Concierto de Molly Nilsson en la sala Caracol, Madrid

No sé qué tiene Molly Nilsson que a todo el mundo (que la conoce) le gusta. La melancolía, la nostalgia o la tristeza de buen rollo que rezuman sus temas, bañadas con bases lo-fi, es una combinación perfecta y que desempeña una labor crucial a la hora de penetrar en el advenedizo oyente actual. Sabemos que no ha inventado nada, pero lo que hace llega al corazón. También sabemos que lo autoeditado y con tufillo ochentero ya es sinónimo de triunfo, de admiración o de apuesta segura, como el caso de Geneva Jacuzzi, los comienzos de Nite Jewel o la española Brigitte Laverne.

Su voz penetrante, grave pero dulce a la vez, acompaña muy bien su imponente físico ante el escenario, que le hace tener seguridad ante el público pero mezclada con una entrañable nota frágil. Disco tras disco, y ya van 8, Molly sigue en la linealidad de su obra creada desde su dormitorio, como ella recordó en directo, y, a pesar de ello, sigue gustando. Es lo único que se le puede reprochar a la sueca porque allá por donde va, llena salas. Venía a presentar su nueva entrega 2020 con un público no tan postmillenial como cabía esperar, aunque pensándolo bien, probablemente sea muy actual para ellos, por lo que el espectro de invitados fue mucho más heterogéneo. Tocó todas las canciones de su nuevo álbum y otras de Imaginations como Mona-Lisa’s smile, Money never dreams  (con fuerte mensaje anticapitalsita),  Not today Satan o 1995 y Mountain Time, Happiness de Zenith, esta última dedicada a todas las mujeres del mundo que no pueden utilizar la diversión como libertad e himno bailable, en la recta final de su actuación. Su nuevo 2020, aunque no con tantos hits, suena con un marcado acento dub y muy influenciado por su novio Sean Nicholas Savage, quien se encontraba entre el público mimetizado con el mismo color de tinte de Molly, y quien no podía evitar mirarla con ojos de enamorado y con la baba en forma de charco en el suelo.

Siempre es un placer ver a Molly en el escenario, y todavía sigo sin saber por qué… quizá por su imponente presencia, sus chascarrillos, sus intentos en hablar en español –hace pocos meses estuvo en el festival Ruidismo en Murcia-, sus mensajes a lo coaching y feministas, o será algo así como lo que se decía de Lola Flores: no canta bien, no baila bien, pero no se la pierdan.

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