Mad Cool 2018: la música que adoras, el festival que aborreces

Este fin de semana Mad Cool ha protagonizado las portadas de todo tipo de medios, desde los más especializados a generalistas, y por supuesto las redes han ardido con el festival. Generalmente para mal. Y es que a nivel de organización hubo ciertos errores, algunos intencionados, otros no, que perjudicaron la imagen de un festival que por otra parte brilló a nivel musical. Aquí diez conclusiones que un asistente medio como yo pudo obtener.

La organización brilla por su ausencia ante imprevistos

Uno de los aspectos más criticados fueron las colas que se montaron para entrar, supuestamente debido a un error del sistema. Pero es que ya no era la cantidad de gente, sino el caos generalizado, con dos colas, por llamarlas de alguna manera, yendo cada una a una velocidad diferente, y sin corresponder a los que tenían pulsera y a los que no. O esa es la conclusión a la que se llegó, porque nadie tenía ni pajolera idea de nada. Al final hubo gente que estuvo dos horas esperando y otros 15 minutos. En mi caso, más lo segundo, pero tampoco podría entonar el mea culpa por haberme colado. En realidad, no tenía claro absolutamente nada, pero obviamente iba a coger la cola más rápida.

El ridículo elitismo de la zona VIP

Dos escenarios contaban con zona VIP, situada en primera fila a uno de lados. Nada nuevo bajo el sol, pero no resulta tan normal que dispongan de un tamaño exagerado que, como sucedió en la mayoría de conciertos, provocase que estuviesen casi vacías. Hasta Franz Ferdinand y QOTSA se quejaron de las mismas, en el último caso con Josh Homme poniéndose chulo de que no seguía tocando si no la abrían al resto del público (aunque instó a saltar las vallas a lo loco, lo que no resultaba la idea más segura del mundo por el riesgo de avalancha). Tiene sentido un espacio más comedido, pero claro, hay que vender equis abonos vips y no puedes arriesgarte a que se llene la zona a la mínima y las quejas afloren, y la pela es la pela. Pero total, unas cuantas quejas más, ya ves tú.

Un espacio demasiado aprovechado

Es cierto que se tardaba bien poco para ir de un escenario a otro, pero en este nuevo recinto también se echaba en falta algo más de espacio. Y es que entre ciertos conciertos resultaba complicado andar sin ir esquivando hordas de gente constantemente. Era como estar en un foso interminable. Sinceramente, al menos yo, prefiero andar algo más y no sentirme en un rebaño infinito. Y ademas hubiese dado para más barras, otro de los problemas que por suerte mejoró algo el viernes y el sábado, pero el jueves casi era mejor morir de innanición viendo a tu grupo favorito que esperando aquellas colas.

La gestión de la cancelación de Massive Attack

No es la primera vez que el grupo de Bristol se pone tiquismiquis en un festival, pero conociendo los antecedentes, hay que amoldarse, si no, pues te ahorras la contratación. Pero lo que haya sucedido entre bambalinas es algo que nunca conoceremos al dedillo y con la info que hay no es complicado una división de opiniones. Lo que resulta más increíble es la echada de balones fuera por parte de la organización, incluso aludiendo a que el dúo ya venía con el morro torcido desde la mañana, lo que se antojaba como unas declaraciones muy poco profesionales, incluso aunque fuesen ciertas. Lo más gracioso es que dos días después (¡dos!) se publicó un comunicado conjunto como si tan amigos, además de que el contenido y la tardanza del mismo no ayudaron a mitigar quejas. Vamos, un despropósito.

No hay amor

Parece una tontería, pero respecto a otros festivales en general, y si comparamos con el otro gran festival indie/alternativo del país en particular, Primavera Sound, no se percibe ese cariño hacía los visitantes y artistas imprescindible para sentirse en casa. Ya no es solo esa manera de exprimirte el dinero con cosas como no dejar pasar botellas de agua sin tapón (había fuentes, pero solo en un punto, que en mi caso encontré el sábado) o que la oferta gastrómica era mala y cara, son decisiones como la mentada zona VIP, o es esa sensación de encontrarte en un parque de atracciones de la música donde todo parece gestado para sacar tajada y poco más. Obviamente Primavera Sound no es una hermanita de la caridad, y además durante los últimos años ha habido polémicas como el trato a los camareros portugueses o los contratos abusivos hacia ciertas bandas. Nadie ha venido solo por amor arte, pero algo de amor sí que hay, y yo en mi caso sí que me siento mucho más, digamos, como en casa cuando acudo a este festival o a muchos otros. En Mad Cool, la verdad, no me siento cómodo del todo.

Las estrellas del pop también sirven para festivales “indies”

Quizás resulte una contradicción, pero si hasta Primavera Sound lo ha hecho con Lorde. Eso sí, la neozelandesa, desde su último disco, está mucho mejor vista por el sector indie, pero dos estrellas tan actuales y comerciales como Dua Lipa y Post Malone no gozan de tal credibilidad. Y aun así, con sus cortas e irregulares carreras, regalaron dos de los conciertos más disfrutables y divertidos del festival (aunque él abusase de pregrabados). Quizás algo instranscendentes, pero, joder, no todo va a ser la intensidad de Nine Inch Nails.

NIN le da sopas con ondas a Depeche Mode

Y hablando de Nine Inch Nails, coincidían el sábado con Depeche Mode. Ambas bandas son iconos a la hora de mezclar guitarras y electrónica con un aura “darks”, por lo que cierta competencia no se hacía esperar. Los primeros se alzaron como el reyes indiscutibles, por encima del bien y del mal; mientras que Dave Gahan y los suyos resultaron correctos, por momento brillantes, pero otros demasiado en piloto automático.

Y también se come con patatas al resto de rockeros

La verdad es que, así en general, NIN podía mirar por encima del hombre al resto de grandes nombres rockeros en general que poblaban el festival, porque Arctic Monkeys se quedaron a medio gas y QOTSA, Jack White y Pearl Jam tenían que gustarte mucho para poder disfrutarlos en su total plenitud. Y, sinceramente, ellas también pueden rockear y a veces mucho mejor, como Ellie Roswell de Wolf Alice. O quizás los menos enormes pero más satisfactorios Yo La Tengo (aunque su concierto no fuese el más fácil de su carrera).

El verano ya llegó

Ciertos conciertos invitaban a disfrutar de la época estival a través de su música ligera y refrescante, como Real Estate y su indie pop que siempre diré que se disfruta mejor al atardecer. También destacaron los bailes tropicales de Friendly Fires, con un Ed Macfarlane al que dan ganas de pedirle matrimonio. O un Washed Out que, a pesar de un comienzo algo machacón, retomó su vena chillewave hacia el final. Y el sonido tan Coachella de Odesza, muy enlatados, como era de esperar, pero tremendamente evocadores. Y no hay que olvidar el soul y funk de Leon Bridges, que en realidad más refrescarnos nos encendía aún más. Y aunque no muy veraniegos, pero merece la pena tenerles en cuenta, Young Fathers son una auténtica apisonadora que volvió loco al público.

La música salva los platos

A pesar de ciertas solapaciones de sonido, en general en este aspecto, o al menos por mi experiencia, pocos peros se podía poner, haciendo gala de una buena calidad sonora por lo general. Y por calidad musical y artística, también. Así que al final se aplica el titular del artículo, generando ese amor/odio que no sabemos como evolucionará a lo largo del año para plantearnos regresar en 2019. Veremos.

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