The National en Palacio de Vistalegre, Madrid

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Efectivamente, el Palacio de Vistalegre se les quedó algo grande a The National, con cortinas tapando los laterales de las gradas (para mejorar la acústica también, supuestamente); pero no es menos cierto que La Riviera hubiese resultado a todas luces insuficiente, y como en Madrid cada vez hay menos formatos de salas, esto es lo que toca. Y es que quizás se trate de un recinto demasiado grande para una banda a la que, obviando su cada vez mayor número de fans, le vendría de perlas uno más íntimo, incluso cuando conectan el modo épico. Pero es la lógica del negocio, a mayor popularidad, mayores recintos, así que se asume y se disfruta lo que hay. Al menos el lugar dio para una apañada puesta en escena, incluyendo una gran pantalla para proyectar vídeos que acompañaban pero no eclipsaban a lo que sucedía sobre el escenario.

Matt Berninger, muy señor, muy Joe Cocker, salió a la palestra junto a sus cuatro compañeros de fatigas y un par más para los directos, contando con la nada desdeñable cifra de siete músicos (guitarras, teclados, piano, vientos, bajo y batería), dejando claro que no estamos ante un pop-rock convencional ya que intentan recrear el cuidado sonido de sus discos. Eso sí, se acercan pero no lo consiguen, lo que por otra parte se entiende debido a la detallada producción en estudio, imposible de trasladar en vivo. Para compensar, el directo aporta viveza a temas algo adocenados, especialmente de Trouble Will Find Me, del que por cierto tocaron diez de trece cortes. Casi la primera mitad se la dedicaron al disco y a High Violet, que comparten un estilo bastante similar, lo que quizás provocó que esta sección resultase algo lineal, aunque Don’t swallow the cap, que abrió el concierto, Afraid of everyone y la enorme Bloodbuzz Ohio brillaron en directo. Sin embargo es verdad que hasta un trallazo como Mistaken for strangers se quedó a medio gas, que tampoco mejoró con un desenlace final guitarrero algo chusco. Quizás se echaba en falta algo de chispa. Pero es que Matt todavía no estaba entonado.

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Ya se conoce su gusto por la bebida, y mientras que en este primer tramo era uno de los gemelos el encargado de hablar con el respetable, a partir de Squalor Victoria el frontman se empezó a desmelenar, pimplando como un campeón. Que ni pintada llegó All the wine (el que se bebió él), que aunque aludieron a su origen en Alligator, antes formó parte del EP Cherry Tree, para enlazarla con Abel, esta sí de aquel disco, rockera hasta la médula, donde ya el alcohol le había subido lo suficiente y sus educadas maneras desaparecieron entre grito y grito. Y lo agradecimos. El ambiente ya estaba lo suficientemente caldeado y todo entraba mucho mejor (que se lo digan a Matt): en England pelos de punta, Graceless fue de las más beneficiadas de su último álbum, Slow show ganó entereza pero mantuvo su emotividad y la conmovedora About today demostró una vez más porque se erige como una de las más queridas por los fans de verdad (no por los que parece que solo vienen a hablar).

Antes del generoso bis (cuatro temas), terminaron muy alto con Fake empire, a pesar de transmutar la sutileza del final instrumental original en algo más rimbombante, lo que en realidad tampoco desentonó demasiado. En el himno crítico por excelencia, Mr November, Matt se tiró al público y se le fue un poco la voz en el estribillo, pero la fuerza de la canción se mantuvo intacta e incluso ese acto le otorgaba hasta más sentido a la misma, cosa que en Terrible love, donde también se dio el paseito por el foso, quizás sobró debido al tono de esta, además de que le acercaba a un Chris Martin cualquiera. Pero ya iba tan cocido que todo daba igual. Para poner punto y final la banda se acercó a la primera línea del escenario y además de en modo acústico todos interpretaron vocalmente Vanderlyle Crybaby Geeks, una calurosa y acogedora despedida muy de amigotes tocando en el bar a altas horas de la noche. Y esa sensación es la que se esperaría de un concierto de la banda, por lo que si tocasen en lugares más íntimos el conjunto ganaría enteros. De nuevo la pela se impone, pero lo bueno es que The National saben llevarnos de calle, cumpliendo de largo con dos horas de recital y dejando patente de que si están donde están no es por pura casualidad.

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