Lorde en Sant Jordi Club, Barcelona

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Algunos llevaban esperando desde las diez de la mañana. No sé si tendrá que ver con la edad – el público más joven, post-adolescente, que no trabaja -, o con una costumbre adquirida, una norma básica del fanatismo pop. Porque, si a alguien le quedaba alguna duda, con el concierto de anoche en el Sant Jordi Club se reafirmó que Lorde es final e indiscutiblemente una reina del pop. Princesa, más que reina, teniendo en cuenta su juventud, que es al fin y al cabo una de las claves de su éxito.

El estadounidense Khalid tenía ayer como encargo tantear el terreno y calentarle el asiento a la neozelandesa. Y le salió a medias: es otro millenial, incluso más joven que ella, y sus letras nos pueden sonar cercanas, un poco “been there, done that”, pero su puesta en escena tenía un algo de David Bisbal, de esa hiperactividad incómoda llena de pataditas, saltos y giros. Y sin duda aparecer con la camiseta del Barça no pareció ningún acierto teniendo en cuenta el target del concierto. Y aun así, se le coreó y bailó, e incluso vislumbré algunas lágrimas.

Pero la explosión real tardaría poco en llegar. Un televisor retro de tamaño exagerado en una esquina, al otro lado unos leds dibujando un astronauta, y su voz antes del primer acorde, únicamente tres palabras, fueron suficientes para encender la mecha de una dinamita casera que todos quisimos hacer estallar en comunión. Homemade dynamite parece ser ya el tercer single de Melodrama, y más después de comprobar de qué manera es capaz de abrir un concierto. No le hizo falta que Khalid volviera al escenario para recitar su verso del remix estrenado recientemente, y aún menos tirar de la coreografía que nos regaló en los últimos VMA’s. El público pareció decir “ésta es mi favorita!” a base de saltos y gritos. Y no había hecho nada más que empezar.

Aquí reside, en mi opinión, el éxito de su  directo y, por extensión, de su carrera: conseguir que cada tema haga vibrar de esta forma y se convierta en el predilecto. Uno tras otro, se suceden como verdaderos himnos generacionales. Lorde no escribe canciones, escribe himnos. Así, a esta gran apertura le seguiría su colaboración con Disclosure, ese Magnets que, no siendo cien por cien suyo, nos lleva de igual forma a su esencia y a creernos, nuevamente, que ésta es nuestra favorita, sin ser yo nada de eso. Nos dio un mini-respiro para saludar y presentarse, quizás sonando demasiado al cliché de popstar. Los “bona nit, Barcelona” siempre van seguidos de una euforia casi patria y ensordecedora, pero a mí me enfrían un poco, pues no consigo verlo más que como un formalismo. Pronto se me pasó con un nuevo himno, el que nos invita a ser la rara de la clase: Tennis court envejece bien y todos seguimos imitando el vocoder entre salto y salto.

Y lo mismo pasaría a continuación con las viejas pero nada olvidadas Buzzcut season y Ribs, que sin haber sido single demuestran estar todavía entre las más apreciadas de su repertorio. Pero posiblemente el clic venga con Sober – permitidme considerarla la gran pieza maestra de Melodrama – y culmine con el majestuoso final de The Louvre, que si ya en el disco es una experiencia religiosa, en directo lo refuerza imitando el riff con su voz, consiguiendo así su mayor propósito: alzarnos a los cielos de la iglesia del pop. Unos cielos que, sí, son más bien un limbo – y que así siga – entre lo más mainstream y lo que aún podríamos considerar underground. Nunca será Britney Spears, pero ya no podrá ser Banks. Y eso es lo que nos pasa con Supercut, ese corte que en un inicio no entendimos, que pudimos odiar por sonarnos a radiofórmula, a su amiga Tay-tay, pero que pronto nos terminó convenciendo. Creo que fue con ésta, anoche, cuando ella misma se percató que el público estaba exageradamente entregado. Aquí es cuando se dejó de tanto bienqueda, de los “es un placer estar aquí” demasiado estudiados para teñirse verdaderamente de sorpresa y emoción. Llegó a decir, muy avispada ella: “hacéis mucho ruido, sonáis muy fuerte”. Pues claro, querida, esto es marca de la casa.

