El feminismo de chichinabo de Beyoncé

beyonce-lemonade-film

Azealia Banks se habrá ganado la fama de bocazas con razón, y a veces no da una. Sin embargo, de cuando en cuando, acierta de pleno, como ayer sucedió vía Twitter (obvio), en donde puso de relieve la supuesta incoherencia del feminismo de Beyoncé, amén de otros temas raciales. Centrándome en lo primero, se trata de algo que llevo pensando desde 4, y no debo de ser el único, donde con Run the world (girls) la Knowles hacía apología del poder de la mujer en el mundo. Aparte de un temazo de tomo y lomo, muchos comenzaron a auparla como icono feminista pop del nuevo siglo. Con Beyoncé la idea se asentó todavía más, incluyendo además un fragmento de una obra de la escritora feminista Chimamanda Ngozi Adichie. Vamos, ondeando la bandera del feminismo encima de una montaña, para que todo el mundo se dé cuenta de su supuesta lucha. Pero ya dije en su momento, y me reitero, que las contradicciones entre esa actitud y su dependencia hacia la figura del hombre resultan demasiado evidentes. O puede que no lo suficiente para muchos.

Tanto en su época junto a Destiny’s Child como en solitario hay ejemplos de machismo exacerbado, como Single ladies o Bills bills bills, donde todo gira alrededor de un falo, como en buena parte del pop femenino. Pero mientras que en el caso de Lana del Rey su música se acerca más a la ficción que a un reflejo de ella misma, en la mayoría de popstars no da esa sensación, y más Beyoncé, que sus últimos discos han sido catalogados como personales. Y ya no solo eso, sino que a veces se ha postrado, literalmente, a sus pies, como en Cater 2 u: “What you want to eat boo? Let me feed you, let me run your bathwater, whatever you desire, I’ll aspire”. Por supuesto la gente evoluciona, y en pleno 2016 la artista podría haber tomando un nuevo rumbo en su carrera y haberse enrolado a FEMEN. Pues va a ser que no, que el cambio no es real, porque Lemonade trata sobre la infidelidad de su marido.

Tras Formation, que se presentaba como una de sus canciones más políticas, tocando diversos temas, entre ellos el feminismo, muchos pensamos que estaríamos ante un futuro álbum donde el contenido brillase por encima del de otras estrellas del pop que solo hablan de lo mismo de siempre: tíos. Pues no. La presencia de Jay Z, para lo bueno y lo malo, sigue siendo una constante en su vida artística. A pesar de que en popularidad ella gana por goleada, especialmente fuera de América, parece ser que en este matrimonio, que de alguna manera podría considerarse como el de los Underwood pero en el ámbito músical, él tiene siempre el papel preponderante a pesar de que ella se empeñe en demostrar que su presencia es tan importante como la de él o que es dueña de su carrera.

Parece que gracias a su nuevo disco ella ostenta el poder porque ha podido hablar en público de la infidelidad de su marido, y que él habrá cedido a modo de penitencia, pero de alguna manera al final sigue siendo él el protagonista: la existencia del disco se basa casi enteramente en el rapero. Vamos, que si existiese algo similar al Test de Bechdel en la música, Beyoncé se llevaría, y con razón, un cero patatero. Además de que si no ha protestado ante este aireo de asuntos maritales, será porque a Jay Z le importa más la pasta que el orgullo, y si hay que tragar, se traga. Incluso encontramos menciones a “Becky, la del pelo bonito”, la supuesta amante de él, en Sorry, manifestando la típica actitud que enarbola el “menuda zorra”, enfrentando a las mujeres, cuando el verdadero capullo ha sido él y toda su ira debería ir única y exclusivamente hacia su error.

Sin embargo parte de la culpa de haberse convertido en un falso icono ha sido la prensa, que la ha postrado en un imaginario trono, decisión basada en algún tipo de agenda oculta o por escasez de miras, no sé cuál es peor. Si hablamos de grandes estrellas, más feminista, y de manera más sutil, fue siempre Madonna, incluso ahora, cuando evidentemente no está en su mejor momento (rompiendo los tabúes sobre la sexualidad de las mujeres de más de cincuenta). Pero como sucedió con Lady Gaga como abogada de los marginados del mundo, parece que hay que recurrir a herramientas más evidentes para que la masa reaccione ante equis discurso. Aunque en el caso de la Germanotta era, hasta cierto punto, coherente con el resto de su carrera. Pero la coherencia no es el fuerte de Knowles, y aunque las contradicciones suelen resultar interesantes a la hora de valorar una obra (¿quién no las tiene?), si trascienden la misma y solo una de sus facetas prevalece, la visión que tenemos resulta sesgada y ciertamente decepcionante para los que nos damos cuenta de la realidad.

Y eso que no he profundizado en un tema tan manido como el despelote para la promoción de la música, donde en su caso, como en el de la mayoría de popstars, pongo en duda que la decisión no venga impuesta por los poderosos machos alpha de la industria. Al final la analogía con los protagonistas de House of Cards viene al pelo en lo que se refiere al papel en la industria de ambos, pero ella por separado no es Claire Underwood, ya que, a pesar de estar eclipsada por su marido, el personaje de Robin Wright intenta ser ella misma en una relación de igual a igual con su marido, pero Beyoncé queda supeditada a él de una manera más sutil, y creyendo (o haciéndonos creer que lo cree) que no es así. Entre la sutileza para apreciar esto y lo evidente que resultan sus actos feministas de cara a la galería, normal que la masa le ponga una medalla que no se merece. Así está el patio.

Share

No Responses

Deja un comentario