El papel de The O.C. y Seth Cohen en nuestras vidas

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Corría el verano de 2004 cuando TVE estrenaba la que por temática, que no por tono o enfoque, era la sucesora de Dawson Crece. The O.C. era la nueva serie adolescente de moda que, como en la de los moñas de Dawson y Joey, la música jugaba un papel imprescindible. Yo ya tenía 20 años, pero la adolescencia seguía mandando en mi cabeza (y a día de hoy, a ratos), y cada jueves noche esperaba a que terminase la doble ración de capítulos para quedar con los amigos. Y luego la comentábamos, claro, porque no era el único fan.

Pero, aparte de los argumentos telenovelescos y volviendo al ámbito musical, me percataba que o las canciones que sonaban de fondo no las conocía o desprendían un aire completamente distinto al de otras series, además de una presencia algo mayor, que incluso podían sonar de fondo en un diálogo, algo no tan habitual en lo que se refería al lenguaje cinematográfico. El caso es que en general me gustaban, y mucho.

A pesar de todo, en una época sin Shazam, Youtube o Spotify, resultaba más complicado plantearte a investigar sobre ellas, por lo que tampoco me compliqué la vida y pasé del tema. Hasta que a un amigo le regalaron el primer volumen de la banda sonora, y entonces todo cambió. Suena un poco radical, pero así fue. Bueno, este amigo, que en realidad ya tenía bastantes conocimientos de música alternativa o indie, también fue pieza fundamental para mi cultura musical a la hora de descubrir nuevos talentos más allá de los que la radiofórmula emitía (en una época, además, que empezaba a decaer de manera alarmante). Ah, y Björk también ayudó, pero ese es otro tema.

Volviendo a la serie, este disco abrió un nuevo horizonte para mí. Tanto que el primer concierto de carácter indie (por llamarle algo) al que asistí fue el de Spoon en Moby Dick, Madrid, en 2005. La banda de Britt Daniel formaba parte de ese primer volumen, evidentemente. A día de hoy me da igual lo que haya sido de la mayoría de los nombres que aparecían en la misma, y en su momento muchos ni me gustaban (¿Jet? ¿Dandy Warhols? Meh… ), pero hubo unos cuantos que me sirvieron de puente para conocer a otros artistas y estilos.

Muchos en realidad le echarán en cara a la serie el haber provocado que el indie se masificase y llegase a gente que nunca se habría involucrado si no hubiese sido todo un éxito, perdiendo así ese aire de exclusividad que algunos siempre anhelan en todo lo que hacen en su vida (ya se sabe que se creen un espécimen único en el mundo, vamos). En mi caso lo hubiese alcanzado por otros lares, como ya he cometado, pero muchos no tendrían un amigo friki musical o ciertas bases musicales que le inclinasen a indagar sobre Björk. Y la serie supuso un hito por ello, en donde el papel de Seth Cohen jugó un papel imprescindible.

Además de ser increíblemente guapo (y plantarle el papel de marginado: maravilloso imaginario adolescente yanqui), daba la brasa con Death Cab for Cutie en una época donde la banda era grande, muy grande (el enorme Trasatlanticism acababa de ver la luz), pero su popularidad no; pero, por encima de todo, era su encanto y estética las que sirvieron de inspiración para muchos, y de amor platónico para otros, que ansiaban encontrar a alguien que cumpliera esos clichés. Y claro, en ambos casos era conveniente una transformación (aunque muchas veces se quedase en lo superficial). Mucha estupidez adolescente y postadolescente. Animalicos.

No se puede decir que Seth Cohen fuera el primer hipster, pero posiblemente fue el primero en mostrar esa actitud a través de un medio de comunicación de masas, incluso aunque en el fondo se tratase de un niño pijo y mimado. Entonces, ¿qué hay de bueno en comercializar una forma de vida que antes quedaba relegada a los albores del underground? En realidad el problema de esta situación radicaba en los que solo veían este movimiento como una estrategia comercial, y que se lucraban con ello; pero nosotros, tan faltos de sentido crítico como ávidos de nuevas sensaciones, nos hacían los ojos chiribitas al descubrir este nuevo mundo. Ansiábamos que estas canciones fuesen la banda sonora de momentos clave de nuestra adolescencia que nunca llegaban o que si finalmente sucedían resultaban más bien desangelados; o simplemente nos imaginábamos escuchándolas en una preciosa playa al atardecer. Nos vendían humo, pero lo esnifábamos como si fuese la mejor de las drogas.

Lo que sentíamos y sentiríamos no dejaba de tener validez incluso a pesar de ello, ni aunque una ultraderechista compañía como Fox estuviese detrás de esas sensaciones perfectamente perfiladas por un equipo de expertos. En aquella época poco nos importaba, y ahora, aunque lo tendríamos en cuenta y quizás más de uno, donde yo me incluyo, mostraríamos ciertas reservas a un nivel racional, emocionalmente nos seguiríamos dejando llevar como si no tuviésemos casi edad para beber. Y por si fuera poco la relevancia de The O.C. está fuera de toda duda en el ámbito televisivo, y a partir de su triunfo no hubo ni hay serie adolescente y muchos otros géneros catódicos donde el “indie” no tenga presencia. Cambió la tele, sí, pero sobre todo a una parte de nosotros.

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