All Saints – Red Flag

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Hay regresos justificados y otros que apuñalan el bonito recuerdo que podíamos tener de una banda o artista. El de All Saints por suerte es de los que conviene celebrar. Y es que tras diez años sin disco, y sin que nadie en realidad las esperase, acaban de publicar Red Flag, su cuatro trabajo en casi 20 años (!), y han alegrado a los pocos que todavía las siguen. En mi caso, y a pesar de que Pure shores sigue siendo una de mis canciones favoritas de todos los tiempos, nunca me consideré un fan fatal, por lo que en principio no esperaba darle una oportunidad a este nuevo esfuerzo discográfico. Pero fue escuchar One strike y mi interés se disparó. Como siempre, su elegancia innata me conquistó, aunque no hubiese sido suficiente en cualquier otro caso; pero en este la producción modernilla, los ganchos melódicos y el sobrio drama que desprende hicieron el resto.

No estamos ante un disco de hits, no se busca desesperadamente un futuro número uno que saben que por diversas razones jamás llegaría, a pesar de que ellas nunca mostraron en este sentido una actitud demasiado forzada (lo que tampoco quita que quisieran aspirar a cierto éxito que sin duda obtuvieron). Son cuatro mujeres en sus cuarenta que poco tienen que demostrar ya, y por ello se han esforzado en su lado más maduro, que no muermazo. Y es que en parte también han tomado como modelo el sonido de su debut con un tono algo más adulto (especialmente remarcable en Make U love me); pero como tampoco están para el arrastre, a las chicas les sigue gustando juguetear y todavía creen en el amor. Porque vale que la mentada One Strike y One woman man (el mejor estribillo del disco), que sirven de apertura, traten sobre la ruptura de Nicole con Liam Gallagher, pero no todo iban a ser reproches.

Ahí están Rachet behaviourRed flag, que pueden servir para perrear (con elegancia, eso siempre), especialmente con el dancehall de la primera, que recuerda a un cruce entre Gwen Stefani y la Robyn de Konichiwa bitches, o el fascinante giro de la segunda entre estrofa y estribillo. Después continúan con una oda al amor en Tribal, que, sí, también suena tribal y algo etérea, en la línea de sus producciones con William Orbit, algo que se potencia en el precioso cierre Pieces, que además también goza de un toque jamaicano. Resulta curioso que la sección final diste más del drama y la balada y se acerque más al petardeo y la luz, pero se agradece, para variar, este orden en el tracklist, aunque la presencia de temas reguleros como Summer rain y This is a war en la primera parte pueda provocar que más de uno abandone la escucha.

Por suerte el álbum se recupera gracias a la melancolía en la desnuda Who hurt who, que en Fear gana en barroquismo, pero emociona por igual. Puppet on a string es el tema más deudor con el pop de esta década, y, aunque suene algo impersonal, pocas pegas se le pueden achacar. Y esto se puede aplicar a prácticamente todo Red Flag, siendo uno de los discos pop clave de este 2016. Al comienzo decía que este retorno habría alegrado a sus poco seguidores actuales, pero si por casualidad algunos de los que se bajaron del tren han escuchado algún tema (One strike, sobre todo), seguro que les habrán vuelto a dar una oportunidad. Porque pocos suelen esperar un trabajo tan bien ejecutado en un comeback, y especialmente si hablamos de un comeback popero. Nos han hecho comernos nuestros propios prejuicios.

Puntuación: 7,7

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