Crónica SOS 4.8 2013

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La cita de SOS 4.8 sigue siendo un imprescindible dentro del panorama festivalero nacional sobre todo gracias a una decisiva razón: abre la veda de la temporada estival. Es Murcia en mayo y el buen tiempo está casi asegurado (eso sí, el sábado de noche un abrigo no sobraba), y aunque su cartel fuese para dar de comer aparte (que tampoco), eso ya lo tiene ganado. Por ello este año se ha podido permitir el lujo de volcarse más en el concepto dj y su aforo no se ha visto casi afectado. Bueno, en realidad incluso algunos lo agradecen, y eso que el espíritu del festival ha variado bastante respecto a su primera edición. La media de edad influye en esa elección (eso, y el tema económico), ya que este año artistas con un perfil más adulto como Pulp o Mogwai en 2012 han quedado relegados. A nosotros no nos apasiona el cambio, pero sigue siendo un evento de referencia.

Hablando de la organización, en general bien, salvo la unificación de la cola de pulsera y la de entrada al recinto, lo que generó el primer día colas inmensas cuando unos querían la pulsera pero no entrar y viceversa. Además durante los grandes conciertos se formaban aglomeraciones bastante desagradables debido al exceso de cacheos. Genial idea potenciar este aspecto, pero si los aplastamientos están a la orden del día, entonces mejor buscar alternativas.

Viernes

La idea de programar a Dorian por la tarde no resultaba acertada en teoría, ya que Marc y sus chicos siempre han destacado por su propuesta bailable, pero es verdad que con su último disco han rebajado el componente dance, por lo que finalmente el atardecer supuso el marco perfecto a su estilo renovado. La mayor presencia de instrumentos reales ha potenciado su directo, y aunque muchos les sigan tildando de banda intrascendente, su efectividad queda fuera de toda duda, sobre todo a un nivel de pop y emoción. A cualquier otra parte, La tormenta de arena, La mañana herida o Paraísos artificiales se unieron a lo mejor de La Velocidad del Vacío, aunque se echó en falta que no apostasen por su nueva faceta cuasi folk, especialmente por la preciosa El sueño eterno. Pero resulta comprensible, es un festival y el público exige tralla.

El paso lógico era acercarse a Grises, un chute de jovialidad en el que solo chirriaba la actitud de la vocalista, excesiva e impostada (el buen rollo no se transmite con un aumento del nivel de espasmos). Los temas de su debut ganaron entidad y los nuevos mantuvieron la magia efervescente del estudio, especialmente Wendy y Al final de todo. No fue perfecto, pero la sonrisa de la cara no te la quitaba nadie.

Todo lo relacionado con The xx siguió las pautas previsibles, para bien y para mal. Para bien porque la calidad de su directo sigue en pleno ascenso. Frágiles emociones a flor de piel en un setlist perfecto tanto en selección de temas como en progresión de intensidad. Se agradeció que, como era de esperar, muchos asistentes abandonaran el concierto conforme se iban sucediendo las canciones, dando la posibilidad a los verdaderamente interesados en poder acercarse poco a poco al fino y sugerente espectáculo de los ingleses. Shelter en una versión más movidita, VCR o Crystalised se unieron a varios temas de Coexist, en la que destacó como cierre de concierto una sublime y ralentizada Angels. ¿Lo malo? Ah, sí, como olvidarlo: la gente, que no se calla ni debajo del agua. Nada nuevo bajo el sol.

Hola a Todo el Mundo sigue puliendo su directo gracias a un sonido cristalino donde se puede percibir toda la riqueza de su nueva producción. Porque qué sentido tiene explotar en estudio un nuevo sonido cuando no sabes o no quieres reflejarlo en directo (y por desgracia sucede demasiado). Pop envolvente de primera clase que por desgracia se interponía con Kele y los suyos, por lo que muchos fuimos los que nos perdimos el final.

