Crónica del festival BIME Live! 2018 de Bilbao

Con la alegría de un infante, acudimos a la quinta edición del festival BIME Live de Bilbao para este 2018; un festival y una ciudad que está ganando adeptos entre los aficionados a los festivales, gracias a su BBK o al próximo gran evento de la famosa cadena MTV. Otro revulsivo es su amplia oferta turística regada también con la oferta de conciertos gratuitos previa al festival donde acudieron los Trending Tropics o North State. En el magro de la oferta musical, es también un gran atractivo el hecho de que acudan grandes propuestas dentro del marco de un festival mediano y no demasiado masificado, a lo que hay que añadir que fuera de la ciudad pero cerca de Barakaldo, la amplitud de sus naves y transporte público durante toda la noche que lo hacían cómodo para transitar por el interior y acceder al BEC facilmente.

Viernes 27

Comenzamos la jornada con John Maus, al que ví en 2011 en el Primavera Club de Madrid y cuyo recuerdos son alaridos y aspavientos sin control y gente arrojándole todo tipo de objetos al escenario. Desde ese concierto John Maus decidió crea una banda para sus futuros conciertos, sin embargo, John se enfrentó de nuevo a pecho descubierto ante el público, dejando estupefactos a los presentes que no le habían visto nunca y con una decepción de media sonrisa para aquellos que ya lo habíamos visto de esa guisa. ¿Podría ser por su desmotivación ante la pronta muerte de su hermano? John pareció enfrentarse al directo como si de una terapia fuera, viviendo cada momento como si no hubiera un mañana, berreando o cantando, sudando como un pollo, tensando el cuerpo, dibujando en su rostro gestos de tensión, emoción, pasión… quién sabe. Además de ésto, al termino de cada tema, acudía al reproductor al fondo del escenario para beber algo y cambiar de canción él mismo, algo que sin duda, resultaba un ejercicio bastante naif y por qué no, entrañable. Aún así, siempre es un bueno momento para ver uno de sus conciertos y deleitarnos con su música y su puesta en vivo de la que no saldrás indiferente. En cuanto a los temas, pocos o ninguno de su nuevo Addendum y sí muchos del pasado como My whole world’s is comming apart de 2006 o Cop Killer de su aclamado We must become the pitiless censors of ourselves.

Slowdive puso el punto de cordura a la noche con su dream pop y shoegaze de altos vuelos. Aquellos que empezaron con las drogas más tarde ya podrían haber dedicado parte de su motín al mítico grupo, o ahora que lo pienso, la banda británica es lo bastante lisérgica como para alcanzar altas cotas de placer. Su última entrega homónima todavía está en la mente de los presentes, donde se entusiasmaron en los primeros acordes de Sugar for the Pill, y mucho más sus anteriores temas como Alice, Machine Gun o Dagger, aunque su sonido no fue todo los sucio que podíamos esperar, el conciertos transcurrió nítido, limpio y desnudo, sin necesidad de utilizar aparatología técnica en forma de visuales o efectos de luces.

Tras el multitudinario concierto de Slowdive, con Editors la cosa se ponía dura entre los asistentes, ávidos de bailar al ritmo del clásico sonido indie británico, un estilo que parece no deteriorarse a lo largo de los años y que arrastrará a su séquito de fans a lo largo de mucho tiempo. Abrío con Cold y con Hallelujah (So Low) a medio tiempo de su último Violence y que poco a poco iría subiendo de intensidad, no solo en los bombos sino también en la enérgica y entregada actuación de su líder Tom Smith. Con el público y ellos mismos a todo gas, ya solo quedaba tirar de clásicos como Pavillon y Blood para danzar colectivamente.

Lo de Yung Beef es para comer aparte. Subidos en una jaula y con una dj salida de Blade Runner dentro de ella, la propuesta del granadino fue la antítesis a todo el festival: no cantan bien, no bailan bien, pero no hay que perdérselos. De Granada a París y por algo será, porque tiene imagen, rollo y es la viva imagen un quinqui venido a más: con ganas de triunfar y no de morir de sobredosis. Los millenials abarrotaban la sala mientras los puretas estaban a lo suyo, todo muy equilibrado, y como si del escenario XS del Sónar de este año fuera, tras ellos actuaban Sara Ndonga o Fuego Squad, residentes en la Razzmatazz de Barcelona. No sabemos lo que durará el rollo trap, pero de momento tienen cuerda y morro para rato.

