Por qué habría que reivindicar, sí, todavía más, a La Casa Azul

Y este titular lo afirma un no fan. Nunca me ha disgustado La Casa Azul, y en directo me lo paso teta, pero soy de los que no pasa de escuchar algún tema suelto y poco más. Pero es que obviando gustos personales, siempre he alabado las bondades del proyecto de Guille Milkyway y, aunque obviamente haya muchos seguidores de su obra, siempre me ha dado la sensación de nunca se ha valorado tanto como merece. Y eso que la mayoría ya no le encasillan en el tonti-pop, como sucedía en sus inicios (¡como si eso fuera malo!), pero aun así el género no ayuda a que sea tan adorado como un Vestuta Morla y similares.

Aquí de nuevo entra la eterna lucha entre el rock y el pop, de la que muchas veces hemos hablado en esta web. O más bien la actitud altiva del primero hacia el segundo. Porque ya se sabe que el rock es para machos y el pop para nenitas, y como las opiniones de la masa siguen siendo dictadas por el hombre heterosexual, afectando incluso a las de otros grupos sociales, al final lo que prima es una actitud machista y trasnochada, incluso aunque no sea tan evidente como antaño. Siguen los posos, de manera sutil, pero siguen. Y menos mal que se trata de un proyecto liderado por un hombre, que si no, apaga y vámonos.

Pero obviando los motivos por lo que no es valorado suficientemente, vamos a por los que sí. De primeras, y quizás no de manera tan obvia, porque muchos no han acudido a ninguno, es en los directos donde su música más crece. Además de un extenuante espectáculo visual, con el paso del tiempo ha perdido ese carácter enlatado y ha ganado en potencia y claridad. Con un Guille que, al principio del proyecto no era muy fan del escenario, ahora se muestra en su salsa, exultante, normalmente acompañado por un público que, además, no solo lo da todo en los hits, sino en la mayoría de las canciones interpretadas.

Y qué decir de la producción, uno de los aspectos menos cuidados de nuestra música. Y sí, no solo en el ámbito comercial, también en en independiente. En este caso los anglosajones nos dan sopas con hondas. Sin embargo Guille cuida hasta el último detalle, con miles de matices, fomentando un diseño de sonido no solo elaborado, sino ciertamente colorista. ¡Kandinsky estaría orgulloso! Y no solo hablo en términos de calidad, sino de variedad, tanto dentro de su propia música (pero sonando siempre a él mismo), sino respecto a otros coetáneos. Su impronta sonora resulta totalmente distinguible.

Por supuesto no hay que olvidar unas melodías que deberían coronar todas las listas. Sin embargo la melodía es un concepto que, paradójicamente, cada vez tiene menos cabida. En el ámbito comercial, con algunas de lo más reduccionistas y tan simples como en mecanismo de un sonajero. En el indie hay más exponentes notables, pero al fin y al cabo el pop no abunda tanto en este sector. Por lo que un proyecto tan melódico, que cuide tanto este aspecto, es una rara avis. ¿Es que el espíritu de gente como ABBA se esfumó? Por suerte unos pocos seguimos valorando una melodía que, aunque pegadiza, mantenga cierto atisbo de complejidad, cierta intríngulis.

Además Guille es un tío que cae simpático y, como demostró el pasado año en Operación Triunfo, sabe de música un huevo y más. Es un mago de la música infravalorado que debería ser todo un modelo a seguir. Pero aquí estamos, y ya no me refiero a los machistas que pululan por el reguetón, sino dentro del indie, con personajes que quizás tengan mucha actitud (para algunos, y ciertamente estereotipada), pero que en el resto de aspectos flaquean por todos lados. No será el más cool, pero, incluso aunque no seas muy fan, como es mi caso, hace del mundo un lugar mucho más pop y por lo tanto mejor donde vivir. Y por muchos años.

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