Crónica Día de la Música 2012: Sábado

Frankie Rose fue el primer concierto en caer de la segunda jornada del festival. El escenario Spotify seguía siendo mano de santo para no desfallecer por un día aun más caluroso que el anterior, aunque en cuestión de sonido no estuvo a la altura. A pesar de todo, ella es una profesional curtida que sabe como esquivar contingencias como una voz baja o una banda algo estática. Centrándose en su reciente y excelente Interstellar, el vigor de su presencia eclipsó hasta que el aire synth y ambiental del álbum se esfumara y cediera terreno a las guitarras, que a veces resultaban excesivas. Si las condiciones hubiesen sido más favorables, estaríamos hablando de uno de los mejores exponentes de esta edición. Y aún así, aprueba de largo. Como momento cumbre hay que mencionar la emotiva Pair of wings (quizás porque se trató del tema más desnudo del setlist).

Cambios en el horario de último momento hicieron que ver a Julia Holter se solapase casi en su totalidad con la ex-Vivian Girls y a pesar de su recordatorio en su propio facebook, fueron muchos los que no llegaron a descubrirlo a tiempo. Una gran pérdida porque se trataba de una de las joyas de la edición, y es que esta singular fémina de espíritu embriagador, es ya una de la figuras más relevantes en la nueva escena de vocación lo-fi. Su reto era poder trasladar esos intensos tornados de loops atmosféricos y enrarecidamente cálidos en un formato directo. Su humildad le ha hecho ver, que eso no era posible por lo que ha simplificado la propuesta en su postulado más pop, que no inmediato, limando las asperezas a una calidad de belleza incontestable. Chelo, batería y teclado (y varios pedales), hicieron vibrar un escenario que se le quedó pequeño, coqueteos con un free-jazz de corte de cámara, vuelos de un estimulante viaje que conoce sus limitaciones y sabe como dinamitar con su voz esplendorosa.

Las fieras temperaturas no ayudaban al público a disfrutar del buen hacer de Spoon. Más de uno prefirió resguardarse del calor en la sombra, por lo que el sonido no llegaba del todo bien. Y es que el escenario rtve destacaba desgraciadamente por la contención sonora. Sin embargo los americanos son 4×4 y no se amedrentaron (en realidad, si uno se acercaba un poco se podía escuchar bastante pulido). Un directo que recorría su amplia carrera con hits de la talla de The way we get by, Written on reverse o The underdog, y a pesar de que quienes desconozcan su discografía les achacarán cierta monotonía, el directo no se rebajó del nivel máximo de entretenimiento. Y además Brit Daniel, con su fealdad atractiva (‘feapo’ total), es puro nervio; burlón y honesto. Tras varias cervezas y un leve letargo a la sombra, acudimos a ver a Mercury Rev. Lo primero que nos impactó fue como Jonathan Donahue nos estaba conquistando poco a poco, con su indumentaria granate que nos daba una sesión de calor asfixiante.  Lo segundo que Deserter’s Songs es el álbum más importante para la generación post-universitaria actual que apoderaba el aforo, que supuso su reflote. Y lo tercero, que fuese la primera ocasión del festival donde el sonido de gran escenario no hacía sombra a la formación. Con un gusto exquisito, un par de quiebros de grandilocuencia y el carisma de Donahue, Mercury Rev pudo romper sus sensibilidades más barrocas y confluir en armonía inusitada.

Breton ya estaba en su apogeo dentro del nave 16, siendo el primer grupo del todo el cartel con una visuales rigurosas y acordes a la propuesta. Cinco jovenzuelos inexpertos, quizás una actuación demasiado grande para ellos, pero lucharon con energía y intensidad en dar lo mejor de sí mismos con una instrumentación convencional (guitarra, batería, teclados y bajo) y sintetizadores.  Es cierto que es inevitable los comparaciones con 13 & God, su fórmula es el exponente pop de la experimentación de sus padres filosofales, lo que no resta en aspectos resolutivos de efectividad. Mejorarán, llenaran escenarios y pocos se acordarán que vimos a estos chavalitos, en plena universidad, y con la mayor de las virtudes de un músico: divertirse como enanos en el escenario.

Lo de Star Slinger, no se sabe si tildarlo de despropósito, de inauguración oficial del Orgullo o de divertimento en máximo estado de gracia. Parece ser que jamás vamos a poder verlo en su formato live y que siempre se va a escudar en hacer sesiones resultonas, con fuertes dosis de divas mainstream entre las que desfilaron Santigold, Rihanna, M.I.A o Nicki Minaj, con escarceo a Daft Punk incluido. Qué era necesario un estímulo así por alguien del cartel era un hecho, una propuesta simple, sin pretensiones y directa a la pista. Sin embargo, no paramos de preguntarnos porque no aclararon estas circunstancias. Éste joven de peinado emo fue llamado a sustituir en el sector de la industria a producciones de Hudson Mohawke. Tampoco nos importa, la inauguración oficial del Orgullo fue espléndida.

Para rematar la jugada, a la vuelta de la esquina teníamos a Maxïmo Park. Asistir a su directo era como volver a 2007, cuando el post-punk estaba en auge (y a puntito de caer), Sinammon organizaba festivales y todavía íbamos a Independance. A día de hoy la banda de Paul Smith ha quedado un tanto desfasada, pero la nostalgia siempre vende, y recuperar clásicos de la talla de Books from boxes, Going missing o Apply some preassure tiene encanto, mucho encanto. Los temas nuevos no están mal (y mucho mejor que los del mediocre tercer disco), pero no cuentan con el gancho de los clásicos. Pero bueno, no son los primeros ni los últimos que viven del pasado. Eso sí, Paul Smith ya peca de cansino con tanta posturita. Paul, tú antes molabas. O puede que nosotros nos lo tragásemos todo.

No había mejor opción que cerrar el festival con Apparat y simultanearlo con Metronomy, sólo hizo que pudiésemos escucharlo más confortablemente. Es un hecho que a Sascha le encanta el formato banda, tanto que ya esa etiqueta en su denominación ha desaparecido. Y lo que  es más sorprendente, es que convirtiese The Devil’s Walk es su LP protagonista, como pequeñas concesiones a

. Decir hipnótico, es quedarse corto. Vivimos magia camuflada en una atmósfera intrincada de sensaciones. Vivimos magia, porque nadie era capaz de controlarse ante sus composiciones, era necesario bailar. Danzar en trance, expandir las retinas. Era necesario llorar de emoción, sin IDM, sólo con rock post-apocalíptico de terciopelo, sesudo y sensible. ¿Hay más razones para decir que ver a Metronomy suponía romper este halo de espiritualidad? Mucho mejor una cerveza y brindar al vuelo.

Jarto y Tito Manu

Fotos: Día de la Música

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