Crónica Austin City Limits: la aventura americana

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Ya se han vendido los primeros abonos para el año que viene, pero el Austin City Limits cerró sus puertas hace poco más de una semana. Se trata de un festival que se desarrolla en dos fines de semana en el Zilker Park, parque en el que se disponen los ocho escenarios en los que no deja de sonar la música entre las 11 de la mañana y las 10 de la noche. A pesar de ser Octubre, en Austin (Texas) aún hace un calor de más de 30 grados, aderezado con una sensación de humedad de por lo menos el 100%, y con la posibilidad de gigantescas tormentas que no por esperadas, fueron menos espectaculares. En algunos momentos se busca con más ahínco un sitio en la sombra que una cerveza, pero la experiencia, sin ninguna duda, merece totalmente la pena, merece totalmente los dólares y el tiempo de avión invertido.

Antes de pasar a desgranar el tema musical, me gustaría hacer un par de apuntes sobre la organización, a ver si se empieza a tomar nota de cómo se puede organizar, y organizar perfectamente, este tipo de eventos masivos y masificados sin obligar al cliente a sentirse como ganado. Primero, la pulsera ya la teníamos registrada antes de llegar allí, lista para pasar los tornos de acceso sin problema, ya que te la envían con suficiente antelación a una dirección que se da al comprar el abono. Segundo, la ausencia de ‘colas’, que no de esperas. En un evento con más de 77.000 personas juntas, resulta llamativo que no hubiera que esperar ni para coger el autobús lanzadera que te acercaba del downton a Zilker Park (salían de siete en siete), ni para entrar en el recinto (posible por dos puertas según cual fuera el primer concierto al que querías ir, y sin cacheos ni malas caras), ni para utilizar los ya míticos polyklyn. ¡Si había hasta dispensadores de desinfectante de manos! Tercero, la limpieza y el orden del recinto hay que agradecérsela a los muchos voluntarios que no sólo informaban, sino que paseaban por los escenarios con grandes bolsas de plástico en las que acababan las latas de cervezas. Mucho mejor que en el suelo, ¿no? Cuarto, el tema de la bebida merece un apartado propio. No sólo no había que esperar para pedir las cervezas (todo el alcohol del que se disponía, sin contar las petacas), sino que se podía acceder al recinto con tu botella de agua e irla rellenando a lo largo del día en una de las Filling Station. Por último, hay que destacar el trato exquisito con el que se trata a los discapacitados. No se trata sólo de cuidar los accesos y permitir que vean los conciertos desde una plataforma situada donde los técnicos de sonido, sino que en los conciertos más importantes, a la derecha del escenario se iluminaba con un foco a una persona que por medio de signos iba desgranando los conciertos para que también fueran accesibles para aquellos festivaleros sordos. Todo esto pueden parecer simples anécdotas, pero después de haber asistido a festivales españoles grandes y pequeños, he comprobado que son temas que con un poco de previsión e inversión tienen fácil arreglo. Todo esto ayuda a que la experiencia musical sea la que tiene que ser, la que cada uno quiera, y que no esté salpicada de indignaciones, esperas y malos ratos.

Dicho todo esto, ahora lo más importante es hablar de música. En casi doce horas se pasaba de descubrir grupos poco conocidos por aquí a ver los directos de grupos ya consagrados. El viernes, después de pasear por aeropuertos desde la madrugada, el primer concierto de media tarde al que llegamos fue el de Local Natives, banda llegada de Los Ángeles que presentaba en directo su último disco Hummingbird. Visto el entusiasmo del público, nadie diría que estos chicos tuvieron que publicar su primer disco en Reino Unido antes que en su propio país. Antes de continuar con Arctic Monkeys vimos los primeros compases de Vampire Weekend. Los de Nueva York ofrecieron el mismo show que ya vimos en Bilbao, tan denostado por algunos, pero correcto en el sonido y divertido en los temas escogidos. Arctic Monkeys fueron los primeros que realmente nos hicieron bailar o al menos, a nosotros, pues si hay algún ‘pero’ que poner es el de la frialdad del público. Nunca me había creído eso que dicen los grupos siempre de que el español es de los mejores públicos. Siempre había pensado que se lo dirían a todos, pero ahora me parece normal que se emocionen cuando la gente salta, baila y canta las canciones. De el escenario Samsung Galaxy tardamos un minuto en llegar al Bud Light a escuchar el contundente directo de Queens of the Stone Age, y de ahí, de nuevo al Samsung para ver a Muse. Había que elegir entre ellos (nunca los había visto en directo) y Depeche Mode. A pesar de lo bien organizado que esté el evento, siempre hay que elegir, qué se le va a hacer. El after show de esa noche fue un concierto de más de dos horas de Wilco, un perfecto fin de fiesta para el que llegara.

