La descontextualización como tendencia

Zapata sí, Zapata no. Al final ha pesado más lo segundo. ¿Por qué? Porque vivimos en un mundo donde descontextualizar se ha convertido en un arte. O a veces se basa en simple ignorancia o ganas de ser ignorante (hay gente que elige serlo, eso es así). Leyendo decenas de comentarios en redes sociales se percibe que a muchos no les ha importado el contexto en el que se propició la broma, incluso algunos creían que reflejaba su pensamiento, quizás por quedarse en el titular y unirse a la masa enfurecida con antorchas que exigían su linchamiento. Quizás haberlo leído, y sobre todo entendido (que más de uno no lo haría), no hubiera propiciado un cambio de opinión, pero al menos verían el cuadro al completo y no solo lo que los medios han querido destacar. Esta postura, que casi no la he visto reflejada, me parece perfectamente respetable, porque al menos es gente que se han informado. Otra cosa es que no comparta su punto de vista.

Pero, venga, va, incluso entiendo el contexto puede no hacer gracia. Entonces, ¿cuál es el límite del humor? ¿Lo hay? Carmena decía que el dolor de las víctimas. Adoro a esa mujer, pero no estoy para nada de acuerdo. En 2002 hubo ciertos individuos que exigieron que El Señor de los Anillos: Las Dos Torres cambiase de nombre porque recordaba a los atentados del 11-S, cuando era el título original de un libro con medio singlo. Efectivamente, el dolor de una víctima puede no tener límites e ir ligado a estupideces infinitas. Porque, por muy víctimas que sean, pueden ser unos auténticos mamelucos, como cualquiera de nosotros. Ser una víctima de lo que sea no nos convierte en mejores personas o en seres más lógicos, y puede nublarte a la hora de contrastar un hecho. A Irene Villa parece que no, y se toma con humor los chistes sobre ella, conoce el contexto de los mismos y asume que los que bromean no se alegran de que ella haya sufrido un atentado. Pero no todo el mundo es así,  y si el límite lo pusieran las víctimas no se podría bromear con la mayoría de temas, y la vida ya es suficiente valle de lágrimas para censurarnos todavía más.

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Yo apoyo libertad de expresión 100%, y más en términos humorísticos, aunque también tengo en cuenta que pueda haber consecuencias, ¿pero hasta qué punto? Hay que diferenciar entre opinión y humor. Que un alto cargo político de derechas se mofe de los familiares de las víctimas del franquismo es intolerable, porque se trata de su opinión, pura y dura, y ese hombre, hasta cierto punto, nos representa (en mi caso no voté a su partido, Dios me libre, pero al fin y al cabo forma parte del gobierno). Debería dimitir o ser cesado. En el caso se Zapata resulta evidente (o no para muchos, por lo que se ve) que no odia a Irene Villa, ni cree que el terrorismo sea un tema poco relevante. El humor puede tener algo de verdad, pero no siempre, como es el caso. A mí lo que me da miedo es lo que hay detrás de ciertos comentarios de personas que ostentan cargos público, y que son poca broma. Por lo que todo lo que se ha montado alrededor del tema me resulta surrealista. Aparte que, lo siento, el tiempo influye, además del hecho de que en su momento era un individuo anónimo. Más contexto, pero, bah,  da igual, el linchamiento es eterno (la reinserción es una falacia para algunos).

Cambiando ligeramente  de tercio, recuerdo que hace un tiempo Arturo Pérez Reverte un día a la semana publicada una riada de tuits donde ironizaba sobre diferentes temas actuales. Dejó de hacerlo porque eran más los que no pillaban la ironía que los que sí. Incluso en Twitter o en internet en general, donde resulta más complicado analizar un contexto (por ejemplo, el tono en el que se habla no existe y es un valor muy importante), si uno se para un momentito es probable que capture el significado completo de lo que se pretende decir, no hace falta que el emisor escriba, por ejemplo, “modo ironía on”. Pero es más cómodo quedarte con el sentido literal de las cosas, o lo que nos quieren presentar, que indagar un poco en comprender. El contexto marca la diferencia, y si no lo tienes en cuenta eres o un cateto o un manipulador, sin más. Los gobiernos y los medios como comparsa juegan con ello, eliminan lo que les interesa, a veces rozando el ridículo, aunque muchos se lo coman con patatas (todavía alucino con que haya gente que se crea ciertas portadas del ABC o La Razón). Manipuladores que alimentan a los catetos.

Luego está el tema de la hipocresía, que uno no sabe si reír o llorar. Ya no por parte de ciertos políticos o periodistas, que son los primeros en soltar mierda por la boca y que tristemente se asume, sino por ciudadanos de a pie. Evidentemente no me he puesto a indagar en el muro de los que se han indignado por el asunto, pero me juego el cuello a que muchos izaron la bandera de Je Suis Charlie. Vamos, que si no te cose a balazos un fanático religioso, tranquilo, ya te coserán metafóricamente otros. ¿Qué pasa, que solo defienden la libertad de expresión cuando hay muertes de por medio? Y por supuesto si no es algo que les toca de cerca, porque el Islam, pues ya ves tú, a quién le importa. Tan empáticos para unas cosas, y tan poco para otras. Empatía selectiva, vamos. Lo que también es gracioso al comprobar la empatía que muestran muchos en redes sociales, de cara a la galería, poco tiene que ver en su vida personal. Además del miedo al “qué dirán”, porque, eh, siempre hay que vender una imagen de moralidad. Pero ese es otro tema.

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Volviendo al humor y al contexto, yo, en mi condición de homosexual, oigo, pero sobre todo leo muchas, opiniones homófobas, que por supuesto me revientan, aunque jamás las censuraría, allá cada uno (salvo que inciten a la violencia, claro). Humor también, pero si esa broma me la hace alguien que sé o intuyo que no es homófobo, y además me hace gracia, soy el primero en descojonarme. Por muy bestia que sea (en España no, pero la homosexualidad en otros países en delito y es un tema delicado). Si me la hace un facha es otro cantar, evidentemente. Como Irene, sé diferenciar situaciones, puede que algún día falle, pero a día de hoy creo que soy consciente de las intenciones de alguien a la hora de hacer un chiste o comentario. Y es que importa tanto quién lo dice como el que lo recibe, y a veces puede ser uno mismo el que dé una vuelta al significado de cierta frase y entrar en cólera sin motivo. Quizás porque se está lleno de ira, otras veces porque no se comparte ideología y actitud con esa persona y es más reconfortante pasarse al bando de la oposición.

Por supuesto el contexto también importa para lo malo. Si un amigo se ha quedado paralítico no es de recibo soltar chistes a lo loco sobre paralíticos a menos que él sea el primero en hacerlo o si ya lo tiene “superado”. Creo que todo puede pasar por el filtro del humor, pero no en todo momento. Ahí se ha sabido actuar conforme al contexto, y es que al final es lo que, repito de nuevo, marca la diferencia, tanto para que el lo dice como para el que va dirigido. Pero es fácil deshacerse de él, y la mayoría no tiene reparo en hacerlo o ni siquiera se plantea que existe. Entonces, ¿se acabó el humor negro? Para nada, al menos por mi parte. Yo seguiré siendo partícipe del humor negro y no me considero peor persona por ello, aunque muchos con moralidad de mercadillo quieran mirarme por encima del hombro. Puede que sea una horrible persona, quién sabe, pero será por otros rasgos de mi personalidad, por mis acciones, pero no cuando humor y opinión no están en sintonía y me echo unas risas.

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Comments
  1. Toni

    Va un maricon y derrapa… ay no, que eso son los caracoles.

    Gran articulo, si señor

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