Lady Gaga – Joanne

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Desde siempre las declaraciones y la imagen de Lady Gaga han ido muy por delante de su música en lo que se refiere a riesgo y vanguardismo, y hasta cierto punto han jugado en su contra. Sin embargo, con sus altibajos, siempre conseguía, como poco, divertirnos gracias a hits incontestables o curiosidades dignas de escucha. Sin embargo de un tiempo a esta parte ha optado por un rumbo más maduro quizás relacionado con la recién estrenada treintena, tal y como comenté hace unos meses en este artículo. Tras escuchar Joanne casi podía copiar y pegarlo en la reseña ya que se cumple de pe a pa (más nuevos aportes).

El vanguardismo por no ser ya no es ni estético, mientras que si que se percibe cierto riesgo por presentar un disco que rompe en buena medida con su carrera. Sin embargo se trata de un riesgo relativo, que solo radica en que quizás mira más al largo plazo, con vistas a alcanzar lo que artistas “serias” como Adele alcanzan: llegar a un espectro de público más amplio que las que solo invitan a mover el culo. Porque de primeras resulta complicado que de la noche a la mañana el mundo cambie su opinión sobre un artista con un periplo muy concreto, por mucha actuación en los Óscar, Globo de Oro o Tony Bennett que haya. Y más si el disco que debía ayudar a conseguirlo se queda a medio gas.

Ella siempre ha ansiado transmitir una imagen de autenticidad en un mundo tan poco auténtico como el del pop petardo, y ya que no lo ha conseguido ha preferido alejarse del segundo término para expandir su concepción del pop. Para ello ha obviado en buena medida elementos sintéticos para centrarse en lo orgánico, optando por otros géneros mejor vistos por la masa, aunque en realidad luego casi ni los caten y en la intimidad de su habitación se pongan lo último de Chainsmokers. Y así ha prescindido de los en principio anunciados RedOne, Giorgio Moroder o Nile Rodgers para trabajar con Mark Ronson, Kevin Parker, Florence Welch o Father John Misty. Porque si además aplicas una pátina pseudoindie, mejor que mejor (algo que siempre ha intentado, a medias, eso sí).

En Perfect illusion quiso demostrarnos que no, que no están tan adocenada, gracias a un vídeo de lo más eficiente que potenciaba la canción como pocos. El problema es que sin él no resulta tan alocada como pretende colarnos. No hace falta que nos venda la moto: sin ser un gran primer single ni tan despendolada, sí que resulta una buena canción. Si lo que pretende es llegar a las masas aburguesadas, mejor debería haber apostado por Million reasons desde un primer momento, porque además se trata de lo mejor del disco. Como Joanne, posiblemente su más inspirada interpretación en mucho tiempo, donde demuestra sensibilidad y contención, sin dejar de emocionar. Y Angel down quizás no tenga valía como lanzamiento comercial, pero como cierre sosegado pero reivindicativo (está dedicada a Trayvon Martin, adolescente negro asesinado por la policía en 2012) acierta de pleno.

Sin embargo no dejo de sorprenderme por mi devoción, porque su faceta de baladista siempre me ha provocado una pereza absoluta. ¿Será que el resto es tan poco potable que me amarro a un clavo ardiendo y que además (no hay que ser malo del todo) ha crecido en este sentido? Un poco de todo, porque las concesiones más desenfadas, excepto por el single y quizás A-YO (sentimientos encontrados), no hay por dónde cogerlas. A-YO al menos es un caos divertido, pero John Wayne resulta imfumable y meter una base dancehall en Dancin’ in circles no tiene ni pies ni cabeza en el álbum, salvo que necesites anclarte al más rabioso presente para epatar con cierto sector, cuando tu propósito es, precisamente, alejarte de ese tipo de público.

También hay canciones que como relleno aprueban, pero sin excesos, como Hey girl junto a Florence, que se queda en una mera curiosidad; el country más tradicional de Sinner’s Prayer, escrito junto a Misty; el villancico político Come to mama; y el enérgico guitarreo de Diamond heart, que, por cierto, forma parte de uno de sus engaños, ya que al abrir el disco y tras el single, con el que comparte sonido, podríamos haber pensado que estábamos ante el disco rock que Madonna nunca se atrevió a publicar; evidentemente no. Porque ni rock, ni country, ni blues, ni crooner, ni dancehall, ni indie, sino un poco de todo y de nada, lo que a veces puede resultar hasta divertido, a pesar de que la coherencia brille por su ausencia. Lo peor es que la heterogénea producción provoca cierta monotonía sonora, como si todo siguiese un patrón demasiado similar. Ni chicha ni limoná.

Al final se trata de un disco que falla por su escaso lado petardo, pero también por el “maduro”, salvo algo en lo que ya estaba bien entrenada como eran las baladas y que gracias a Dios ha ganado enteros. Y aunque una parte de mí ansía que regrese a su electro-pop de antaño, como aclara “ella” en el nuevo vídeo de Desahogada posiblemente esté “cansada de darle a los maricones lo que ellos querían”, por lo que es más que positivo que intente potenciar una vertiente de ella que en realidad siempre ha estado ahí. Por eso el cambio no resulta forzado, pero todavía se percibe en exceso esas ganas de mostrarse auténtica en todo momento, como si quitarse un teléfono azul de la cabeza y plantarse un sombrero normal y corriente (y todo lo que conlleva) fuese la única vía para reflejar tal actitud. Muchos creerán que sí, ella la primera, y mira, no.

Puntuación: 5,5

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