Madonna en el Palau Sant Jordi, Barcelona (día 25)

madonna

Tras un control en la entrada donde creía  que me harían una inspección anal, varias colas (una con una estructura tan pintoresca que hasta pensé que quizás desde el cielo se leía “MADONNA”) y una espera de dos horas y pico, por fin apareció la Ciconne cuando nuestra paciencia se empezaba a agotar (y con una hora entre medias de Lunice, con una sesión decente buenos hits hip-hop). En Iconic, primera canción, la iconografía religiosa comenzaba a inundar el escenario, pero no fue hasta Holy Water cuando me imaginaba a las señoras cincuentonas y sesentonas escandalizándose (y había muchas). Madonna volvía a liarla con mojas medio en bolas bailando en barras americanas con forma de cruz. Pecaminoso o no, fue el gran pistoletazo de salida, divertido y deslenguado, con un disfrutable y (esperable) snippet de Vogue; porque momentos antes Bitch I’m Madonna resultó algo desaliñada y Burning up, con bien de macarreo guitarrero, no convenció.

Para el primer interludio escogió Messiah, bonus track de Rebel Heart que ‘meh’, y en donde utilizó imágenes de Ghosttown, canción de la que por cierto sudó de interpretar. Decepcionaba que en éste y el siguiente interludio (S.E.X.) simplemente se reciclasen con algunos efectos de postpro vídeos ya conocidos, cuando en otras giras resultaban totalmente nuevos. Y además se empleaba exactamente la misma versión que en el disco (¿y por qué bonus y no-singles de otros discos?). Por suerte este aspecto mejoró en el tercero y último, Illuminati, con un show con equilibristas sobre pértigas elásticas clavadas en el suelo que se doblaban tanto, tanto, tanto que parecía que iban a romperse y acabar ellos escoñándose contra el público. Todo muy el Circo del Sol, pero en plan “desfás”.

Volviendo al directo real, en la segunda sección, con motivos de gasolinera americana perdida en el desierto, abrió con una intrascendente Body shop, mucho mejor en estudio, para segundos después quedarnos boquiabiertos (al menos los fans como yo) de que interpretase True blue, dedicado en su momento a Sean Penn y que tras su ruptura jamás volvió a interpretar sobre un escenario, ni si quiera incluir en recopilatorios. Un momento en acústico de lo más cuqui, pero que, tras la rockera Burning up, tocaba que tomase un clásico en una versión más o menos fiel al original. Mis plegarias fueron atendidas y Deeper and deeper convirtió el Palau en una disco de Nueva York (aunque los bailes fuesen country), a pesar de que unos saturados bajos desluciesen ligeramente el conjunto, algo que por cierto también sucedió en algún que otro momento del show. HeartBreakCity, que no es de mis temas favoritos del disco, se convirtió en un auténtico drama sobre una escalera de caracol con asesinato incluido, donde brilló todavía más al cantar un trocito de la intensa Love don’t live here anymore. Y después Like a virgin provocó cierto bajón con unas bases hip hop que no potenciaban para nada la canción.

Tras la pausa volvió con los motivos toreros de Living for love, a modo de remezcla chungo-bakala que no nos hizo bailar precisamente. Por suerte La Isla Bonita vino al rescate y a pesar de la representación latino-kitsch de la primera parte de esta sección, lo pasamos como enanos, incluyendo Dress you up, interpretada en esta clave, aunque los snippets de Lucky star e Into the groove quizás ya fue mancillar en exceso. Recuperar Who’s that girl en acústico tuvo su gracia, pero no fue hasta que entonó Like a Prayer cuando el Palau reventó de algarabía y felicidad. Ella también irradiaba alegría y entrega, actitud que continuó en la sentida Rebel heart. Y por cierto, su mayor himno no sonó el día anterior, ya que es una parte donde varía el tema presentado (ahí fue Don’t tell me). Chupaos esa, ansiosos (es bromi).

Cuando Madonna volvió al escenario los alocados y divertidos años 20 inundaban el escenario, con Music en ese modo durante sus primeros segundos, que tenía su encanto pero que rezábamos para que cortase el rollo y empezase la fiesta. Así fue, recuperando de manera más o menos fiel uno de sus temas clave, que disfrutamos como enanos hasta que se produjo un parón donde comenzaba a interpretar el papel de una inocente a la par de que un poco puta cabaretera, en el que introdujo versos de Spanish lesson. Empecé a temblar de auténtico terror, lo que también me sucedió cuando en el momento latino comenzó a afirmar que tenía muchas canciones que incluían frases en español. Por suerte no hubo rastro de ese horror y siguió con Music. Una sección muy fresca que estuvo a la altura con Candy shop, muy oportuna y notable; aunque a modo de crítica debería no repetir un no-single que ya sonó en MDNA Tour (hay tantos enormes no-singles en su discografía que me fastidia un poco). A Material girl le sucedió lo mismo que a Like a virgin: una base hip-hop que ensuciaba las virtudes de la original. A pesar de todo se mantuvo por encima de aquella. Una versión de La vie en rose, bien maja, derivó en una Unapolegetic bitch juerguista pero no lo suficiente para terminar la velada, que fue lo que posiblemente pensó la mayoría cuando apareció un enorme “bye bitches” en las pantallas. Gracias a Dios nos la coló y fue una Holiday bastante fiel a la publicada hace más de 30 años la elegida para acabar a lo grande, con bien de buen rollo pero sin confetti (mira que se trata de un elemento explotado hasta la saciedad, pero si hay un canción que lo merezca, es ésta).

Con sus más y sus menos, Madonna vuelve a convencer y demuestra que si está ahí es por algo. Además, quizás porque la edad pasa factura y los bailes se reducen, se mostró mucho más cercana que nunca, emotiva en algún momento, hasta graciosa en otros, sin perder ese aura de diva atemporal. Quizás no haya sido la gira de su vida, ni de la nuestra, pero, como todas, no la olvidaremos.

foto: Antena 3 / El País (Xavi Torrent)

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