Ten Walls: ignorancia, irresponsabilidad y el verdadero significado del house

Ten Walls

Vaya por delante que en esta publicación, y tal y como lo hemos dejado claro en varias ocasiones, estamos muy comprometidos con la libertad de expresión, y defenderemos todo tipo de opiniones, por muy rocambolescas que sean, siempre que estas se emitan desde el respeto y sin ánimo de ofender, y mucho menos a una comunidad a la que nos sentimos muy cercanos, como la LGBT (siendo varios de los miembros de nuestro equipo, yo incluido, homosexuales). No es el caso de las recientes (y gratuitas) declaraciones del productor de house lituano Marijus Adomaitis, mejor conocido como Ten Walls, cuyo tema Walking With Elephants gozó de un gran éxito el pasado año en varios países de Europa.

Adomaitis, totalmente sin venir a cuento, se refirió el pasado 3 de junio a la gente LGBT (esto es, lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) como “gente de diferente raza”. En concreto, las palabras que el lituano publicó en su página de Facebook fueron las siguientes:

Recuerdo producir música para un músico lituano, que trató de lavarme el cerebro diciéndome que no tenía la necesidad de ser tan conservador e intolerante con ellos [la comunidad LGBT]. Cuando le pregunté: ‘¿Qué harías si te dieras cuenta de que el browny (ano) de tu hijo está siendo desgarrado por su novio?’ Pues, bien, se quedó callado.

Huelga decir que tanto la idea que expresó Adomaitis, como el lenguaje que empleó para dicho fin, y considerando que las declaraciones no fueron reflejadas por un tercero en un medio que podría haber sacado de contexto sus palabras, sino que fueron publicadas por el propio músico, sin ningún tipo de filtro, en su página de Facebook, dejan poco lugar a dudas de que, en efecto, se trataba de una verdadera convicción del lituano. O al menos, de una idea que rondaba por su mente, y no una declaración fruto del calor del momento.

A esa línea, además, apunta el resto del contenido de la publicación de Adomaitis:

En los buenos años 90… esta gente de diferente raza se arreglaba.

No contento con las descalificaciones y abusos que ya había proferido, el bueno de Adomaitis vinculó (como no podía ser de otra manera…) la homosexualidad con los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos, interiorizando el discurso del presidente ruso Vladimir Putin, conocido amigo de las libertades individuales (nótese la ironía):

Cuando di uno de mis primeros shows en Irlanda, de camino a mi hotel vi una iglesia con una verja decorada con cientos de zapatos de bebé. Naturalmente, me pregunté por qué. Desafortunadamente, una mentira de un cura durante muchos años fue descubierta cuando niños fueron violados masivamente. Desafortunadamente, la gente de otra raza continúa haciéndolo y todo el mundo lo sabe y no hace nada.

Y ancha es Castilla. O quizás no tanto, porque al verle las orejas al lobo y darse cuenta de lo desafortunadas de sus palabras, o, hablando en plata, de las gilipolleces que había dicho, y de que probablemente le costaría su carrera, Adomaitis se marcó un “Juan Carlos”, y tras borrar la publicación original, se disculpó en el mismo medio utilizando las siguientes palabras:

Quiero disculparme por la publicación anterior en mi cuenta. Lamento muchísimo su contenido insultante que no refleja mi verdadera opinión. Espero que este malentendido no provoque más pensamientos y opiniones. Paz.

No quiero tampoco sumarme a un linchamiento público, en caso de que, en efecto, se trate de un malentendido, y la publicación de Ten Walls no haya reflejado su verdadera opinión. Sin embargo, es algo que me cuesta muchísimo creer, al no existir más intermediario que una red social donde cada día, además de publicar resultados de quizzes chorras, se depositan cientos de opiniones, unas más irrelevantes que otras, pero que son propiedad de sus legítimos dueños. Es decir, la gente que las publica. No, no me vale que ahora Adomaitis alegue que se trata de un malentendido, cuando sus declaraciones no fueron publicadas en un tabloide que busca la polémica fácil para vender más ejemplares, sino en su página de Facebook, que se supone que maneja él o una persona de su confianza. ¿O es que su abuela* le cogió el portátil y, en pleno arranque de conservadurismo, escribió su verdadera opinión en forma de estado de Facebook, sin darse cuenta de que era el pequeño Marijus quién había iniciado sesión?

Quizás es que la verdadera opinión® de Marijus está condicionada a las posibles represalias que la industria de la música, tradicionalmente inclinada a unir en lugar de separar (al menos sobre el papel), o sus fans, entre los que podría asegurar –aun sin datos en la mano– se encuentran (o encontraban) cientos o quizás miles de personas LGBT, podrían tomar.

