¿Está siendo 2018 (por ahora) un auténtico muermazo?

Este es posiblemente uno de los artículos más subjetivos que he publicado nunca, pero es que me veía en la necesidad de escribirlo. Llevamos un tercio de 2018 y, a mi parecer, poca cosa ha sucedido realmente sorprendente en el mundo de la música, que me haga levantar si quiera una ceja. Puede que sea la edad y que en menos tiempo de lo que pensaba acuñe la cuñada y viejuna expresión de “ya no se hace música como antes”. O puede que las vías por las que me suelen llegar las últimas novedades estén ya más que desgastadas. O que no haya realmente mucho que rascar. A saber.

Sin ser mucho de trap ni nada de eso (o cualquier estilo asociado con el hip-hop o el rap), quizás sea a día de hoy el género más estimulante. Por eso la chavalería podría espetarme que afirmo lo del titular porque realmente no conecto con él. Y tendrían toda la razón del mundo. Yo diría, “pero es que en Musikorner siempre hemos sido más de pop en todas sus vertientes”, y ellos contestaría, “el trap es el nuevo pop”. Sí, de nuevo tendrían algo de razón, pero podría ser una afirmación algo absolutista. No siempre la corriente musical del moda debe de ser solo alabada por personas de 20 años de media. Y más en el indie, el underground (otro tema es el mainstream), que deberían arriesgar más da igual la edad de sus artistas. Sin embargo parece que hay cierta ola de aburguesamiento, o simplemente falta de frescura o factor sorpresa.

En realidad llevo sintiendo esto desde hace un par de años o más, pero en los últimos tiempos, y más agudizado en 2018, me resulta claramente alarmante. No hay casi proyecto nuevos que nos vuelvan locos, ni comebacks grandiosos, ni segundos, terceros o cuartos discos que, perdón por la expresión, nos hagan el culo Pepsi-Cola. Tampoco hay demasiado drama, simplemente todo es tan lineal y monótono que dan ganas de, sí, pasarse al trap. A pesar de que escuchar el estridente Autotune de La Zowi me resulte insufrible, al menos despierta mis sentidos. Mejor sentir el horror a no sentir absolutamente nada.

Este sopor también se traduce a line-ups de festivales absolutamente clónicos, o muy similares ediciones anteriores. Realmente hay que irse a festivales más especializados, como los de electrónica, por ejemplo, para encontrar carteles más rompedores. Pero en lo que se refiere a generalistas, nada nuevo bajo el sol. Quizás solo Primavera Sound, y no en muchos de los cabezas, que también se repiten más que el ajo, mantenga ese carácter regenerador, especialmente en a letra mediana y sobre todo pequeña. Pero aun así los artistas que forman parte de esos carteles están ahí en buena medida gracias a los medios, y desde la tímida parcela de Musikorner, a un gigante como Pitchfork, o no estamos haciendo bien nuestro trabajo o quizás no haya nueva sangre reseñable.

De lo que ya conocemos seguro que no hay demasiado por lo que levantarse a aplaudir entusiasmado. O muy poco. A destacar el nuevo disco de Kacey Musgraves, que ha sabido llevar algo tan local como el country a un nuevo público. El desparrame de cupcakKe ha sido sin duda uno de los momentos top del año. El intenso e íntimo folk psicodélico de Amen Dunes también merece una mención. A pesar de no haber publicado su nuevo álbum aún, la mezcolanza experimental de Let’s Eat Grandma promete mucho. Y quizás el regreso de MGMT, más porque las expectativas estaban tan bajas que nadie esperaba un disco tan notable.

En realidad el panorama nacional casi resulta estar más on fire que el internacional, con Bad Gyal, que con su nueva mixtape se está consolidando tanto en España como fuera de nuestras fronteras, como puente entre la cultura trap y el indie o el pop. Putochinomaricón, que como personaje es un filón, fichado por Elefant. O el debut de Brigitte Laverne, La Plata y Perapertú, o lo nuevo de Alborotador Gomasio o Triángulo de Amor Bizarro. La reafirmación de la grandeza de Soleá Morente y la consolidación de Nathy Peluso también son dignos de mención.

Del pop comercial obviamente no se espera nada revolucionario que noquee, pero después su excelente predecesor, Justin Timberlake se ha sacado de la manga un  autentico mojón. Y el debut de Camila Cabello, pues sin más, y The Weeknd no aporta demasiado con su último EP. Ni en canciones el ámbito mainstream está demasiado bien surtido últimamente, aunque siempre hay highlights que se incrustan en el cerebro (para mí, Never be the same, de la ex Fifth Harmony). Y en el indie, si nos limitamos a canciones, hay tropecientos ejemplos magníficos, eso sí.

Pero claro, no podemos vivir solo de singles. Bueno, algunos sí, pero los que realmente amamos la música necesitamos algo más de chicha. Todavía queda mucho 2018 por vivir y tampoco hay que ser agoreros, aunque este artículo peque de ello. Sin embargo, como ya dije, no solo se trata de una sensación que me esté rondando este año, sino que viene de largo, y espero que no se afiance. En realidad que 2018 sea un muermo tampoco es un problema, siempre puede haber una recuperación; mi miedo es que este letargo se extienda más allá de este año. Espero que no, o simplemente espero que sea mi actitud viejuna la que realmente está nublando mis capacidades de apreciar la realidad.

 

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