La pureza de Bowie

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Recuerdo cuando murió Michael Jackson, del que no era fan fatal, pero había escuchado casi todos sus discos y varios temas se habían convertido en hits de mi vida. Me impactó su desaparición, pero ni de lejos tanto como la de David Bowie el día de ayer (y todavía hoy), y eso que a la hora de la verdad, cuando me pongo a escuchar música, prefiero al americano que al inglés. Evidentemente, entre otras cosas, influía el hecho de que Jacko estaba casi acabado artísticamente (ya no hablo de su vida personal, que también) y a lo sumo hubiésemos disfrutado de una gira, la que preparaba en el momento de su muerte, pero que probablemente no le llegaría a la suela a sus antiguos shows. De discos ya ni hablo. A Bowie todavía le quedaba cuerda si un cáncer no hubiese truncado su vida. Sin embargo también me puse a pensar en qué sentiría si Madonna muriese. En este caso soy fan reconocido de la rubia de bote, pero a pesar de la tristeza que me pudiese producir su fallecimiento (aunque sabemos que nos enterrará a todos), creo que no me inundaría un sentimiento de pérdida tan acusado.

Los tres ejemplos son iconos, cada uno a su manera, pero la realidad es que Bowie iba más allá. Además de su legado musical, del que poco más se puede decir, su incursión en el cine, no siempre exitosa, pero con trabajos a tener cuenta, amplificaba la leyenda. Porque con la tontería trabajó con Martin Scorsese, David Lynch, Christopher Nolan, John Landis, Jim Henson, Tony Scott, Julian Schnabel, Nagisa Ôshima o Nicolas Roeg. Ahí es nada. La imagen siempre fue ligada a su personaje artístico, otorgando importancia al formato videoclip cuando todavía nadie se la daba. El teatro tampoco fue huérfano de su trabajo como actor, una faceta en la que, sin resultar excelente, contaba con mayor presencia y carisma que muchos consagrados intérpretes. Salvando las distancias, a su carrera en este campo se le podría aplicar el famoso «no sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan» dedicado a Lola Flores. Y es que el magnetismo no se aprende en las escuelas.

Michael Jackson se aleja más de este modelo, Madonna está más cerca, pero aun así no tengo la misma consideración hacia ella. Y es que, aunque estos factores hayan influido en la manera en la que he percibido su desaparición, falta algo. Tras un arduo análisis (bueno, quizás no tanto), me he percatado que siempre he contemplado su figura como pura. No me refiero a que fuese una grandísima persona, sino a su dedicación a lo que mejor se le daba, el arte, que además servía como mecanismo para intentar cambiar el mundo. Porque, aunque a muchos les cueste separar, la vida privada de los artistas debería quedar a un lado a la hora de valorar su obra. Que Steve Jobs se comportará como un cabrón con su hija no invalida su trabajo. Otra cosa es que fuese consciente de la religión consumista que estaba generando y se aprovechase de ello; que no se cortase a la hora de convertir, de cara al público, la tecnología en un fin y no en un medio; o que la explotación laboral en los países en desarrollo fuese y sea el pan de cada día de la política de su compañía. Ahí es cuando los fans incondicionales debería no mirar hacia otro lado y tener cuenta los errores, no precisamente involuntarios, de su gran gurú.

Siempre he contado con un agudo sentido crítico, o al menos mayor que la media (lo que algunos podría llamar actitud “hater”), por lo que si hubiese algún punto negro en la carrera de Bowie sería el primero en reconocerlo. Pero, o yo no lo conozco (tampoco soy un experto en su persona), o no lo hay. Por supuesto hay trabajos menores, pero ese es otro tema. Pocas veces se vendió, fue fiel a su arte, teniendo en cuenta a su público, pero no a las presiones corporativistas. La intención remarcaba la idea de pureza. Solo hay que contemplar sus últimos días como persona, pero sobre todo como artista: siempre otorgó un gran peso al papel de la imagen en su obra, pero sabiendo que su enfermedad era terminal podía haber trabajado en su disco, pero haberse negado a rodar los vídeos. Al fin y al cabo suelen tratarse de herramientas de promoción, y a él, en esa situación, poco le importaban unas perras de más. Pero su música y todo lo que gira alrededor de ella era lo más importante, y conforman un todo indisoluble.

Qué coño, incluso no tenía por qué habernos regalado un último esfuerzo discográfico y haber disfrutado sus últimos días mirando al infinito en la campiña francesa. Pero no, si dedicó los últimos momentos a su arte será porque, a diferencia de una Madonna, que siempre ha sido un claro símbolo capitalista, él, aunque su sello y demás jugadores podrían participar de la avaricia, solo creaba. Y en un mundo donde alzamos a personajes de indudable moralidad en sus trabajos (desde la Madre Teresa a Obama), siempre se agradece la presencia de figuras como Bowie. Porque aunque, sujetos a diversos intereses, nos vendan la moto endiosando a estos personajes de cara a la opinión pública, la naturaleza del ser humano siempre permite desmontar con cierta facilidad los mitos, a pesar de que muchos nieguen ciertas evidencias incluso aunque se las plantes en la puta cara.

Las intenciones son lo que verdaderamente cuenta, y las de Bowie siempre se basaron en la coherencia y sobre todo pureza respecto a su mayor pasión, y en parte es lo que le ha convertido en el personaje que es a día de hoy. Incluso su arte traspasó las barreras musicales para influir en los encorsetados valores sociales de la época y su papel como símbolo popular de la androginía impulsó la libertad de género y sexualidad. Poco se le podría echar en cara como artista salvo deslices en lo que se refiere a talento, que por supuesto no influiría en la manera en la que le admiro y en la que muchos lo hacen (a diferencia de otros fallecidos, no he leído ni una sola crítica que haga tambalearse al mito). Porque pocos puede presumir de que no hayan visto desvirtuada su labor cuando la popularidad y el poder llaman a su puerta. De primeras ahora mismo no se me ocurre ningún ejemplo. Quizás es que desde ayer su presencia en mi cabeza sea constante y no me deje pensar más allá. O quizás es que realmente hay muy pocos. Tan pocos que casi parece que viniesen de otro planeta. Quizás en su caso fuese así.

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