Molly Nilsson y Sean Nicholas Savage en la Sala Caracol, Madrid

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Al salir del concierto de Moderat de Madrid de hace unos días, un par de individuos comentaban que si lo que acababan de escuchar era música de verdad, que dónde estaba la batería, que vaya timo, etc. Es verdad que muchos “live” electrónicos pecan de enlatados a pesar de la naturaleza de sus sonidos, pero justo no era el caso del trío (la pregunta es: ¿entonces qué pintaban ahí?). Una actitud muy cuñada, sin duda. Pero sí, hay casos y casos y el de la noche del lunes fue uno de ellos. Molly todavía cuenta con un formato más electrónico, aunque se podía permitir incluir algún elemento como un teclado, pero el sonido de Sean, a pesar de contar con sintes y cajas de ritmo, tiene mucho de orgánico. Quizás no compense por tema económico, pero comprobando el éxito de la cita, creo que cubrirían gastos si al menos compartieran algún músico. Por suerte los dos tienen un repertorio y una presencia tan buena que (casi) se te acaba olvidando.

Sean Nicholas Savage fue el primero en aparecer en escena con su exigua anatomía y ese rostro que es un cruce entre su compatriota Bryan Adams y Steve Buscemi con unos cuantos años menos. Verle interpretar entre la espesa humareda, con ese sentimiento y su desgarrada voz, es toda una experiencia. Eso sí, a veces rozaba ligeramente la parodia, con una interpretación que se acercaba a la de un triunfito que ha terminado en un bucle de alcohol, volquete de putas y destrucción (su desaliñado look ayudaba). Tampoco sabes si tomártelo muy en serio cuando termina el concierto con un tema, Music, que es toda una oda a, sí, la música, pero bastante descacharrante tanto por letra como por tono.

Al final parte de su encanto radica en esta actitud excesiva y estridente, pero también sabe de emoción pura, y justo antes de cerrar interpretó la preciosa Maybe chain, y los pelos de punta mandaban en la sala. Así, el cruce entre Bryan Ferry y Chris Isaak pasados de rosa, convence sobremanera, incluso cuando se pone todavía más intenso y comienza a leer un poema de cosecha propia, To the worms, que quién sabe si termina en forma de canción. Si hay que poner una pega, aparte de la alegada en el primer párrafo, fue su escasa duración, apenas media hora, muy poco en comparación con su amiga.

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La sueca Molly Nilsson se mantuvo sobre el escenario algo más de una hora ya que cuenta con una discografía que da para eso y para más (aunque él también en realidad). Allí se dieron cita las que para ella eran sus mejores canciones, por lo que algunas que se daban por sentado que iban a sonar, no tuvimos el gusto de disfrutarlas, como Hey Moon!, que además un chico la pidió a gritos y ella amablemente pasó palabra. Ahí se dieron cita The power of love (nada que ver con ninguno de los dos clásicos pop y donde, por cierto, su voz se tornó más Chrissie Hynde que nunca), Worlds apart, The only planet, Titanic o Lovers are losers, aunque su futuro nuevo disco, IMAGINATIONS, no tuvo presencia. Sonaron bien, pero los bajos retumbaban de cuando en cuando.

Mucho más guapa en persona que en foto (con un aire a Melanie Laurent, por cierto), era de esperar que, como su música, se mostrase fría y distante, pero todo lo contrario. Ella misma dijo que hablaba demasiado entre canción y canción, pero se agradecía, ya que comentaba acerca de lo que para ella representaban o simplemente anécdotas divertidas relacionadas. Al final llenaba el escenario tras el desconcierto del comienzo que, como con Savage, se antojaba excesivamente grande. Se echó en falta que ambos, que aparte de esta gira han compartido otros proyectos, se hubiesen unido en amor y comparía para alguna canción. Nada traumático para una noche a la que se le atisbaban ciertas carencias pero donde ambos supieron brillar por encima de lo enlatado y la desolación (quizás el numeroso público también ayudamos a caldear el ambiente). Y la sueca además terminó con el himno 1995, por lo que poco más se podía pedir.

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fotos: Bea Tejedor

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