Forest Swords y Daniel Van Lion en la Sala Sol, Madrid

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Dentro del ciclo 981Heritage SON Estrella Galicia se encuadraba la visita a Madrid el 9 de octubre de uno de los nombres clave de la electrónica actual. Sin embargo había sorpresa previa de la mano de su telonero, Daniel Van Lion. A pesar del nombre, es español de pura cepa y de él hemos hablado en varias ocasiones, formando parte de la nueva generación de artistas alternativos nacionales que se decantan por la electrónica en sus diferentes vertientes. Entre el baile sincopado y la texturas etéreas y sorteando varios subgéneros, Daniel acabó sudando la gota gorda (literalmente) mientras se manejaba entre sus “juguetitos”. Y a pesar de que el público parecía disecado (ya sabemos la máxima de “si no es conocido no me interesa”), no me quiero imaginar un show suyo a altas horas de madrugada en algún festival de verano (alcohol y puede que drogas incluidas). Se los lleva a todos de calle, seguro. Porque además cuenta con un setlist variado y una proyecciones bastante vistosas, salvo algunas basadas en la naturaleza, un poco low cost, y destacando las de aire retro tecnológico.

Sin embargo la gente va a lo que va, en este caso Forest Swords, y en general el entusiasmo de multiplicó por diez, o al menos en una parte del personal, porque para variar un murmullo bastante molesto reinaba en la sala, y podría decir que hasta a mayor volumen de lo acostumbrado. Gracias a Dios yo me posicioné en primera fila y tampoco me arruinó la velada, pero lo primero que escuché al salir de la maraña fue: “joder, las guiris esas no paraban de berrear” (parece que no solo es cosa de los de aquí). Pero cambiando de tercio, la sala estaba repleta, lo que me sorprendió, ya que un servidor no esperaba tanta expectación por un artista tan ninguneado en proporción con su exquisito talento (nosotros mismos no reseñamos Engravings probablemente por algún severo retraso mental, y eso que adelantamos el single). Acompañado de su bajista James, Matthew Barnes subió callado a la palestra, aunque después se arrancó con un típico “es la primera vez que estamos en Madrid, nos encanta”, que no aporta demasiado pero que la gente aplaude como si les hubiesen revelado el sentido de la vida.

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A pesar de un tímido comienzo, la odisea espacio-temporal comenzó a reclutar pasajeros (seguro que las guiris gritonas no estaban entre ellos), ya que en un directo de esta índole hay que desconectar de un entorno a veces hostil y entrar en un proceso de inmersión imprescindible para disfrutar de él en su total plenitud (la escasa iluminación ayudaba, por eso en las fotos, a pesar de estar hechas con cámara profesional, no se ve un pimiento, y el flash no es una opción, cosa que por cierto a alguno se le olvidó). Por ello los mentados comentarios, aparte de manidos, podían incluso cortar el rollo, pero tampoco se les puede echar en cara. Lo que seguro que lo cortó fue cuando tuvieron que cambiar el cableado de la guitarra, que según ellos no se escuchaba a la altura. A mí el sonido en general me pareció magnífico, pero bueno, al fin y al cabo los expertos son ellos. También podían “molestar” las proyecciones, ya que tampoco estaban a la altura de un entramado sonoro de esa índole (salvo la de la señora en éxtasis en blanco y negro con los collares e interferencias superpuestas) y no cuajaban en general con la música.

Temas tan aplaudidos como Ratling cage, Thor’s stone, the weight of gold o Ljoss, algunos con Barnes a la guitarra, tejieron un místico setlist bien avenido, aunque quizás algo escaso. El caso es que tocaron una hora, lo típico en bandas sin una extensa discografía, pero creo que la sensación general fue de que se trató de un concierto breve, o al menos la mía, la de mi compañera fotógrafa y la de algún asistente por un par de comentarios que se escucharon cuando el dúo se fue para no volver, ni para un bis. De esto se puede obtener como conclusión que si nos dejaron con ganas de más es porque acertaron de pleno.

foto: Bea Tejedor

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