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Ahora que la conexión ya era real, no podía venir otra cosa que el momento taburete. El piano anuncia las primeras notas de Liability: ella y su vestido de cup-cake etéreo se calman, y todos sabemos que la piel de gallina y los ojos húmedos están a punto de llegar. Empezó entonces a hablar mientras la canción parecía iniciarse una y otra vez. Pero ella tenía ganas de contarnos cosas. De seguir sorprendida por la fama, de confesarse vulnerable, delicada, y de prohibirnos dejarnos hundir por alguien que nos pueda considerar “demasiado”. Ovación, y con el “…crying in the taxi” ya está llorando medio Sant Jordi.  Una vez más, un himno. El de saberse distinto, el de arrastrar una lacra, y la posible soledad que eso conlleva. Todo, valiéndose ahora únicamente de su voz y la fragilidad de la emoción, íntima, y convirtiendo el estadio en una especie de sala de piano-bar.

Si bien decía que el secreto de su éxito podía residir en el conglomerado de himnos, que su versión de Somebody else de The 1975 fuera el único momento de bajón confirma mi teoría. Porqué su energía, su voz, su imagen, siguen siendo las mismas, pero algo no terminó de conectar en ese momento.

Por suerte, la traca final estaba destinada a ser un single tras otro, una tormenta de energía creciente, de éxtasis puro. Cuando el público intuyó el comienzo de Royals, no pudo esperar a que ella cantara y coreó el primer verso al unísono acompañando a su simple pero mucho más que resultona batería. Aprovecho con ella para poner una pega: todas las canciones en directo suenan como en el estudio. ¿Eso es malo? No, no tiene porque, pero de repente nos gusta cuando un artista nos sorprende autoversionándose, corriendo cierto riesgo y saliendo de la estructura ya conocida. Lo digo ahora, con Royals, que para mí seguirá siendo un hit imprescindible en la historia del pop contemporáneo, porque me duele un poco decir – y lo voy a hacer con la boca pequeña – que ayer estuvo levemente por debajo del resto. Teniendo su contenido y su forma tanto que ver con las generaciones que allí se concentraban, le faltó un plus de energía, un momento catártico, que quizás en su día tuvo y ahora se ha visto difuminado por el paso del tiempo. Así, Team se convertía anoche en el tema estrella de Pure Heroine, y su letra parecía, subliminalmente, querer decirnos algo: jóvenes, aquí congregados, en éste ritual, “you know we’re on eache other’s team”. Naturalmente, bajar del escenario y pasearse por primera fila para terminar alzada entre los brazos de algunos afortunados fans contribuyó a convertir ese en uno de los momentos de la noche, apoyado por otra de las odas a la post-modernidad, la más reciente Perfect places, que le había abierto las puertas a la locura final.

Y para despedirse, volvió a abrirse un poco en canal y a hablar de corazones rotos y de buscar la sanación en lo festivo. Los leds se tiñen de verde y Green Light se confirma como una de las canciones del año, llenando la pista de estrellas de papel y destellos de luz para hacer caer el telón por todo lo alto.

Ah, no, espera: que aquí somos mucho de pedir, y varios coreos devolvieron a Lorde a escena, ahora armada únicamente de un looper con el que, a lo Juan Palomo, nos regaló el perfecto cierre para un concierto tan millenial: nos fuimos a casa todavía deletreando aquello de “L.O.V.E.L.E.S.S. generation”, que, representativo o no, ha bautizado de nuevo a ésta generación, y la proclama a ella como una de las diosas de su altar. La diosa que escribe himnos.

Alverd Gual-Cibeira / fotos: Pep Botey (1ª), Carlos Berzosa (2ª)

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