Por fin llegó el momento que todos los puretas de la electrónica estábamos esperando, y la que fue sin duda lo mejor de la noche del viernes: Aphex Twin. Su retorcida, mental, apabullante y sensible electrónica forma parte del imaginario colectivo del que ama de verdad la electrónica. Sin embargo, su música y su propuesta visual ya ha transcendido los límites entre géneros para ocupar un espacio de honor en la música popular contemporánea. Prueba de ello eran las hordas de gente luciendo su camiseta y otros tantos que, al ser el último concierto, se acercarían para golismear. Fue además el único concierto de la jornada con un despliegue de medios visuales. El directo empezó con Richard D. James subido a la cabina y rodeado de 13 pantallas pequeñas con su famoso logo perfectamente identificable y que se iba distorsionando por momentos mientras los sonidos se iban adueñando de la nave. El entusiasmo por formar parte de su extraño y mental mundo musical hizo que quisiéramos más a cada paso, pero al que nos iba introduciendo poco a poco a modo de ritmos lentos de IDM, estructuras abstractas que, sin embargo, no nos enganchaban del todo, seguido de ritmos reguetoneros y bass music que nos adentraba en la antesala de su imaginario psicótico; y es que no sabíamos si Richard estaba jugando con nosotros, ya que tanto ponía un tema más bailable y otro más ambient y tranquilo, pero lo que sin duda parecía, era todo un homenaje a los ritmos que les vio crecer durante los 90. El ritmo iba en ascenso y los visuales volviéndose más agresivos y grotescos hasta el punto de mostrar durante unos minutos imágenes distorsionadas de personajes como La Veneno, Las Fellini, Yurena, Tamara y su madre la Seisdedos, Ana Torroja, Franco, Isabel Pantoja, Aznar, Pablo Iglesias o Julio Iglesias o insertando la famosa cara feista de Richard en directo sobre las caras del público, en una conjunción sublime de electrónica experimental, sentido del humor y lo grotesco. Con la gente ya en el bolsillo, solo podíamos seguir como zombies sin ritmos imposibles de bailar (literal) y un final a todo bombo escupiendo beats como si un punkarra se hubiese adueñado de las máquinas. Histórico.

Sábado 28

El segundo y último día de festival se presentaba más cargado de gente que la jornada predecesora. Es un clásico de los festivales que la gente acuda a este día sobre todo para unirse a la sesión dj, que estaba capitaneada por Nina Kraviz pero también por los directo más tecno de Jon Hopkins o Four Tet. Sin embargo, también había cabida para grupos más pop, incluso intimistas como José Gonzalez o Sun Kil Moon.

Unknown Mortal Orchestra

El raro de UMO es siempre bienvenido a los festivales por su magnética mezcla de rock, psicodelia, lo-fi y electrónica y uno de los pequeños platos fuertes de los festivales. Su discurso musical vino acompañado de dos bajadas del escenario y su huida por el recinto con la guitarra a cuestas -mientras la tocaba claro- y posteriormente vuelta a su lugar entremezclándose con el público. Su concierto a primera hora de la tarde fue muy bien recibida ya que su intensidad se vio rebajada un tanto con respecto al disco que suele ser más sucio y guitarrero -sobre todo en su Sex & Food, para dar paso a un rock de dormitorio y mucha incursión al soul. El tracklist fue un popurrí de anteriores discos pero ninguna alusión a su último IC-01 Hanoi, en la calle justo dos días antes del concierto, si bien, hizo alusión a un nuevo tema de cuyo nombre no fui capaz de memorizar y que suponemos es de este nuevo disco.

Me acerqué a Sun Kil Moon sin grandes esperanzas ya que lo poco que había escuchado antes me parecía demasiado lento para un concierto en un festival. Sin embargo el escenario Antzerkia estaba dotado de una grada para sentarse ante este tipo de conciertos por lo que me animé a ir. Me sorprendió gratamente su discurso musical basado en un especie de folk, spoken word, jazz y pop de cámara, y sobre todo por la actitud de su lider Mark Kozelek, quien se paseaba continuamente por el concierto, desafiando a la hora que tenía por delante como si de dos fueran. Acompañado de un piano y una guitarra, su presencia en el escenario se comía con patatas al de los músicos, debido a varios factores como su soberbia  voz y a los chascarrillos que soltaba antes, durante y después de cada tema, donde te podía contar su vida en los 90 cuando escuchaba a los Rage Against de Machine en su ciudad natal durante los 15 minutos de un tema cuya base musical eran, básicamente, sus dos músicos acompañantes tocando sobre la misma base jazz todo el rato esperando a que terminara. La mejor voz del festival sin duda acompañada de una actitud chulesca y ácida que nos enganchó.

