada de la realidad, construída deliberadamente para esconderla.

Europa Superstar, no podía ser de otra manera, es un título cínico para una canción cínica. Con palmas y la alegría característica de la música pop japonesa que tanto le gusta a Guille, éste nos cuenta lo que todos ya sabemos y que cada vez más nos atrevemos a decir en voz alta: que nuestro continente se está yendo a la mierda, dicho en plata. ¿Una crítica al sistema? ¿Guille se ha pasado a la canción protesta? Yo creo que uno de los encantos de La Casa Azul es la naturalidad con la que nos presenta temas muy cotidianos. ¿Y qué hay más cotidiano que la que está cayendo?

La vida tranquila es una de esas joyas escondidas que da gusto encontrar en cualquier disco; una canción en la que Guille se abre a todos nosotros y se muestra como el ser humano que es (aunque a estas alturas, creo que todos lo tenemos claro), con sus miedos, manías y costumbres. El momento más grande, cómo no, la intervención de Silvia de Niza, a quién le corresponde cantar una estrofa, que luego se convierte en coros, que luego se convierten en un entrañable ¡diálogo con Guille!

Vale, Europa Superstar no era un caso aislado. Sálvese quien pueda es también una feroz crítica a la situación socioeconómica que estamos viviendo, a nuestros tiempos en lo que importa más la prima de riesgo o la liquidez de los bancos (por decir algo) que las circunstancias y dramas personales de cada una de las almas que nos rodean. Pero sobre todo, es una crítica a lo impasivos que permanecemos mientras todo se desmorona, ya no a nuestras espaldas sino en nuestras propias narices. Si nos sirve de consuelo, siempre podemos bailar este tema, cuya pegadiza y enérgica melodía funk resulta francamente deliciosa.

Y ya para terminar, La niña más hermosa, una canción cuyo único fallo, a mi parecer, es la forma brusca de empezar. A partir de ahí, se sucederán casi tres minutos de amor puro, plasmado en una una melodía que podría ser definida como una mezcla entre ABBA y las Ronettes. Y un final muy digno, como tiene que ser.

Por el lado musical, este álbum representa, gracias a sus arreglos meticulosamente cuidados y al desfile de influencias, un gran salto adelante respecto a los trabajos anteriores de La Casa Azul que, sin desmerecerlos, tenían el potencial pero les faltaba un poco de técnica, de consistencia. Y sobre el leit motiv de La Polinesia Meridional, si es que hay uno, con casi total seguridad es el escapar de la realidad cruel, agresiva e hipócrita, e inventarse mundos nuevos, ideales, de los que siempre saldremos victoriosos, al menos mientras dure la ilusión.

Quizás este disco significó para Guille una válvula de escape para sus miedos, inseguridades, y por qué no, alegrías y sentimientos en general. O quizás Guille es the great pretender, un ilusionista, un impostor que nos hace creer de forma magistral que nos abre su corazón en sus canciones cuyos personajes no tienen ni una pizca de él en ellos. O quizás le estoy dando demasiadas vueltas, y son simplemente canciones, sin ningún tipo de conexión entre sí.

Sea lo que fuere, gracias Guille, de corazón.

Puntuación: 9,7/10 | Escúchalo: Spotify

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