The Mary Onettes en Moby Dick, Madrid

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Decir que el origen de una banda es sueco sigue produciendo un dulce escalofrío a los amantes del pop; y aunque otros tilden la música del país como efímera (artistas de singles, alegan), ni esto ni el paso de los años puede menguar las apetencias de muchos hacia el azul y amarillo. Eso sí, también cabe la posibilidad de que estos fans se hayan quedado estancados en el momento de gloria del artista o banda de turno. Así parece que sucede con The Mary Onettes, que a pesar de un notable Hit the Waves, sus seguidores siguen desarmándose casi única y exclusivamente con los hits de su debut. Y para más inri, los que tienen una vena más post-punk, esos de botar hasta romper a sudar. Vamos, como en unos Bloc Party o Editors. Una pena, porque ya les gustaría a estas bandas inglesas en decadencia (¿verdad Kele?) haber evolucionado de manera tan elegante, transmitiéndolo en directo y sin que sus antiguos pelotazos suenen a pólvora mojada.

Tampoco había bostezos, no os creáis, pero fueron temas como Void (que a día de hoy huele demasiado a NME circa 2007), Explosions o Slow (tan efectiva y romántica como antaño), los que mayores ovaciones recibieron, y por supuesto ese himno intemporal, ligeramente hortera pero emocionante a todas luces que es Lost. No cerró el show en el bis, lo que sorprendió, y derivaron hacia en un tema bastante desconocido, A breaking heart is a brilliant start de su EP del pasado año, que no levantó mucho el ánimo. Sin embargo se agradece que también recuperen este tipo de material, ya que antes de Lost también estuvo The night before de funeral, de un EP esta vez de 2010. Lo que sorprendió todavía más fue que en un segundo bis saliese a escena Philip al escenario, solo y guitarra en mano, a interpretar una desnuda Pleasure songs, que cerró a lo grande, pero de manera intimista.

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Su último disco protagonizó buena parte del setlist, empezando por la intro para abrir el concierto y siguiendo por Hit the waves (donde retumbaban ligeramente los bajos, cosa que solucionaron), Blues, Years, Evil coast (canción a la que le faltó sus reconocibles teclados del comienzo y del final), Unblessed y la estupenda y muy Joy Division gracias a un estupendo bajo (y bajista) Can´t stop the aching. Se echó de menos eso sí el corte más pegadizo del álbum, la estupenda Don’t forget (to forget about me). El segundo disco, como los hermanos del medio, siempre son los más olvidados, pero Puzzle y sobre todo la vitalista y también muy himno Can’t stop the aching lo representaron con dignidad.

Como su obra en estudio, sus directos no pasan a la historia (aparte de algún problema de ritmo y ciertas pausas demasiado largo), pero se vislumbra el mimo puesto, especialmente en dar cabida a dar a conocer su último disco (como bien aclaró Petter tras la confusa explicación de Philip), de lo que a veces otras bandas pecan. Porque si tú no crees en tu nuevo material, ¿quién lo hará? Pero claro, también hay que mantener el equilibrio, y un directo va dirigido a un público que también quiere clásicos, aunque a veces se pase de la raya exigiendo. Así que sí, son pequeños pero encandilan, y demuestran que no necesitan solo de ritmos up-tempo para triunfar sobre el escenario.

No hay que olvidarse de los teloneros de llamativo nombre Fagot y Popota, que presentaban una propuesta curiosa entre pop y aires medievales, weird folk o de canción popular, especialmente gallega (su origen). Una propuesta un tanto extrema que no dejaba indiferente a nadie, para bien o para mal. El caso es que hablen de ti, ¿verdad?

jarto / fotos: Bea Tejedor

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