Jay-Jay Johanson en el Teatro Lara, Madrid

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No había en Madrid lugar mejor en teoría para pasar la resaca de este jueves festivo que en el teatro Lara, con la idea de escuchar -al siempre proclamado crooner de la música electrónica- Jay-Jay Johanson, en la gira de presentación de su nuevo álbum Cockroach.

La práctica no hizo más que corroborarlo.

Abriendo puertas a las 22h y tras hacer uso de la consumición que la marca patrocinadora del evento -Estrella de Galicia- entregó a cada asistente en el coqueto y acogedor vestíbulo del teatro (cuando te regalan una cerveza en vez de cobrártela a 5€ se agradece y escribe) fuimos entrando al patio de butacas, la inmensa mayoría nacidos antes de 1980, con un gusanillo cada vez más animado y dispuesto.

Jay-Jay –whiskey en mano- y su compañero pianista, teclista y encargado de las bases y samplers, abrieron la caja de música melancólica a las 22:40 con Mr. Fredikson -uno de sus nuevos trabajos- llegando una voz impoluta y un sonido que, pese a que por fuerza necesita nitidez para envolver todos los matices instrumentales de la base y conjuntarlo con el piano, conquistaba un estado de armonía electrónica idílica. Casi como una nana para estas generaciones.

Tras una serie de temas nuevos y otros antiguos pero menos favoritos como por ejemplo Trauma, y cuando podía empezar a entrar la duda de que íbamos a ir de más a menos, Jay-Jay –siempre con una sonrisa y actitud animosa- hizo la cronología al contrario y nos trasladó a 1997 y 1998 con So tell the girls I´m back in town, She is mines but I´m not hers, Milán, Madrid, Chicago, París… y esto ya fue encauzando hasta nubes melancólicas dando paso a otras canciones muy queridas como Far Away, o la interpretación de Marble House que hizo junto a The Knife, un precioso Believe in us – aún la cantaba más de uno al acabar el concierto- y una intimista The girl I love it´s gone,  a voz y piano -y este tenía inscrito el nombre de Hoder, dios noruego del pecado y la oscuridad-.

Con I´m older now y On the other side nos despidió hasta los bises dejando todavía el eco de su voz sinatriana en el ambiente. Como un ronroneo de una manada de gatos enamorados.

Y así, tras hora y media exacta, y abandonando el escenario con un antiguo y poco manido Quel Domage, finalizó entre gran satisfacción de todos los presentes y caluroso y sincero agradecimiento por parte de Jay-Jay ya en solitario, esta obra de arte moderno sonoro que, pese a que el técnico de visuales se empeñara en enseñarnos cada 20 minutos las carpetas de su pantalla de pc, no consiguió estropear el ambiente de elegancia, es más, le dio el contraste necesario ya que no era posible tanta belleza y profesionalismo concentrado.

Un concierto por los que merece la pena vivir en Madrid. Y salir de casa aunque estuvieras cansado. Y derretir el corazón de hielo que tienes enquistado.

foto: Kim Martín

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