Adele, reina del conservadurismo

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Despachar más de 30 millones de discos en una época donde vender un par ya es un mérito superlativo no es cosa baladí. No creo que ni Adele ni su sello hubiesen vaticinado un éxito tan masivo para 21 tras un 19 que obtuvo buena respuesta comercial, pero sin llegar al nivel de su sucesor (aunque éste le ayudó a duplicar sus ventas). Ni ellos ni nosotros lo esperábamos en realidad, lo que no quiere decir que no tuviese todo el sentido del mundo. Obviando la calidad (no era un disco para tirar cohetes, pero sus temazos tenía), hay que reconocer el tirón de sus singles, apelando a las emociones que envuelven a una ruptura amorosa, algo con lo que la mayoría conectamos.

Por otra parte el papel de intérprete, que en este caso también compone, estaba en un segundo plano tras tanta diva que tenían y tienen más de show women que de cantantes, por lo que su recuperación supuso un bocanada de aire fresco en un ambiente tan viciado (y vicioso). Revivir el concepto clásico del intérprete fue la clave por la que muchos se acercaron a su música.

Este último apartado propicia el catalizador del éxito: llegar al público adulto. Las radios más populares se centran en figuras generalmente juveniles destinadas a un público casi púber, a diferencia de antaño, cuando había más variedad. A pesar de la presencia de internet, el público talludito no suele indagar en blogs y demás, y desprecia a cualquier postadolescente semidesnuda que cante sobre follar en un baño de la discoteca. ¿Qué escuchan? Hablamos de no melómanos, claro, y en este caso se decantan por artistas ya consagrados previos a los 2000.

Pero de repente aparece una jovencita (vestida de señora, y éste es un elemento también a tener en cuenta) que explota un pop clásico, generalmente en formato balada, y con un halo de supuesta madurez que la aleja de cualquier producto para imberbes. Así que ellos le dan su visto bueno y se lanzan en masa a comprarlo. Tienen más pasta que la chavalería y se nota, por lo que un producto de estas características suele tener más tirón que cualquier otro. Por otra parte hay un sector de la adolescencia que cansada de tanto hip hop y pop de mercadillo se quitan el sombrero ante la aparente sensibilidad de al chica. Porque al fin y al cabo también tienen sentimientos y las historias que cuenta Adele son universales, así que una parte del mercado juvenil también se lo mete en el bolsillo.

El espectro es enorme, pero, ¿tiene fans reales? Por supuesto, pero no van parejos a la ventas. Los menores de 20 son de lo más volubles, y por ello bandas como One Direction sacan disco por año, porque saben que al chollo le quedan dos cafés. A veces se renuevan para captar a un nuevo público o mantener a parte del antiguo, como está sucediendo con Justin Bieber. Sin embargo Adele no parece muy por la labor de evolucionar.

Los adultos, a pesar de que hayan sido captados momentaneamente, son muy de carreras consolidadas y extensas, y no está tan claro que para un siguiente disco vayan a renovar su interés hacia el artista. En buena medida son fans casuales, que compraron el álbum ante una escasez de productos similares, pero que no tienen por qué comprarse el siguiente. Incluso se lo compraron a su pareja (generalmente mujer) para llevárselas al catre tras convencerlas de lo sensibles que son. O a una madre por su cumpleaños, que ellas son muy de baladas. O a su suegra. O a su abuela. Así que, ¿cuántos fans reales habrá?

Todo está tan calculado que pierde cualquier atisbo de frescura. No es que antes la tuviese, pero es tan conservador que resulta inevitable que no huela a rancio. Adele está tan aburguesada como la mayoría de sus seguidores. Y es que todos teníamos tan claro que el primer single del nuevo disco sería una balada lacrimógena y bigger than life que al escuchar Hello, nos guste más o menos, el encanto que pudo haber en su anterior época parece haberse esfumado. El efecto arrastre provocará que las ventas sean millonarias, pero pronostico que llegarán a la mitad del anterior disco a lo sumo.

Creo que hasta cierto punto ella y su sello lo saben y por eso han querido asegurarse las ventas más allá del primer mes publicándolo poco antes de las fiestas. Porque a tu sobrina le podrás comprar el nuevo de One Direction, Justin Bieber, Demi Lovato o Selena Gomez. ¿Pero y a tu madre? Las posibilidades se limitan, y, con el bombo que dan a la inglesa, ella será la primera opción que surgirá en tu cabeza, así que mejor no darle más vueltas e ir a piñón fijo.

Su estilo musical, estética o estrategia de marketing resultan más conservadores que el Tea Party, pero la temática de sus letras no se queda atrás. El amor (o desamor) es el concepto alrededor del que giran la mayoría de la lírica de la música comercial, pero el drama perpetrado por Adele llega a cotas impensables; una actitud que eleva al amor a la categoría de único fin vital. Ella llorando por las esquinas porque la única razón de vivir se ha volatilizado, porque una persona sin su media naranja no es nadie. Y se supone que su evolución vital (19, 21, 25) se basa exclusivamente en el amor. Pues hija, qué simplismo.

Sin embargo refleja el sentir de buena parte de la población, que solo responde ante estimulos amorosos, o eso es lo que ellos querrían (al final la pasta siempre se impone). Coño, si hasta Taylor Swift en 1989 ha evolucionado ligeramente en este aspecto (Welcome to New York, Bad blood, New romantics, Shake it off), cuando es la reina de corazones. Incluso cuando habla del amor no siempre lo hace como un todo (Style, Wildest dreams). Adele es la clase de persona que anula su individualidad ante la aparición del amor y la dependencia hacia él roza la enfermedad, dejando a un lado cualquier otro aspecto vital (o haciéndolo girar alrededor de él, como su música).

Todo es tan conservador que hasta Xavier Dolan, director del vídeo de Hello, ha perdido su seña de identidad en pro de una historia trillada y una realización simplemente funcional. Y es que el conservadurismo suele resultar la mar de aburrido. Ahora la pregunta es cuándo el público se cansará de ella, porque aunque peque de tradiconal, se aburre con facilidad o no se implica en demasía. Y si nace una figura igualmente conservadora pero con alguna cualidad que la distinga, allá que se volcarán en ella hasta la siguiente y así hasta el infinito. Vamos, que no hay demasiada diferencia respecto al comportamiento hacia las divas chochi-pop.

Lo increíble de todo esto es que la industria discográfica, tan ávida de sacar de tajada de hasta los muertos, no explote más a este tipo de artistas cuando su potencial comercial es, supuestamente, mayor. Si no lo hacen será por algo. Quizás sea porque sus estudios de mercado afirmen que a los padres de dos hijos solo les interesa comprar un disco cada dos años.

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Comments
  1. ju

    Bravo! No entiendo esta pasión por esta celine dion.

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