Reivindicando a… Michelle Branch y su pop-rock tan 2000

Hacía tiempo, casi cuatro años, que no se publicaba esta sección en la web. Pero escuchando estos días el grandioso nuevo disco de Kacey Musgraves, Golden Hour, me percaté que un par de temas me recordaban a Michelle Branch. Así que pensé que era el momento ideal para recuperar la sección y rememorar a la estadounidense que, aunque la mayoría piensen lo contrario, sigue viva.

Al llegar los noventa las popstars más brilli brilli de los ochenta murieron como si un virus antipetardo se hubiera adueñado de la juventud de la época. Durante aquellos años las figuras femeninas en la música pop eran chicas con guitarra por lo general cantando canciones más blandas que la mierda de pavo (hubo excepciones más combativas, como Fionna Apple o Tori Amos, gracias a Dios). Sin embargo, cuando el nuevo milenio estaba al caer, sucedió algo que volvería cambiar las reglas del juego: Britney. El pop más mamarracho se hacía con el control, la solemnidad de los noventa se derrumbaba y un ejército de divas chochipop se alzaba con el poder. Sin embargo, al menos en lo que se refiere a listas, a este subgénero de algodón de azúcar todavía le quedaban un par de coletazos.

Los más populares fueron Vanessa Carlton y Michelle Branch, ambas con bastante éxito entre 2001 y 2002 sobre todo. En realidad musicalmente no resultaban tan parecidas, pero físicamente eran clónicas y arrastraban la misma actitud de niña buena y virginal. La primera fue un absoluto one-hit wonder con A thousand miles, que a día de hoy sigue siendo recordado como el primer día gracias a una de las melodías de piano más reconocibles de la historia del pop (aunque pocos serían capaces de acordarse del nombre de su autora). Michelle Branch no gozó de un éxito tan rotundo y condensado, pero contó con varios singles de éxito durante un par de años, así que por suerte para ella se quedaría fuera de la tan odiada etiqueta de one-hit wonder.

Sin embargo, mientras Vanessa era la chica ideal para tomarse con ella una taza de té a media tarde, Michelle era más energética y guitarrera. Tenía más pinta de blandita de lo que realmente era y con ella, sin ser de las que casi se sacaban una teta, tampoco daban ganas de echarse la siesta. Además su música era descaradamente pop, por mucha aura semirockera que vendiese por momentos. Y sin embargo, a nivel lírico, era igual de básica que las anteriores, siempre cantando sobre las idas y venidas con los hombres de manera no muy demasiado creativa.

Everywhere, su primer éxito, fue toda una declaración de intenciones pop camuflada entre guitarras: la misma obsesión adolescente que una Britney cualquiera por el tío de turno. Pero estábamos ante todo un pelotazo, oye, y con una gran diferencia respecto a otras coetáneas más petardas: exponía su propia voz como artista, porque ella era la compositora principal. El segundo hit fue All you wanted, en este caso compositora única, donde ahondaba en el drama de una ruptura (nada nuevo bajo el sol tampoco), con un estribillo de esos de cerrar el puño bien fuerte y berrear tu tragedia a los cuatro vientos. Después llegó Goodbye to you, más baladita, de nuevo sobre una ruptura, pero también con una estructura melódica 100% efectiva.

Todas formaban parte de The Spirit Room, un disco que vendió casi cinco millones de copias, sorprendentemente un 60% fuera de las fronteras de Estados Unidos. Obviamente destilaba cierta tufillo yanqui, pero su marcado carácter pop se desligaba de los localismos, lo que permitió su triunfo internacional. Y, aparte de los singles, el disco en general, aunque contase con una producción bastante caduca, como poco se podía calificar de ciertamente entretenido, coherente y sobre todo honesto y auténtico, sin forzar un ápice esta actitud.

Un par de años más tarde, y tras una exitosa colaboración con Santana en The game of love (de la que acabamos hasta el gorro en España por culpa de Moviestar), Michelle Branch publicó un segundo álbum, Hotel Paper, por debajo del anterior, por lo que en consecuencia las ventas se resintieron y bajaron al millón y pico (cifra por la que muchos matarían a día de hoy, por otra parte). Se mostró más agresiva en Are you happy now, un buen tema que aun así ha quedado algo relegado por Breathe, un segundo single con una melodía emocional y que parece más liberadora de lo que realmente es (al final trata sobre la defectuosa comunicación en pareja). Aparte había otros buenos temas como Love me like that o el que daba nombre al álbum, pero la fórmula se notaba algo desgastaba.

Después de esto, la nada durante siete años, lo que en el mundo del pop es una eternidad. Bueno, tampoco la nada, se embarcó en un proyecto country llamado The Wreckers junto a su amiga Jessica Harp. Pero en este caso se trataba de una banda mucho más local en su estilo y sonido, por lo que no disfrutó del mismo éxito que en solitario, al menos fuera de su país (ahí, en realidad, no le fue nada mal). En 2010 Michelle Branch volvió con un EP, formato generalmente denostado por el gran público, a pesar de que por aquellos años Coldplay, Miley Cyrus o Lady Gaga les daba por ahí. Pero claro, en estos casos siempre como complemento de un álbum recientemente publicado, no como regreso tras un largo descanso. Por supuesto Something Comes and Goes pasó muy desapercibido.

Y de nuevo otros 7 años, tras anunciar nuevo disco en 2011 y pegarse durante eones con su sello, Michelle Branch finalmente lo publicó el pasado año bajo el nombre de Hopeless Romantic. Obviamente se comió los mocos a nivel de ventas, y sin embargo se trataba de un inspirado disco. No hay duda de que Michelle asumía que no iba a gozar del recibimiento comercia de antaño, por lo que optó por un nuevo sonido y tono. Y es que ya no era la misma chiquilla de principios de 2000. Gracias a su trabajo junto a Patrick Carney de The Black Keys, que también es su pareja, el álbum suena mucho más rico y variado, y sobre todo coherente con lo que la evolución de una artista pop-rock debe ser.

Debido a su pasado popero, muchos no le habrán dado una mínima oportunidad a este último trabajo (el ejemplo más evidente: Pitchfork). Sorprendentemente, podría gustar incluso hasta al más indie del lugar. Quizás, tras el éxito de Kacey, algunos se animen a darle al play. Si leéis esto, yo os invito a ello. Y ya de paso, recordar sus pasados pelotazos pop.

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