Represalias que, por cierto, no han tardado en llegar: al menos dos de sus agencias de booking, Coda y Melt! Booking han decidido prescindir de sus servicios, mientras los escoceses Optimo (Espacio) se han unido a la protesta, publicando en Twitter una foto de un disco de Ten Walls destrozado. El productor británico Mike Greene, mejor conocido como Fort Romeau, por su parte, ha cancelado su participación como telonero del lituano en su fecha de noviembre en la londinense sala Koko. Greene ha sido claro:

Cancelar este concierto no va a cambiar el mundo, pero es un postura personal contra la intolerancia, el miedo y el fanatismo.

Tampoco han tardado en actuar los distintos festivales que tenían programadas actuaciones de Ten Walls, como el Creamfields, Urban Art Forms, Pitch o nuestro Sónar, que ha alegado que “sus declaraciones están en contra de la naturaleza y el espíritu del festival”. Medidas ejemplares ante una conducta deleznable o, como mínimo, muy imprudente. Sin embargo, hay quien alega que es todo una cuestión de imagen, más que de principios, aunque no lo veo del todo mal si sirve para mantener a raya este tipo de conductas. Hay veces que el fin sí justifica los medios.

Adomaitis, al ver el terremoto que él mismo había ocasionado, ha declarado que necesita tomarse “un respiro”, y ha cancelado todos los shows que aún tenía pendientes. Una retirada a tiempo es una victoria, dicen, aunque con una reputación tocada casi de muerte, sobre todo en el mundo del house, género que siempre se ha asociado a la libertad, a la igualdad e incluso a la lucha por la visibilidad de minorías étnicas o sexuales.

Y es que los comentarios de Adomaitis más que rezumar odio, están plagados de ignorancia. Ignorancia, porque el lituano parece no ser consciente de los orígenes del género del que hasta ayer, cuando estalló la polémica, se constituía en promesa. Y es que es necesario, ahora más que nunca, recordar que el house nació en Chicago, entre las minorías negra y latina de la metrópoli, y pronto caló hondo en la comunidad homosexual de la ciudad. Estamos hablando de finales de los 70, cuando aún no se habían alcanzado muchos de los avances sociales y culturales que ahora damos por sentados. The Warehouse, el club que vio nacer al house, fue uno de los primeros sitios en Norteamérica que no fue pensado para segregar en función de la etnia de su clientela, sino cuyo único fin era la música, que era tan variada como la procedencia de sus asistentes.

E irresponsabilidad. Adomaitis fue altamente irresponsable, al no considerar que él, gracias al éxito que se ha granjeado, ya no se trata de un ciudadano anónimo, y como tal, puede generar una gran influencia en la opinión pública, sobre todo en su Lituania natal. País que, por cierto, y a pesar de sus grandes cotas de homofobia debido a su pasado soviético, se encuentra considerando permitir el matrimonio igualitario, por lo que es crucial “el apoyo de la gente famosa”, en palabras del cineasta lituano Romas Zabarauskas a Gay Star News.

¿Se debe separar la música, el arte, de las opiniones políticas o religiosas? Está claro que detrás de cada genio (y no, no estoy llamando genio a Ten Walls) hay una persona normal, con sus defectos y sus virtudes, y no vamos a comulgar con todas y cada una de sus opiniones. Y sobre todo, no vamos a censurar (o no deberíamos, por lo menos), ni nosotros ni ningún festival, a alguien por su forma de pensar, ya que eso sentaría un peligroso precedente en el que artistas alejados del pensamiento mayoritario u oficial sean apartados a discreción porque “incomodan”. Sin embargo, si hemos (y me incluyo, como activista de salón que soy) luchado por unas libertades mínimas –y aún nos queda un largo camino por recorrer–, no debemos permitir que, desde una tribuna a la que considero tan noble como la música, se nos intente arrebatar lo conseguido. La libertad de expresión no puede estar reñida con el respeto, y en este caso hablamos del respeto a unos derechos fundamentales que nos ha costado mucho conseguir, y que, lamentablemente, no podemos dar por sentados ni se nos garantizan en gran parte del mundo.

Para terminar, me quedo con las siguientes palabras de Fort Romeau, de lo más sensato que he leído sobre el tema estos días:

Es fácil idealizar la cultura de la musica electrónica e imaginarla como un bastión del liberalismo social e ideología progresista, pero la realidad es que simplemente refleja un más amplio contexto social en el que la homofobia y (particularmente) el sexismo están normalizados y, lo que es peor, codificados en ley.


* Sin ánimo de ofender a la pobre señora, faltaría más.

Con información de: Gay Star News, The Guardian, Jenesaispop, The Quietus, TIU, Vicious Magazine y la Universidad de Viena.

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