Crónica Tomavistas 2018

A pesar de que en principio el viernes no había pronóstico de lluvia, de 8 a 9 de la tarde cayó la de San Quintín, lo que generó cierto drama entre los asistentes a Tomavistas 2018. Gente intentando reguardarse como podía (aunque en un parque se antoja complicado) y otros asumiendo que mojarse era inevitable. Una estampida de gente salió por patas, supongo que algunos para poder secarse y quizás unos cuantos con vistas a no volver. Aun así al entrar esperaba un ambiente más desangelado, pero para nada. Seguro algunos se han visto en situaciones festivaleras mucho más complicadas.

Iseo & Dodosound cancelaron, pero el resto de conciertos siguieron a la hora programada, como Superchunk. La banda, ya en los cincuenta, siguen demostrando que la juventud se lleva por dentro. Aunque es verdad que cuando les vi en el Primavera Sound hace cuatro o cinco años había más actitud de pogo y desfase entre el público, no se puede menospreciar la energía que transmiten tanto con sus clásicos como con sus nuevas canciones. Y para terminar un Slack motherfucker en una época donde la precariedad laboral y moral es moneda de cambio. Pero claro, la revolución se baila, porque si no no nos interesa.

Ride, al igual que los americanos, no sonaron viejos y desgastados, todo lo contrario. Y esto fue lo que realmente les hizo ganar enteros, ya que el sonido, aunque apabullante, resultaba demasiado expansivo, y a pesar del carácter shoegaze de muchas de sus canciones, otras no exigen que las voces casi no se oigan, o incluso que algún punteo mítico pase desapercibido. Y a pesar de ello, eran todo fuerza y presencia, intercalando nuevos temas con clásicos como Dreams burn down, Leave them all behind o Vapour trail. Al final los cincuenta van a ser los nuevos veinte.

Lo de Javiera Mena fue un poco WTF. Su concierto no iba a durar demasiado, 45 minutos, pero comenzó unos 20 minutos tarde y la mayoría pensábamos que terminaría más tarde. Pero no. 25 minutos de concierto, cuando ya los ánimos estaban caldeados tras una apertura titubeante (comenzó con una Otra era algo floja). La puesta en escena era petarda, en el mejor sentido, como debía ser, con maravillosos momentos kitsch como la lucha de espadas láser mientras Espada derivaba hacia el mejor tecnazo. Y claro, quisimos más momentos como ese. Nos debes una, Javiera, pero te queremos igual.

Me daba en la nariz que Django Django, sin ser una banda con una base de fans muy amplia en nuestro país, iba a dar juego incluso al público que les acababa de descubrir. Y efectivamente, tomando su caleidoscópico indierock y retorciéndolo hacia momentos de psicodelia total, otros tribales o también en clave rave. Resultaba patente su entrega completa sobre el escenario, el público lo percibía y se unía a la fiesta sin pensárselo dos veces. Nuevos y antiguos temas se combinaban tejiendo un setlist rematadamente divertido. Su directo pone de manifiesto una vez más lo injustamente infravalorados que están.

Resulta curioso como muchos grupos nacionales eran relegados al escenario pequeño cuando congregaban a más público que muchos internacionales. Este era el caso de Novedades Carmihna, donde no cabía un alfiler e incluso bastante alejado del escenario la gente se sabía las canciones de pe a pa (aunque es verdad que la complejidad de sus letras no es demasiado alta). Y ellos como siempre tan chulescos con hits imparables como Juventud infinita, Antigua pero moderna, Te quiero igual o Cariñito. No cambian de fórmula, pero tampoco les hace falta porque se mantiene 100% efectiva.

La Casa Azul sí que actuó en el escenario mayor, obviamente, y ahí se congregaron cientos de fans que berreaban todas sus canciones (salvo un par nuevas, claro; una muy trapera, por cierto). Se trata de su gira con mayor número de músicos, conformando un escenario complejo y sofisticado con una puesta en escena, como era de esperar, exquisita. Y, claro, casi todo hits, que es a lo que hemos venido: La revolución sexual, Superguay, Los chicos saltarán a la pista, Chicle cosmos, No más myolastán… Por poner un “pero”, eché de menos Viaje a Shibuya. Pero vamos, a mí sin ser fan fatal de Guille ni nada de eso, no se me borró la sonrisa en todo el concierto.

Al día siguiente la lluvia no hizo acto de presencia y a la misma hora que el día anterior cayó la del pulpo, ahora El Columpio Asesino se hacían con el público con su descaro y contundencia.  Y clásicos, muchos clásicos (no tienen nuevo disco), como Diamantes, Ballenas muertas en San Sebastián o Toro. Sin embargo no fue esta la que, al menos para mí, “stole the show”, sino Perlas, que sonó tan emocionante como el primer día, y que, como le dije a mí amiga, es, junto a De la monarquía a la criptocracia, el himno indie español de la década. Y aunque el concierto voló alto, por mí podría haber acabado ahí. En realidad, el festival podría haber acabado ahí y me habría ido tan feliz a casa.

Mientras que Superchunk y Ride mostraron una presencia y energía atemporal, el directo de The Jesus and Mary Chain sí que resultó algo más cansado. Y eso que el setlist fue bueno, con momentos para la eternidad como Just like honey o April skies, y el sonido fue excelente (con un mejor equilibrio entre distorsión y voz que, por ejemplo, en Ride). Y a pesar de todo resultaba inevitable pensar en ese tipo de comebacks algo injustificados, como si estuviesen ahí solo para hacer caja, incluso aunque haya disco nuevo. Efectivos, por momentos emocionantes, pero faltos de magia.

Nunca he sido muy fan de Los Planetas, y por lo general en los festivales siempre les he evitado o como mucho les veía un rato y a correr. En este caso me propuse quedarme el concierto entero, y no me arrepiento. Es verdad que el comienzo, donde brilló Islamabad, de carácter mucho más expansivo, me cameló más que el resto, pero al fin y al cabo Segundo premio o Un buen día son clásicos generacionales que nunca fallan, y temas tan brillantes de su último disco como Espíritu olímpico, tampoco. Además contaron con la presencia de La Bien Querida y Soleá Morente, aunque en este último caso casi salió más a darse un paseo que a otra cosa. Y todo sonó de lujo además. Otra vez, repito.

Roosevelt es una banda poco conocida, y tenían el reto de cerrar el festival con un buen fiestión. De primeras fallaron, ya que parecía que todavía les faltaba estallar y el público no conectaba demasiado con ellos. Hacia el segundo tercio tocaron Fever, uno de sus mejores temas, y la situación pegó un giro de 180º. El público mucho más entregado y ellos más finos y disfrutando más. Su pop electrónico tiene estilo, es elegante y se puede bailar hasta el final, con momentos más funky, otros más disco e incluso techno. Hasta una balada nueva (estrenaron varias canciones), que recordaba a la de un baile yanqui de fin de curso, brilló. Una victoria un poco a última hora, pero el mérito se lo llevan igual.

fotos: Bea Tejedor

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