Craso error. Bloc Party deberían plantearse dejar la música. Puede sonar a postureo barato, pero lo triste es que no (mirad a una banda coetánea como Maxïmo Park, todavía en forma). Su último disco no había por donde cogerlo, pero siempre se espera que su directo, tan valorado años ha, compensase esta caída a los infiernos, recuperando obviamente antiguos himnos. Ni por esas. Desde So here we are, tema de apertura, la alarmas se dispararon. ¿Se puede banalizar un tema tan enorme? Sí: lo etéreo y atmosférico del original se diluía en un acompañamiento sonoro de garrafón y un Keke en horas bajas. Todavía cabía la esperanza de que en temas más guitarreros y contundentes como Banquet, Hunting for witches o Positive tension salvasen la función, pero representaban el epitome del tedio. Siempre nos quedarán los buenos recuerdos.

La electrónica nacional puede sentirse orgullosa de que John Talabot la represente a lo largo y ancho del planeta. Bailable pero nunca excesivo, incluso los detractores del género se podían dar un garbeo por el escenario Jägermeister y vivir para contarlo. En cambio Jamie xx podía resultar una experiencia más extrema para estos enemigos de la electrónica, aunque de vez en cuando intercalaba algún retazo por de su propia banda o de artistas como Florence, aunque llevándolos a su terreno club y house. Una sesión opresiva y oscura, pero no por ello menos disfrutable.

Sábado

Los pobres chicos de Exraperlo se debieron sentir algo solos en comparación con Jero Romero, que se llevo a casi todo el público. No importó, ellos se montaron una fiesta alternativa y el público se dejó llevar por sus ritmos tropicales y funkies, aunque su estaticidad sobre el escenario tampoco invitase a ello. Menos mal que hits como Ardiente figura o Bañadores y su buen hacer sobre el escenario compensaban cualquier sosería.

A Lori Meyers, sin representar el tipo de banda de la que solemos hablar, no se le puede negar su oficio sobre el escenario. Luciérnagas y mariposas, Dilema o Luces de neón, fueron berreadas por fans, pero las canciones deImpronta no eran precisamente ignoradas, por lo que resultaba patente su entusiasmo no solo ante canciones clásicas. Además Javiera Mena y Annie B. Sweet les acompañaron en su periplo musical, así que la velada se desarrolló de manera más que agradable.

De nuevo histeria y aplastamientos en la entrada para llegar a M83, pero hasta un par de costillas fracturadas hubiesen merecido la pena ante un concierto realmente enorme. Sin embargo, a diferencia de su visita a Primavera Sound un año atrás, Anthony Gonzalez no recurrió a su vena más zapatillera, aunque por supuesto hubo destacadas y agradecidas concesiones al baile. Apostó por temas sosegados pero épicos como The skin of the night o no optó en añadir revoluciones a la elevada We own the sky, aunque se echó en falta Oblivion, por eso de incluir material nuevo, pero no se le pudo poner objeciones aparte de esta ausencia (bueno, ausencias hubo muchas, pero no llueve siempre a gusto de todos). El sonido envolvía cada rincón con grandeza y magia en un viaje espacial hacia la galaxia que da nombre al proyecto. Su habilidad para conducirnos por las vías de la grandilocuencia pero sin descarriar resulta encomiable.

Los Punsetes dieron en el clavo con un recital que contuvo himnos generacionales (chulos y descarados, pero himnos al fin y al cabo) como Maricas, Alférez provisional o Dos policias, con Ariadna a modo de maniquí pero perfecta en su peculiar estilo interpretativo. Además, los visuales aleatorios, que iban de Los Vigilantes de la Playa a una boda real en un pestañeo, también ayudaron en redondear la experiencia. Y por si fuera poco los matices que Pablo Reixa aportó en Una Montaña Es Una Montaña también tuvieron cabida, como debería ser lógico y como se ha comentado en Hola a Todo el Mundo, al final no lo es tanto.

Citizens! lo intentaron con cariño y amor, pero ni la hora era la mejor para la propuesta ni el sonido destacaba por su volumen, por lo que su infeccioso debut se quedó a medio gas y ni una versión de Missing de Everything But The Girl pudo levantar a un público que esperaba más fiesta. Daba rabia, pero poco se podía hacer ya.

Addictive TV fue una de las sesiones que cerró el festival. A pesar de lo machacona y monótona de su música, solo por el show de visuales, tomando de escenas de la antigua serie de Star Trek o un vídeo setentero de Kate Bush, resultaba desternillante y como reza su nombre, adictivo, aunque al final los bajos estuviesen a punto de reventar la caja torácica de más de uno de los asistentes.

jarto + Bea Tejedor / foto: Equipo Helmet

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