Arcade Fire – Reflektor

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Salvando las distancias, Reflektor es de alguna manera la versión pop-rock de Shaking the Habitual: el disco que rompe ciertos esquemas preconcebidos, para bien y/o para mal. Aunque hay que aclarar que lo de The Knife se balanceaba entre extremos y en el caso de Arcade Fire tampoco se postula de manera tan radical como para que haya opción de renegar de la banda, aunque muchos se sentirán decepcionados con el resultado. ¿Cerrados de mente? Sí si esperaban nuevos himnos al uso; no si confiaban en su capacidad de innovación a pesar de que su ascendente popularidad podía dinamitar su evolución más allá de las listas. Y es que evolución ha habido, palpable, muy palpable. Porque Win Butler y sus abultada troupe podían arriesgar aunque la jugada no les saliese redonda, porque están por encima del bien y del mal, porque no todos pueden ganar el Grammy a mejor disco del año, llenar estadios y provocar que a la crítica se le haga el culo Pepsicola. A eso se le llama caché, y el riesgo se antoja más accesible, y es que aunque se la piñen con Reflektor resulta más que probable que su estatus se mantenga casi intacto. Podrían hasta reírse de nosotros si quisieran, quién sabe.

No estamos ante un disco fácil de valorar, porque si creemos que se va de madre es por el hecho de lo complicado que resulta desligarse de todo lo que implica ser Arcade Fire. Si no les conociéramos qué pensaríamos, ¿genialidad?, ¿pastiche? ¿nada nuevo bajo el sol? Al final el contexto que rodea a la música es el 50%, no existe el arte aislado del mundo y de la propia carrera del artista, y por tanto resultaría absurdo afrontar el disco desde un prisma totalmente ajeno a sus diez años de carrera. Pero tampoco está de más alejarse un par de pasos. Dos opciones factibles: o tragarse todo lo que te echen o despreciar lo que se aleja de lo que ya conocías. Se intentará tomar el camino de en medio (¿el de los mediocres?). Porque una obra tan compleja como Reflektor se lo merece, ya que desde la primera escucha, a pesar del desconcierto, se perciben enormes ganas de avanzar artisticamente más allá de lo que se espere de ellos. No es menos cierto que por momentos planea cierta sensación de exceso por el exceso, a todos los niveles (duración, caos melódico, producción casi kitsch en ciertos tramos, etc), aunque por suerte no peca de pretenciosidad y la honestidad de su propuesta se presenta como uno de sus mayores baluartes.

Se trata de un álbum vivaracho, nada acomodado, que desde el tema homónimo y su pátina disco made in DFA no deja indiferente. Reflektor, como ya sabéis, lo tiene todo: bola de espejos, francés, Bowie, desfase instrumental final. En cambio We exist vuelve a mirar al pasado, especialmente en la temática del poder del individuo frente al sistema en su intento de minimalización del mismo en forma de pieza impersonal, tema que deriva en la identidad de uno mismo en Normal person, donde se hace hincapié en los condicionamientos sociales. Ambas canciones bastante rockeras, aunque se eché en falta cierta garra de antaño en cuestión de gancho melódico. En cambio You already know sí que contentará a los que busquen emociones similares a The Suburbs, al igual que Joan of Arc. Los ritmos de corte exótico que tanto habían pregonado antes de la salida del disco surgen en Flashbulb eyes, que realmente sirve de introducción para Here comes the night time, que algunos han tildado casi de regaetton. Obviando los gritos de histeria de los fans más conservadores, el tema es un claro ejemplo de las ráices haitianas de Regina, que en seis minutos y pico evoluciona hasta un pop-rock parco que podría emparentarles con coetáneos como Spoon (la línea de base y bajo), para terminar en una fiesta caribeña por todo lo alto.

Here comes the night II abre a lo grande la segunda sección del álbum gracias a una instrumentación entre clásica y moderna, en un reposado número en contraposición de la despendolada primera parte. El mito de Orfeo y Eurídice aparece en Awful sound (oh Eurydice) y It’s never over (Oh Orpheus) a través de una historia similar a la original pero en versión moderna, en un emocionante tándem que protagoniza uno de los highlights del largo. Cortan por lo sano en la electro Porno, que a pesar de su sugerente letra (“esos chicos con el porno te hicieron tanto daño”) acaba resultando algo ramplona y monótona, siendo uno de los ejemplos más claros de alargamiento sin ton ni son. La risueña Afterlife recupera el pulso y toma el relevo de Reflektor en clave más exótica; risueña y exuberante en cuestión de sonido, que no en contenido, ya que se palpa la frustración y miedo por desconocer qué sucederá en la la vida después del fin del amor, que se puede emparejar con la ultratumba. Y como broche final una envolvente y conmovedora oda al amor perdido en Supersymmetry, que junto a Afterlife se podrían considerar el cierre de la historia de Orfeo y Eurídice.

Tras un repaso pormenorizado del conjunto por un lado y de todos los temas por otro, finalmente se pueden responder a ciertas preguntas que se plantean ante un lanzamiento de esta magnitud, sin tener muy claro si se ha conseguido mantener un mínimo de distancia para apreciar la obra en su plenitud, pero también teniendo en cuenta parte del contexto. ¿Se ríen de nosotros? Definitivamente no, tampoco estamos ante The Knife. ¿Han arriesgado? Respecto a lo que se esperaba de ellos, sí. ¿Se la han pegado? Pues no, o no al menos en el terreno artístico (otra cosa es el comercial, que ya veremos). Si Reflektor es grande no es porque el contexto anime a pensarlo, es grande porque se percibe ambición, inquietud y afán de descubrir nuevas facetas de uno mismo, de crecer, aunque implique algún que otro tropiezo, y quizás por ello resulte tan atractivo en su totalidad. Como la vida misma, ¿verdad?

Puntuación: 8 I Escúchalo: Spotify

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