Los Punsetes en Joy Eslava, Madrid

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Tengo que reconocer que no conocía a Los Punsetes hasta hace una semana, pero de eso hace ya muchos viajes amenizados en metro. Ahora (18h) pese a la intensa resaca que se posa en mi cerebro, la parte más lista de él comienza a tener muchas ganas de escucharlos en directo. Eso, y haber quedado a las 18:30h con una amiga en Ópera para hablar y tomar unas cervezas previas, hacen que el sábado vuelva a tener color. Y calor. Invernal. Infernal.

Las cañas dobles fluyen por la garganta tan bien como la conversación y de repente estamos bien pasadas las 20h. Pienso que los teloneros deben estar tocando pero entre ellos y otra cerveza con la chica de ojos de serpiente de cristal elijo lo segundo. Espero me perdonen.

Cinco minutos antes de las 21h no puedo estirar más el cliché y le pregunto bien chulito a uno de los seguratas con brazos de pierna de caballo -cada uno tiene sus desenfrenos, pienso en ‘Por el vicio’- que dónde está la lista de prensa (es la primera vez que mi editor ha comunicado correctamente mi nombre, gracias) y ya estoy, 19 años después de mi última visita, en la vetusta y decadente Joy Eslava.

Llego justo para aplaudir a los teloneros (Violeta Vil) y desearles suerte. La sala está ya a punto de explotar, sobre todo de treintañeros casi cuarentones, cosa que me parece por primera vez entre todos mis conciertos en Madrid, algo acorde con lo que se va a ofrecer. Me agrada. Como son todos tan educados y menos modernos de lo que les gustaría, no me cuesta nada situarme en el lugar que quiero estar: de pie en un mini sofá, apoyando la espalda en una columna y con una barra a tres metros.

A las 21:21 salen con humildad al escenario -Ariadna vestida de flor de cactus blanco de siete puntas- y abren, teniendo al fuego como hilo conductor, con ‘Nit de l’Albà’ y ‘Bonzo’.

El sonido es alto y nítido, y la sincronización entre los músicos contundente. Pena que los técnicos se empeñen en colocar una pequeña sordina a la bonita voz de LA artista. Pero tampoco vamos a pedir tanto que esto empieza a tener buena pinta.

Sin descansar un segundo, y sin un parpadeo de la cantante, enlazan Alférez provisional, 155, Mis amigos y una Tráfico de órganos de iglesia representada en pantalla con imágenes del juego Out Run, en un guiño a los que en aquella época de Spectrums y Amstrads nos masturbábamos como monos de feria.

Al tener esto una velocidad súbita y que no parezca que vaya a haber un descanso, decido ir a por otra cerveza. Barman: -5 euros, señor. Yo: -¿5 euros? ¿Es porque le has echado Licor 43? -pero no pareció entenderlo. Por los efectos de la sordina no pude escuchar qué canción estaba sonando, y vuelvo a mi sitio –que cortésmente no habían ocupado- con una buena ‘Museo de historia natural´ y su “yo no quiero acabar así” y “sólo quiero estar muerto”. El público parece querer seguir el inmovilismo de Ariadna y tararea las canciones sin apenas moverse y así sigue en las siguientes hasta que llegan Dinero, Corte limpio y Pinta de tarao, que crean un poco más de calor en la sala. Sin exagerar, que ya tenemos una edad.

A las 22:05 se marcha al backstage la banda -un minuto después de la cantante- y vuelven tras unos tímidos silbidos y gritos, con ella ahora vestida de una especie de langosta dorada (haciendo juego con el pan de oro casposo de la Joy) interpretando un Los últimos días de Sodoma que los madrileños cantan tan bien porque saben lo que cantan. Entre los bises flojea De moda; pero ‘Amanece más temprano’ y ‘Arsenal de excusas’ parece que le dan un punto más de interés facial a Ariadna, aunque la más bailada de todas es sin duda ‘Dos policías’, tanto que parece otro concierto, un momento de éxtasis extraño empezado por un loco saltarín con gorra, como si la secta hierática de Ariadna se revelara.

Opinión de mierda, Maricas y una desganada Tus amigos son gritadas por el pueblo febrilmente hasta llegar a una perfecta ‘Me gusta que me pegues’ dejando la sala en alto para cerrar este buen concierto, que en líneas generales satisface a todo el mundo: 910 personas, aforo completo.

-Oye, amigo –le digo a un melenas con una camiseta de Los enemigos- ¿No te parece que hay una conexión bizarra entre Los Punsetes y Siniestro Total de los ochenta-noventa?, con otro estilo, claro. Al hombre le dan espasmos en la cara y me señala con el dedo asintiendo como si hubiera descubierto el sexo.

Para acabar, una cosa que me ronda la mente mientras descargo todo lo acumulado de la tarde: Cuando tenía 16 años, en los baños de la Joy –en una de sus épocas de “esplendor”-  tuve mi primera y casi única experiencia gay; estaba siempre lleno de hombres y chicos mirándote abiertamente la polla mientras orinabas (allá en el 96 los humanos con sexualidad homo no eran tan modernos ni tan libres, ni tan elegantes, y era una pena). Yo me dejé mirar, la verdad. Pero me alegro tanto de cómo ha cambiado el cuento… Cosas de viejos.

Y como mi móvil sigue siendo una mierda, os dejo esta foto de Ariadna después de este concierto donde me ha gustado tanto estar, tras esperarla fumando tabaco marroquí y una cerveza de 1€, en su posición favorita, mientras sujeta mis notas.

Tras decirle un: -Gracias, joven amable- aparte del brillo innato de su mirada, se le deslizó una mueca en la cara regalándome el concepto que ahora dice que hasta las gárgolas pueden sonreír. Y que hay personas que tienen hasta más influjo afuera, que encima del escenario.

Y con esa sensación dejé que mi cuerpo fuese a descansar por fin entre líneas.

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