10 artistas ñoñi-folk aupados y olvidados por la masa tras un solo hit

El folk pop nunca ha sido demasiado propenso a conquistar las listas, pero de vez en cuando surge alguna canción que conquista los corazones más mundanos que, hartos de tanto -insertar género de moda en equis momento-, necesitan su dosis de emoción cuasidesnuda y supuestamente honesta. Porque no todo va a ser arrimar la cebolleta y las tardes lluviosas de domingo también existen. Una voz generalmente melosa y una guitarra son suficientes. Aunque a veces es cierto que la fórmula varía, y puede resultar más rimbombante, alegre o épica. Pero en cualquier caso, ideales para aparecer de fondo en un anuncio. Sin embargo, tras el éxito, la mayoría de nombres suelen volatilizarse para la mayoría que se emocionaron con su gran hit, aunque puedan mantener cierto estatus entre determinado público, lo que les permita participar en algún festival o llevar a cabo una gira por salas pequeñas.

Así ha sucedido por ejemplo hace poco con LP y James Bay, que estuvieron recientemente en Mad Cool, un festival que, a pesar de la calidad de parte del cartel, también tira mucho de este tipo de artistas que encantan a cuñados y cuñadas que van de intensitos y que posiblemente cuando Dua Lipa saliese al escenario dijesen “esto no es música de verdad”. Pero sinceramente, a la mayoría que auparon su éxito les importa una mierda su carrera. Es verdad que ella aún está por sacar su nuevo álbum tras Lost on you, pero del anterior no logró sacar un single que le llegase a la suela, así que posiblemente se quede en one-hit wonder. Y Bay ha dejado el rollito de chico blandito y llorón con su guitarra y se ha cortado el pelo y modernizado su sonido, pero la jugada no le ha salido muy allá en lo que se refiere a ventas y Let it go se quedará posiblemente como su gran bomba comercial.

Y si Vay tiene su Let it go, Passenger tenía su Let her go, que era diabetes pura con esa voz de pito ñoña y una instrumentación demasiado azucarada. En este caso no se le va a echar nada de menos, y eso que ha sacado discos a porrillo desde aquel: ¡seis, nada más y nada menos! Pero parece que a pocos les importa. Aunque también hay que decir que, paradójicamente, de todos los artistas de este post es posiblemente la canción que mejor haya aguantado la buena salud en streamings (y la que más acumula: ¡800 millones en Spotify y 2000 en YouTube!), pero también el que mayor desproporción sufre en este aspecto respecto al resto de su obra. En el caso de Vance Joy (en la foto), hay que decir que aunque su buenrollista Riptide arrasó, a un par de singles de aquel disco no les fue nada mal y el nuevo tiene una buena media de streamings, sin ningún pelotazo, eso sí. Pero el público, y en el caso español todavía más, no le dio más oportunidades después de esta canción. Y he de admitir que, sin apasionarme, me resulta adorable sin empalagar y en el caso del hit en concreto no se arrima a este buenrollismo enervante y forzado tan de anuncio y que tanto triunfa.

Justo el mismo buenrollismo por el que lo petó Ho Hey de The Lumineers, que además de llegar al top 10 de medio mundo, en nuestro país fue la sintonía de un anuncio. Hay que reconocer que la melodía y los ganchos eran notables, pero acabamos de esos gritos hasta el gorro. En este caso, aunque las listas se olvidasen de ellos, su siguiente disco gozó de mucho éxito (un par de canciones superan los 200 millones de reproducciones cada una), así que no siguen viviendo solo de las rentas de aquella canción, aunque de manera vox pópuli hayan desaparecido. También mucho buenrollismo hubo en su momento con vientos los de Little talks de Of Monsters and Men (que por cierto, la voz de él siempre me ha recordado un montón a la de Oliver de The xx), una de esas canciones que muchos calificaban con un “¡jo, como te pone las pilas!”. Tampoco es que les fuese mal con el siguiente disco, pero, como el resto de protagonistas del post, el gran público les dio la espalda.

También hay casos de artistas y bandas que jamás llegaron a obtener top 10 alguno, pero gozan de decenas y cientos de millones de streamings (porque hay vida aparte de las listas), como el caso de The Strumbrellas y su superghappy Spirits, de la que hay que reconocer que tiene una melodía maravillosa), y que obtuvo muy buena acogida, con 150 millones de reproducciones, frente al resto de temas del disco, con una media de 6 millones. O Lord Huron, que gracias a la aparición de The night we met en la Por 13 razones, se convirtió en el éxito tardío de su último disco. Y así un montón de ellos que muchos ni hemos escuchado hablar, pero que podréis descubrir en artistas relacionados en plataformas varias si es que os te interesa (que esa es otra, probablemente no).

Tampoco me quería olvidar de Hozier, que su Take me to church supuso todo un himno LGTB que sinceramente se agradeció (en el mainstream no hay demasiado donde rascar en este sentido) y que, obviando este factor, era una composición más que decente por sí misma. Sin embargo del propio disco no se obtuvieron más éxitos y aunque habrá que esperar al siguiente, posiblemente siga el mismo destino que el resto de artistas. Y centrándome para terminar en un caso exclusivamente español, gracias de nuevo a un anuncio, tras el excelente recibimiento de Glacier, a nivel popular James Vincent McMorrow desapareció. Aunque también es cierto que, aunque viral, nunca llego a ser tan explotada como otras canciones del artículo y ni si quiera la radiofórmula la llegó casi a pinchar.

Ahora parece que le ha tocado el turno a Tom Walker y su Leave a light on (aunque tiene un punto también a Imagine Dragons), que va por los 150 millones de reproducciones. Y sí, tiene toda la pinta de que no vayamos a volver a saber nada más de él nunca más cuando el tema pierda fuelle. Así funciona el ámbito comercial, de vez en cuando intenta aportar algo de variedad a su fórmula, pero rápido se cansa de ello. Puede que muchos incluso jamás olviden aquel tema que tanto les removió por dentro, que quién sabe si hasta protagonizó un importante momento de sus vidas. Y sin embargo no querrán indagar más sobre el artista de turno, y el entramado musical comercial tampoco pretenderá darlo a conocer algo más porque supuestamente no les interesa. Personalmente, prefiero bailar una reguetonada chunga a aguantar a la mayoría de esta peña, pero por otra parte resulta triste lo volatilidad del público y la intransigencia del negocio de la música.

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