Por qué ‘Love’ de Lana del Rey es mucho más que una vuelta a sus orígenes

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Hace unos días se estrenó ‘Love’ de Lana del Rey, adelanto de su próximo disco todavía sin título ni fecha de salida. Una de las reacciones más extendidas es la de que Lana ha mirado hacia su propio pasado, concretamente a su etapa Born to Die, recuperando de aquella época a Rick Nowels y Emile Haynie como productores y co-autores. Tenemos un bajo similar a Blue jeans, los sonidos de caja registradora de National Anthem, pero sobre todo elementos de Born to die, la canción: una línea de base bombástica, arreglos electrónicos en forma de eco y guitarras sintetizadas en clave aguda. Sí, la forma resulta ciertamente familiar, y muchos lo aplauden. Quizás toma demasiadas licencias de aquellas canciones, pero la realidad es que el resultado ha convencido.

Puede que haya convencido porque, en el fondo, encontramos a una Lana renovada a ciertos niveles no tan evidentes, pero que evitan que muchos pensemos que se trate de un “más de lo mismo” (lo que, para qué negarlo, tampoco supondría un gran problema). De primeras se trata de una oda al amor más puro, cuando en su discografía generalmente el sempiterno tema siempre iba manchado de destrucción, decadencia o melancolía. Es probable que solo Video games, su primera canción como Lana del Rey, sí que transmitía la esencia más inmaculada y hasta inocente del amor. En realidad este gran clásico poco tendría que ver con lo que vendría después: ella sufriendo por el chulo de turno. Quizás el haber decorado su pelo con flores en el vídeo de Love, al igual que en la portada de su primer single y otras fotos promocionales de aquellos años, sea un guiño a la inocencia que más tarde perdería a golpe de gatillo y tatuajes.

En el adelanto de su cuarto disco alude al amor como la fuerza vital capaz de hacernos seguir avanzando a pesar de tener un trabajo de mierda o vivir en una sociedad donde la confusión es moneda de cambio. Porque esa es otra de las claves de la canción: refleja el zeitgeist de un mundo cada vez más desestabilizado. Por primera vez mira más allá de su universo, que en su momento nos podía encantar pero que sin duda necesitaba un descanso. Ya no solo es ella y sus problemas, se dirige hacia a nosotros, y más concretamente a los jóvenes, quizás de manera algo paternalista, pero con honestidad y sobre todo positividad. Incluso canta en tercera persona, salvo en el estribillo final, para así incluirse entre esa juventud a la que se dirige (para algunos con 31 ya no sería joven), demostrando que el egocentrismo ha perdido fuelle (a ver el resto del disco) y que todos podemos participar de su mundo, cuando antes simplemente éramos meros espectadores de su collage de la cultura yanqui.

También destaca un aspecto temático importante, ya que, a pesar de su discografía y de la pareja protagonista del vídeo, la canción no solo hace alusión al amor romántico; y es que en el clip aparecen muchos más chavales que ni están liados entre ellos y también disfrutan de la amistad mutua. Esto no solo supone una novedad en su periplo artístico, donde todo giraba alrededor del tío malote, sino en lo que se refiere a cultura pop, esquivando su manía de encumbrar solo a este tipo de amor como el único y verdadero. Para ser una artista que, sí, no llega al número uno del Billboard Hot 100, pero que cuenta con millones de seguidores, no está nada mal.

Todo ello ha provocado algo lo que no sucedía desde Video games: estar frente a una Lana más real, casi Lizzie Grant, más allá de un personaje tan apasionante como ficticio. Ha sido la pureza y honestidad de Love la que nos ha devuelto a la Lana de carne y hueso, la que podemos contemplar en entrevistas o simplemente en un vídeo de Instagram, no solo dentro del cliché glamuroso del Hollywood dorado. Porque a mí me apasiona que la música no solo se quede en un mero reflejo de la realidad, sino que también se alimente de ficciones, aunque haya gente que todavía no parezca entenderlo; y sin embargo ya hacia falta que su personaje se relajase y poder disfrutar de su propio encanto. ¡Si es que hasta sonríe en el vídeo! Lo que ha impactado a muchos, pero es que, eh, Lana es también un ser humano normal y corriente, y no todo el día está con el bote de prozac en una mano y la botella de whisky en la otra.

El vídeo además ha potenciado la canción hasta el infinito, plasmando la idea del amor que te hace levitar, reafirmando el concepto de pureza y sobre todo eludiendo cualquier tipo de cinismo. Incluso las referencias fantásticas suponen toda una bocanada de aire fresco en su imaginario visual, sin renegar del estilo vintage o yanqui, pero abrazando también estos elementos, en este caso fuera de la realidad, pero sobre todo de su realidad (como mucho los cocodrilos en las piscina de Blue jeans, como alegoría del amor envenenado, era lo más fantástico de su videografía). Y por ello canción y vídeo son de lo más emotivo que nos ha dado y que nos dará 2017, pero sobre todo nos han servido para mostrarnos a una Lana que sabe que hay que dar un paso más no solo porque nos fuéramos a aburrir, que lo dudo, sino porque necesitaba salir de su zona de confort, y sobre todo confiar en su verdadero yo. Sí, puede que la transgresión haya sido nula en lo que se refiere a forma, pero puede que nadie lo pidiese.

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