Ionnalee era una de las más esperadas de la noche del sábado, ya que, entre otras cosas, era la primera vez que pisaba suelo español. Agradecida y emocionada, no dudó en mostrar su encanto por la ciudad de Bilbao, en la que pasó dos días antes del concierto. Su debut en solitario Eveyone Afraid to be Forgotten sonó contundente acompañada una puesta en escena más que atractiva. La sueca no dudó en incorporar elementos a su mono petado de blanco nórdico en pleno invierno, como flecos o unas alas con luces para el deleite del público, entre ellos mucho millenial y LGTB. Ya teníamos ganas de mover un poco el culo y de dejarnos llevar por ritmos más hedonistas y visuales atractivas, que básicamente era su propia imagen reproducida y retocada en directo, a lo que habría que añadir tres ventiladores que hacían ondear su rubia cabellera. Además de hacernos bailar, nos hizo disfrutar de su arrolladora presencia en el escenario -coreografías incluidas-, y es que se notaba que tanto nosotros como ella lo estábamos pasando bien. Una rara avis entre sus homónimas suecas del pop electrónico, que se merece más, pero que ella prefiere mantenerse como diamante en bruto al abrigo de la toxicidad mediática.

Me dijeron que no fuera al concierto de MGMT, que sonaban fatal y que además corría el riesgo de cortarme las venas. Yo, que hace mucho que no les veía en directo y preso del cargo de conciencia si no les veía, me acerqué con más espíritu crítico que nunca. Y hay que decir que !tampoco fue tan mala experiencia! Después de Ionnalee queríamos seguir bailando, y digan lo que digan, MGMT tiene mucho nombre para los más y los menos puretas del género. Se mueven como pez en el agua entre el pop y la psicodelia y no escatiman en dar al público tantos momentos sublimes de baile como de otros momentos más llanos pero cargados de hermosas reminiscencias al pasado hippie, que es lo que verdaderamente son. Hicieron que cada canción tuviera identidad propia gracias a los visuales, luces y efectos preparados para cada canción; así Little Dark Age se volvió lúgubre y misterioso el escenario y Time to Pretend, tocada en segundo lugar, fue todo lo contrario… ¿fue cuando uno de ellos se subió a una bicicleta estática mientras tocaba, o cuando inflaron ese enorme muñeco? Sea como fuere, el final con Me and Michael y Kidz fue realmente bueno, alargando éstos el final de Kidz y cambiando su versión de estudio para mayor euforia del público. Sin embargo, sus integrantes empezaron a tocar las palmas cual flamencos, algo que suscitó la pitada de unos cuantos entre el público, o así al menos lo entendí.

Gusgus hizo lo propio en un directo histriónico y bailable, con un repaso a su trayectoria basado en el estilo adoptado en Arabian Horse y con su clásico David de 2002, todo un remember perfecto para enlazar con Jon Hopkins.

El inglés firmó uno de los mejores directos del festival. Su propuesta va más allá de los musical, donde además de su inspiradora música, cuenta la historia de cada tema a través de visuales que van desde la animación, a formas creadas en estudio de diseño que recuerdan al espacio exterior, haciéndonos partícipes de que si no hay vida en otros planetas, música si hay. Un encuentro emocional con el tecno y paisajes electrónicos que ponen sonidos a las auroras boreales, a un viaje interior y a la inmensidad del universo. Un tecno disfrazado de arte y un baile mental que más que un concierto es una experiencia. Tocó casi en su totalidad su último Singularity y la parte más bailable de Immunity.

Con esto y un trozo de bizcocho a 4 euros echamos un vistazo a Nina Kraviz que estaba pasada de revoluciones con reminiscencias al drum n’ bass, al acid y al hardcore, en un setlist bastante interesante, arriesgado y underground, pero que dejamos de lado para acudir a Four Tet, de quien poco más puedo escribir sino que fue una auténtica decepción. El que sustituyó a M.I.A. solo pudo dar temas de un tecno-hardhouse ratonero que a unos convencían por ir directos a la zapatilla pero que no cumplía las expectativas para quienes buscaban algo más auténtico del artista.

Han faltado muchos artistas por mencionar, pero como es normal, los conciertos se solapan y el cansancio apremia, por lo que no pudimos disfrutar de los vascos Vulk, Elena Setien o el oscarizado Nico Casal, así que, ¡otra vez será! ¡y hasta el año que viene para el BIME live 2019!

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