¿Ha llegado ya la hora de despellejar a Arcade Fire?

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Para muchos no hay nada más placentero que asistir a la caída de un mito. Y más si a ese mito le tienes tirria o simplemente recelas de su carácter intocable. Porque Arcade Fire eran casi intocables, pero con Reflektor algo empezó a cambiar. Sus ansías de experimentación no satisficieron a algunos fans, aquello que no destacan por su apertura de miras, cercanos al puretismo de los rockeros de toda la vida, a pesar de que la banda nunca ha sido el epítome de rock. Los que renegaban de ellos vieron una oportunidad para comenzar a quitar piezas de la jenga de su legado. Pero a pesar de aquellas críticas, la variedad de reacciones fue más que llamativa, y por lo general crítica y público se quedaron con un buen sabor de boca. Sin embargo, con Everything Now, la jenga está a punto de derrumbarse, si es que no lo ha hecho ya.

El recibimiento del single homónimo ha sido positivo, pero no han faltado voces discordantes respecto a ese estilo disco cercano a ABBA que han tachado de intrascendente (el “disco sucks” parece que jamás morirá). Y que si Creature confort se pasaba de sintética, Signs of live, de nuevo, demasiado disco y el minimalismo pop de Electric blue se alejaba de la esencia de la banda. Con todo estos adelantos han sido por lo general bien considerados. El problema ha llegado con el lanzamiento del disco, que muchos han denostado casi hasta la parodia, como Stereogum. Solo hay que echar un ojo a Metacritic, donde el disco lleva un 66 de media, lo que en la sección de música no supone una nota muy alta, más bien regulera, cuando sus anteriores discos obtuvieron de 80 para arriba (aunque, ya se demuestra que, comparado con sus predecesores, Reflektor se quedaba algo por debajo). Como una Demi Lovato o un Coldplay cualquiera, vamos.

Aparte del propio valor artístico del disco, previamente el ambiente ya estaba caldeado y posiblemente haya influido en el recibimiento. La mentada crítica de Stereogum, publicada una semana antes, ha podido influir en más de uno (sí, las críticas siguen influyendo, por mucho que algunos renieguen). Quizás tampoco se haya valorado en exceso aquella reseña de la futura reseña del medio que la propia banda publicó antes de que está saliese a la luz (de un tiempo a esta parte en Stereogum no se cortaban a la hora de meter caña a los canadienses, por lo que estos quisieron anticiparse). Pudo quedar graciosa, pero la realidad es que al final mostraba una clara actitud a la defensiva, y hasta se mostraba cierta soberbia al afirmar que, aunque no se tratase de su mejor disco, va a terminar entre lo más alto de las listas del año. Visto lo visto, no tiene pinta.

Tampoco han gustado las declaraciones de Win Butler para NME sobre cómo han tratado una parte de Signs of life que ellos han tildado de rapeo, sentenciando que estos medios (Pitchfork, CoS, Clash Music y Chicago Tribune) no saben lo que significa rapear. La crítica puede tener fundamento, y por su parte enfrentarse al poder mediático nunca está de más, pero muchos lo han visto simplemente como una rabieta. Y después vino el concierto retransmitido por Apple donde se exigía un determinado código de vestimenta, posiblemente acordado con la empresa de la manzanita (por ejemplo, los logos grandes de marcas estaban prohibidos). Sin embargo los titulares atribuyeron al grupo esta decisión debido en parte a una petición similar durante la promo de su anterior disco, aunque en este caso no había exigencias de por medio, sino que se quedó en la mera sugerencia. El caso es que todo ha sonado absurdo y elitista y las críticas les han llovido, tengan o no ellos la culpa.

La guinda del pastel, al menos en España, ha sido la aparición de Everything now en la lista de Los 40, actualmente en el número 37. No se ha producido la repercusión de cuando On hold de The xx se asomó por el tan odiado top 40, pero no hay duda de que tampoco ha ayudado a mejorar la imagen de la banda para ese público indie de manual. También en España, aunque hasta NME se ha hecho eco de ello, ha saltado la noticia del parecido entre el single principal y La gran ciudad de Templeton. A pesar de que las similitudes no son dignas de terminar en los tribunales (es más, la banda española se lo ha tomado con humor), más de uno lo ha usado como arma arrojadiza hacia los canadienses, cuando posiblemente se trate de una simple casualidad. ¡Si cuando se lanzó la canción todo el mundo coincidía en el parecido con Dancing queen!