El sábado desaparecieron de Zilker Park las nubes que tanto nos habían ayudado el día anterior y brilló el sol, quizá demasiado. Estando ya instalados, empezamos a disfrutar de la música un par de horas antes con Haim, unas chicas llegadas también de Los Ángeles y también con contundencia, que tras seis años presentaban su primer disco Days are Gone. También llegó antes el sábado el toque europeo, esta vez con el gran directo de los suecos Junip con José González a la cabeza. Y para las cuatro de la tarde llegó el gran descubrimiento del festival Portugal. The man. Descubrimiento en mi caso, porque la banda disfruta de un gran éxito en Estados Unidos gracias a los ocho discos publicados desde su formación hace casi diez años. Se trata de un gran directo del que sería muy interesante poder disfrutar pronto en España, quien sabe si en el Fórum o en Kobetamendi. Las dos horas siguientes sí que estuvieran plagadas de bailes, no sólo míos sino también de muchos de los festivaleros americanos. Primero, con el sorprendente buen sonido del que, al menos en esta ocasión, pudo presumir  Grimes. Y después, con el divertido directo de Passion Pit, que se convirtieron en unos fuertes competidores de Wilco, que en ese momento tocaban en el otro extremo de Zilker Park. También tocaba elegir al final del día, y en esta ocasión, optamos por ver el principio de Kings of Leon, con un directo menos similar a lo que vimos en Bilbao, y el final de The Cure. Una vez más se cortó la voz a Robert Smith; esta vez por culpa de las inclemencias del tiempo. Poco antes de llegar a las diez de las noche empezó a llover y no paró hasta bien entrada la mañana siguiente.

Entonces llegó la única mala noticia: el festival suspendía los conciertos del domingo. Nos quedamos sin Noah and the Whale, sin The National, sin Tame Impala, sin Neko Case, sin Phoenix, sin Atoms for Peace, y lo que es aún peor, sin Lionel Richie. La organización no dejó de informarnos en ningún momento, primero de la cancelación y sus razones y, después, de las bandas que se ofrecían a realizar sus conciertos en algún punto de la ciudad. Fue una mañana pasada pendientes de Twitter, de Facebook, de las cuentas de los artistas, y de nuevo tocó elegir: Atoms for Peace (sin tener muy claro aún donde) o Franz Ferdinand (sabiendo ya la ubicación donde haríamos cola, esta vez sí, las siguiente 4 horas). El festival terminó con un gran directo de estos últimos ante un público mucho más pequeño del que ahora están acostumbrados. Casi dos horas sin parar de saltar entre nuevas canciones y temazos de siempre, que pusieron punto y final a tres días de música.

Pero quizá el descubrimiento más grande de esos tres días fue la propia ciudad de Austin. En el interior del estado Texas, entre Dallas, San Antonio y Houston hay una ciudad cuyo lema es “Keep Austin Weird”, con decenas de bares de música en directo, donde los rockeros también pueden tener más de sesenta años y donde tanto gays como lesbianas gozan de una ‘visibilidad’ que ni en Chueca. Una visita a la ciudad es un plan cultural de lo  más recomendable. Sólo hay que elegir el festival de música y arte que más se adapta a tu estilo dentro de todas las posibilidades que Austin ofrece.

Maca de la Vega

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