Madonna en el Palau Sant Jordi, Barcelona

Ni los fans ni ella misma pueden engañarnos: Madonna vive un poco de las rentas. A pesar de un buen último disco, los ochenta y la madurez esplendorosa de los noventa y principios de los 2000 han quedado atrás, y lo que nos queda es un impresionante curriculum, pero un presente desconcertante. Y la verdad, debería asumirlo, especialmente en el momento en el que se plantea una gira de este calibre. De acuerdo que puede sacar en claro unos cuantos temas de MDNA, ¿pero ocho?, ¿en serio? Mira Madonna, si por algo destacas es por una ristra de hits impagables, por lo que te podías ahorrar algunos, porque al fin y al cabo incluir por ejemplo I don’t give a aporta bien poco, en una versión que ni fu ni fa (gracias a Dios que apareció Minaj en pantalla para animar el cotarro), y además significa un clásico menos. Abrir con Girl gone wild era lo suyo, y aunque no suponga lo más destacado del disco, la puesta en escena, ambientada en una disco-catedral, la convirtió en una de sus mejores representantes en directo. Por el contrario canciones de más alto caché como Turn up the radio (Madonna guitarra en mano) y I’m addicted no contaron con una estética muy definida y a nivel musical aquejaron la fuerza del estudio.

Gang Bang, ambientada en una habitación de motel y ella pegando tiros a todo lo que se movía, resultó uno de los highlights de MDNA y de la noche, especialmente con el enfervorecido spoken final. I’m a sinner fue divertida y caótica en el buen sentido, con los bailarines comportándose como adolescentes desfasados, mezclándola con Shanti Ashtangi y, por si alguien lo ponía en duda, pasándonos por la cara de que se trata de un refrito de la época Ray of Light. La aportación vasca de Kalakan en Masterpiece quedó de lo más aparente, y la canción se mostraba más viva en directo que en estudio. Give all your luvin se convirtió en uno de los mejores shows de la noche, y como el disco, tan intrascendente como vivaracha; en realidad aun más gracias a la potenciación del concepto cheerleader y banda (los tambores voladores fueron un must de la noche). Se echó el falta eso sí una mayor presencia de la esencia Orbit, especialmente con la ausencia de la magnífica Love spent. Una pena.

En lo que se refiere al resto de su carrera, hubo de todo, como en la viña del Señor. Human nature sobra a estas alturas de la vida, incluso aburre, lo que también se puede aplicar a Revolver, que en realidad nunca tuvo su momento. Y terminar con Celebration tampoco era la mejor opción, y más con el remix del vídeo (mucho mejor la original), aunque gracias a la fiesta final llena de coreografías y color, y una Madonna muy poligonera (sólo le faltaba la copa de Martini con limón), todo tenía un tufillo fiestero tan culpable como disfrutable. La sección burlesque, o de guarreo glamoroso, destacó por una fusión entre Erotica y Candy shop y un nuevo vídeo de primera clase para Justify my love. Vogue se tornó algo plana, pero finalmente primó su condición de temazo. La mayor participación de Kalakan en Open your heart se tradujo en una versión curiosa, pero a todas luces por debajo de la original (¿para qué retocar la perfección pop?).

Resultó contraditorio escuchar a una señora de casi 54 interpretar Papa don’t preach, pero fue sin duda un acierto inesperado, y por desgracia demasiado breve también. La revisión a piano y retozando por el suelo de Like a virgin gustaba de primeras pero se acaba alargando en demasía, y sin embargo el tirón con jadeo del corsé lo compensó. De Hung up poco hay que decir salvo que, al igual que en su anterior gira, la versión era horrible y sin el encanto de la original (el rollo funambulita resultó más apropiando en el acertado interlude de Nobody knows me). Los momentos clave fueron dos: Express yourself y Like a prayer. La primera vivió en perfecta armonía con su hermana pequeña (y fea) Born this way, lo que junto al espíritu buen rollista y reivindicador del original y la puesta en escena cheerleader, hicieron del Palau una fiesta sin parangón. Like a Prayer podía haber cerrado el concierto (fue la penúltima) y haber quedado como la puta ama, pero nos considermos afortunados con una versión ni muy chill (Re-invención), ni muy bakala (Sticky & Sweet), sino cercana a la de The Inmacullate Collection. Creímos flotar con el coro gospel y una Madonna entregada que bien podía habernos dado la absolución y así morir en paz y felices. Emoción pop.

Al final la muy zorra, a pesar de algunos asuntos cuestionables, y la ausencia de Music y su debut (y Ray of Light casi en su totalidad), sigue estando muy por encima de sus concubinas en concepto de espectáculo y esencia pop. Porque ella creó escuela, y aunque cualquier tiempo pasado fue mejor, seguirá siendo la Reina del cotarro petardo. Y no, no se sacó una teta.

jarto

No Responses

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.