Mitificar nunca suele ser la mejor opción, porque la decepción siempre suele estar a la vuelta de esquina. A veces ni si quiera se acerca a la decepción, pero nos lo tomamos como tal, sintiendo la necesidad de destruir lo que supuestamente nos ha traicionado. En la mayoría de ocasiones esa traición no existe, simplemente se trata de una muestra más del inherente egocentrismo del ser humano. Esos denominados mitos pueden vivir altibajos, por lo que resulta conveniente arrancarles esa etiqueta y emplear el sentido crítico, pero evitando caer en la descalificación gratuita basándose en argumentos tan livianos como “no han hecho lo que se esperaba” y similares. Y simplemente volcar el “haterismo” que muchos guardan en sus venas solo porque les fastidia que algo con lo que no son afines sea adorado por millones, es de patio de colegio. Pero ya sabemos que el mundo, y sobre todo internet, funciona así.

Quizás Arcade Fire, como sucede con las popstars, traen consigo un trasfondo sociológico que por momentos puede pesar más que la propia música, y toda la discusión generada termina por eclipsar a la obra o incluso lastrándola. Por otra parte ellos se han buscado dar juego más allá de su música, así que es de suponer que les tocará apechugar. Pero a pesar de que contextualizar en la música es un factor a tener en cuenta, a veces estas circunstancias se alejan de ella y esta acaba desvirtuada. Porque una cosa es que, por ejemplo, Michael Angelakos de Passion Pit diga que tiene una enfermedad mental y que entonces ciertas letras cobren otro significado, y otra que esta revelación nos provocase, yo qué sé, pena y enfocarámos su trabajo de otra manera debido a ella. Con Arcade Fire debería suceder tres cuartos de lo mismo. Sin embargo ellos son más populares, bocazas y mitificados, por lo que siempre habrá más ganas de mezclar términos y ya de paso prender la mecha.

Pero sí, estamos ante el peor disco de la banda, pocos lo podrían negar; lo que, por otra parte, no implica un desastre per se. Everything now, el tema, es gloria bendita y se perfila como uno de sus singles más directos (aunque no representa el espíritu formal del disco). ¡Y hasta se puede bailar mientras se critica al consumismo! Mensaje y diversión en una misma canción, todo un acierto. Los exuberantes ritmos disco tienen la culpa, aunque en Signs of life no atinan tanto, quizás por cierta afición a la repetición, recurso que también explotan, de manera exagerada todavía, en las payasadas Infinite content e Infinite_content. Estos momentos, junto a Peter Pan, son los que te hacen replantearte pasarte al bando de los “haters”. Por suerte son los únicos y entre los tres no superan los seis minutos, lo que se agradece.

Los sintes que abren Creature confort podrían pertenecer a Sigue Sigue Sputnik, pero después deriva en una típica y agradecida canción de Arcade Fire, con una Regine, eso sí, un poco gatuna en su interpretación. Su voz en falsete funciona mejor en la deliciosa Electric blue, un número de pop’n’b electrónico que hace gala de una producción sorprendente para la banda. La relación entre amor y dinero y como nos cambia o destruye es el leitmotiv de Put your money on me, y We don’t deserve love se erige como una de sus baladas más estremecedoras y depresivas. Ambas cierran el disco a lo grande, sin olvidar el emotivo epílogo inspirado en el tema titular y que, como solemos hacer con la mayoría de los productos culturales que consumimos a día de hoy, se corta de repente (y esta vez no somos nosotros quienes lo decidimos, han sido ellos, ¿a modo de venganza?). Y por el camino nos hemos topado con Good God damn y Chemistry, que no van más allá del relleno aceptable.

Quizás la denuncia de la superficialidad o el mensaje anticapitalista resulten demasiado obvios y trasnochados (no es nada nuevo: ya lo hicieron una banda de masas como U2 hace más de veinte años), y sobre todo algo paradójico si tenemos en cuenta que estamos ante una banda que forma parte del mismo sistema que critica, lo que también se aplica, salvando las distancias, a Katy Perry y su purpose pop. Se trata de una obra con muchas pretensiones, pero algunas se quedan a medias. Así que sí, los “peros” no escasean, pero hay que reconocer que cuando brillan, lo hacen como ninguno. Por ello, a pesar de los tropiezos, resulta poco razonable enterrar a este álbum como algunos llevan haciendo incluso antes de que se publicase, y menos todavía enterrarles a ellos.

Puntuación: 7

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