Dcode, o cómo querer llegar a todo el mundo y quedarse a medio gas

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No es que mantenga cruzada alguna contra el Dcode, pero a colación del cartel del pasado año escribí un artículo sobre la pobre oferta festivalera de una gran capital como Madrid, cuando el evento de Live Nation contó con un cartel que, además mejorable, resultaba de lo más aleatorio. Fue la gota que colmó el vaso. Con Mad Cool, que se está celebrando estos días, he de decir también tengo esa sensación de mezcla alocada. Y es que uno ve los de, por ejemplo, Primavera Sound o FIB y aunque puede haber algún nombre que rechine, en general resultan coherentes, incluso a pesar de la gran diversidad de géneros y estilos. Son artistas y bandas que pueden atraer a un público que goza de gustos muy variados (ejemplo: yo hace dos semanas disfrutando de Explosions in the Sky y NAO, que poco tienen que ver).

Sin embargo en 2015 se produjo un cambio de rumbo en el festival, que ya de por sí resultaba bastante ecléctico, y que este año han llevado hasta sus últimas consecuencias. Ahí tenemos a Mark Ronson, que atraerá a pijos gracias a la canción de marras, pero que en el resto del setlist se pondrán a hablar de la juerga de la noche anterior en Snobissimo (nombre real de garito), o gente desinformada que se desilusionará cuando compruebe que Bruno Mars no hace acto de presencia. Luego están Love of Lesbian, que puede gustar al mismo grupo de gente, además de pijos alternativos votantes de Ciudadanos y por supuesto cuñados, al igual que en Ronson. También para un público similar está la ración de “indie” rock domado de las islas con Kodaline. Oh Wonder se acerca más a lo que una pija alternativa ansía escuchar. Zara Larsson para las pijas más estándar y marijoses chuequeras un poco puestas en los últimos lanzamientos (las más alternativas quizás también sabrán quién es Dagny); aunque resulta de coña que sea cabeza de cartel cuando solo cuenta con un par de temas que han sido hits en España, que tampoco macrohits.

Después están los rockeros, de los que quizás los más jóvenes disfruten con Nothing but Thieves. Y puede que alguno perdido se lo pase teta con Jimmy Eat World, que están un pelín desfasados (hace diez años hubiese tenido más sentido traerles) y muy enfocados al público yanqui, y, la verdad, es una opción ciertamente aislada respecto al resto. Como Bunbury, que se trata de un nombre de lo más pureta y exclusivo. También algo pureta, pero con un aire más alternativo está M. Ward, que tampoco pega ni con cola. Y luego está la presencia de Eagles of Death Metal, que en parte están ahí por lo que ya sabemos y que se petará sí o sí por el morbo.

En el lado más, digamos, indie encontramos a Jungle, que Dios sabe por qué es cabeza de cartel en España y en un festival como este. También tenemos comodines pero muy agradecidos como Delorean, Belako y Triángulo de Amor Bizarro, y alguna sorpresa como Garden City Movement o Carla Morrison. Incluso en este grupo de nombres más alternativos, pocos tienen que ver entre ellos, y si hay un público más abierto, es este, pero dudo que muchos vayan solo por ellos (especialmente por el trío nacional, que casi hasta actúan en la plaza de tu pueblo). Vamos, que quien acuda se encontrará a bastante pijo y pijo-wannabe, cuñadamos varios, fieles del Independance (ahí estarán sus djs), algunos rockeros, unos cuantos chuequeros y unos pocos indies.

Unos meses atrás, gracias al imaginario Be Fresh Festival, abogaba porque se celebrasen más festivales especializados. Sin embargo hay que comprender que la empresa que está detrás es una multinacional que desea llegar al mayor espectro de público posible para obtener el mayor beneficio posible. Es ley en este tipo de corporaciones; Disney no se va a arriesgar que su amplio surtido de superhéroes protagonice películas para mayores de 18, o que hagan gala de un estilo más arriesgado o personal. No, Disney va a por todas y, sí, le va de lujo. Pero Fox arriesgó y dejó que Deadpool se convirtiese en una realidad; porque aunque ciertamente resulte muy comercial, al menos no se cortaron con la sangre o el metalenguaje. Y triunfó. ¿Cuándo se abrió la veda de la edad dorada de las series norteamericanas? Cuando comenzaron a diversificarse, sin intentar contentar al abuelo y al niño (algo que todavía sucede en España, aunque gracias a Dios cada vez menos).

De acuerdo, no es lo mismo el cine y la tele que el mercado musical y en concreto el festivalero, pero sirve como ejemplo de que, aunque haya una gran multi detrás, esta, si quiere, puede arriesgar, al menos un poquito, y aun así ganar beneficios para dar y tomar. O al menos no intentar contentar a todo un mercado potencial, en este caso de los 18 a los 40 proveniente de todo tipo de tribus sociales. Primavera Sound o FIB disparan, más o menos, a un mismo tipo de consumidor, incluso ofreciendo variedad de productos, y son festivales con solera. Coachella sigue un modelo similar a Dcode, pero claro, contando con trillones de bandas, con que a uno le atraiga un 20% del festival ya va que chuta. Dcode solo se celebra durante un día y su oferta de escenarios no es tan amplia, por lo que muchos se pensarán si les compensa comprar el abono por un par de nombres. El año pasado al final agotaron los abonos a última hora, así que es posible que esta edición suceda lo mismo. No osbtante no es menos cierto que durante este 2016 han eclosionado unos cuantos festivales más en la capital, incluido uno de su propia familia. Habrá que ver. Eso sí, a mí no me verán el pelo.

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