Crónica SOS 4.8: sábado

El segundo día del SOS 4.8 se presentaba más apetecible que un viernes algo desangelado. Y así fue. Con una intermitente pero ligera lluvia, la jornada pudo disfrutar una relajación del factor choni, lo que esnobismos a un lado influye en el ambiente de los conciertos e incluso en poder verlos tranquilamente.

Los primeros en caer fueron Yuck, el primer concierto en el que pude posicionarme bastante cerca del escenario. Programado a primera hora, se notaba a la legua que muchos de los asistentes eran fans (unos post adolescentes se sabían hasta temas no incluidos en el disco). Gozando del sonido rugoso de su debut, se mostraron tan freaks como era de esperar, con una actitud que chocaba con la de la mayoría de artistas del festival, algo extraterreste, pero agradecida, que supieron impregnar en himnos como Get away o en progresiones noise como el final con Rubber. Un maravilloso entrante que programado en otro horario hubiese sido un gran primero o segundo plato.

Marina de Klaus & Kinski confesaba que nunca había contado con una audiencia tan grande, y que en los conciertos se ponía nerviosa. Sin embargo también explicó que al actuar en su ciudad natal se sentía mucho más arropada, y así lo demostró en un concierto que quizás suponga la consolidación de la banda en directo. Y es que muchas veces se ha puesta en duda su valía sobre el escenario (y de vez en cuando no se han equivocado). Centrándose en su tercer álbum, pocas concesiones se hicieron al primero, pero tampoco se echó tanto de menos en casi una hora de eclecticismo sonoro y buenas maneras. Más grandes de lo que muchos creen.

Mogwai se solapó ligeramente con el grupo murciano, pero aun así lo pudimos disfrutar casi al completo. Un ejemplo de buen gusto musical no apto para todos los paladares. Así se podía comprobar al poder ir avanzando en la masa conforme el concierto iba acercándose a su conclusión. No es fácil sumergirte en su post rock, no cabe duda, y menos con un público tan disperso (no me quiero imaginar si se hubiese celebrado el viernes), pero a ver quién se atreve a poner en duda la fuerza y sensibilidad de los escoceses. Como siempre, una mezcla de emoción y contundencia ideal para cerrar los ojos y dejarse llevar. Quizás un auditorio les hubiese venido de perlas, pero con lo que tuvimos fue más que suficiente.

The Flaming Lips celebraron un show más comedido que en el Primavera Sound o en otros eventos donde se pueden explayar más. Y es que faltaron hits noventeros como She don’t use jelly o Race for the prize, pero su set sigue siendo divertido y llamativo, incluso para los que no les conocen demasiado. Quizás no tenga la frescura de antaño, pero resulta efectivo y familiar. Además, terminar con Do you realize compensa hasta una hora de versiones de Chenoa (es la canción que queremos escuchar cuando llegue nuestra hora, ¿verdad?).  Pero sí, quizás sea hora de renovar alguna cosilla, en la línea de sus álbumes: mantener la esencia sin repetirse.

Sin ser yo fan de La Casa Azul ni nada de eso, hay que reconocer lo evidente: los conciertos de Guille son una pasada de puesta en escena, temazos y buen rollo. Intercalando a la perfección grandes éxitos con cortes de su último álbum, el público lo daba TODO y da igual lo atrás que te situases que seguían berreando todas las canciones como si les fuera la vida en ello. Un caleidoscopio de formas y color que alegró al personal y convenció hasta al más escéptico. Al ver el proyecto de Milkyway en vivo entiendes la devoción de sus adoradores.

Aunque tiraba en exceso de tópicos (primero ochentenos, luego más del indie de masas actual), la sesión de Cupcake entraba sola a unas horas de la mañana que necesitas de temazos bailongos para cerrar en día lleno de excesos y delirios. Y terminar con la mejor canción del año pasado, Midnight city, siempre es un plus.

jarto / foto: La Verdad

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