London Grammar – If You Wait

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Ya se comentó por estos lares que London Grammar iba a estar en boca de todos; puede que no siempre por los mejores motivos, pero no se iban a quedar en el purgatorio de bandas emergentes que parece que solo nacen para morir. Porque no aportan demasiado y recuerdan a otros artistas británicos, pero resultan tan insultantemente jóvenes que da rabia destrozarles por ello, ya que puede que lo que ahora se acerque al homenaje descarado en el futuro pueda progresar hacia una personalidad más o menos propia. Pero obviando similitudes, las canciones previas a su debut llamaron la atención por motivos propios, porque el calaje emocional de las mismas superaba cualquier comparación. ¿Y el resto de cortes?

Hey now, que ya conocíamos, abre el disco reafirmando que se pirran por The xx, aunque por suerte la adoración se relaja en lo sucesivo. Logrado inicio que se desmorona ya en uno de los nuevos temas, el insulso Stay awake y no remonta en Shyer. Sights sube el nivel, acercándose a la gracia de sus hermanos mayores, pero Interlude es un muermo y Flickers da el pego pero no noquea. El tema titular supone la mejor incorporación a su catálogo, sacando tajada de la sutil instrumentación (muy inteligente y efectivo su uso) y una Hannah desbocada. La versión de Nightcall de Kavinsky demuestra que saben disparar en el corazoncito del indie de manual, y, aunque sin eclipsar a la original, no se puede infravalorar la entidad que la voz de la chica otorga y su temática casa cien por cien con el tono de la banda, aportando bien de drama además.

Volviendo a las influencias, también aparecen fogonazos de los Massive Attack de Blue Lines (influencia infinita) en Metal & dust, que gana enteros gracias a un final vocalmente experimental e instrumentalmente intenso; también en Strong, esta vez más Mezzanine (esa línea de base tan Teardrop), canción en dura pugna con Wasting my young years como mejor ejemplo de su poderío artístico en consonancia con el potencial comercial. Pelos como escarpias en las que no tienen miedo a desbordar emoción gracias a una grandilocuencia más o menos moderada a nivel sonoro. Pop de altos vuelos que debería arrasar en listas.

Y es que a veces parece que no quieren dejarse llevar por lo “fácil”. Palabra tan denostada porque, sí, suele implicar cierto desdén artístico en favor de las ventas, pero de vez en cuando encontramos dosis de validez artística. Sin embargo ellos prefieren jugar a ser indies de la mano de temas demasiado sobrios y lineales, actitud muy de jovencitos, por otra parte. No importa vender discos aunque sea tirando de ciertos recursos manidos si estos se utilizan de manera sabía. Aunque sí, a veces resulta duro estar en tierra de nadie (¿son indies?, ¿son comerciales?; lo que gusta una buena etiqueta), pero ahí está Florence, que no es Cheryl Cole pero tampoco Chelsea Wolfe. ¿En el equilibrio está la virtud? En el arte no tiene porqué, pero está claro que no siempre simboliza mediocridad, como algunos predican. A pesar de todo, se merecen el notable: quizás variando el orden del setlist o si se tratase de un disco compuesto de tropecientos cortes la cosa cambiaría, pero en ambos sentidos aciertan, y si además más de la mitad de los temas se pueden catalogar de maravilla pop, las irregularidades pasan a un segundo plano. Claramente imperfecto, pero satisfactorio.

Puntuación: 7 I Escúchalo: Spotify

jarto

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