Los grandes festivales pinchan en 2019: ¿la burbuja ha explotado o se trata de una crisis puntual?

En realidad, no se va a contestar a la pregunta planteada en el titular, porque por ahora no soy adivino, pero voy a intentar analizar la situación general y cada caso en particular. A partir de ahí, habrá que esperar a 2020 para comprobar si sigue o no la tendencia de este annus horribilis para los grandes festivales nacionales.

El caso más llamativo y sobre todo reciente ha sido el del Sónar. 20 mil asistentes menos este año es un buen pico, pero se puede deber en buena medida al cambio de fecha, un mes más tarde lo normal. Porque si, especialmente Sónar Día, es incómodo en junio por culpa del calor (en las zonas exteriores, donde se encuentra el escenario principal, SonarVillage), en julio ni te cuento, amen de lo que supone moverlo a plena época vacacional. También se juntó la huelga de montadores, lo que echaría para atrás a mucho público de última hora, aunque la organización afirmará que no les iba a afectar (finalmente Fira de Barcelona contrató a otra empresa).

Otro motivo importante también ha sido el giro del cartel hacia un concepto más urbano y quizás menos puramente electrónico (y sin cabezas de cartel tan llamativos o populares). Y claro, muchos clamaron al cielo que la esencia del festival estaba en entredicho, porque incluso aunque la electrónica no reinara como antaño, para ellos poco tienen de música avanzada (el leit motiv real del festival) el trap o reguetón. Sin embargo, durante las últimas ediciones se ha ido tornando progresivamente a este tipo de géneros, de manera natural, aunque este año, como la apuesta ha resultado más evidente, probablemente haya sido la gota que ha colmado el vaso.

El caso del Primavera Sound es similar, pero en 2019 han llevado a cabo este giro de manera mucho más brusca, y por ello se han visto en la necesidad de proclamar el «the new normal» a los cuatro vientos. También han virado hacia el pop, que, con el rollo urban, no ha sentado nada bien en muchos sectores, lo que ha provocado que muchos se hayan bajado del barco y este año la afluencia de público no haya sido tan espectacular (aunque yo firmaría por ello todos los años), excepto el sábado por Rosalía. Los que ya no vuelven posiblemente sean más que los que se hayan subido. Mucho público potencial necesita de más de una edición para hacerlo, y por ello este (hasta cierto punto) arriesgado movimiento se vislumbra como efectivo más a medio plazo.

Mad Cool no ha vivido ningún drama este año, pero los previos les han pasado factura, y muchos juran y perjuran que no volverán. Por ello la afluencia este año ha sido sensiblemente menor (también es verdad que redujeron el aforo). Para recuperar esta confianza se necesita de más de una edición sin problemas. Tampoco ha ayudado que, salvo The Cure, no ha habido más grandes nombres del rock que otros años atraían a hordas de puretas rockeros (porque, por lo visto, Smashig Pumpkins e Iggy Pop no son suficientes). Pero claro, es que no hay tantas bandas del género tan enormes, por lo que normal que no todos los años puedan encabezar su cartel. No se sabe si por este motivo, por falta de oportunidades de contratación o porque se han dado cuenta de lo primero y ya están optando por otro estilo antes de que en una futura edición resulte más forzado.

BBK Live posiblemente es el que mejor haya salido parado, aunque también ha sufrido un ligero descenso respecto a 2018. Puede deberse a algo puntual, o que el cartel intenta satisfacer a demasidos targets, este año de manera más acusada. Otros pueden decir que busca el equilibrio y que, sin arrasar, ha gozado de buenos números.

Las vacas flacas del FIB no son nuevas, pero sí que hubo cierta recuperación de público en los últimos dos años. Pero este año se han congregado casi 50 mil personas menos respecto a la pasada edición. Quizás se trate del festival que menos haya evolucionado (genial para algunos, no tanto para otros), ya que su cartel sigue algo anclado en lo que arrasaba hace una década. Puede que esta edición suponga la inflexión de su línea, como declararon en una entrevista para El País donde se planteaban darle la vuelta al cartel en futuras ediciones por los cambios de tendencias. Después del anuncio de su compra por parte de The Music Republic, casi seguro que FIB 2020 evolucionará.

Entonces, si se produce un cambio significativo de la línea, las cifras descienden; si no lo hay, también, ¿será que la burbuja festivalera ha comenzado a deshincharse? Al final gozamos de tanta oferta que ya hasta resulta agotador. Además, y respecto a la los grandes, quizás el desembolso que supone ya no compensa y se puede vivir la experiencia festivalera de manera más económica y sin masas de gente, aunque no haya cabezas tan rimbombantes que o ya te los sabes de memoria o ya no casan con tus gustos. 2020 puede ser una año capital para el negocio de los grandes festivales, para bien o para mal, y el análisis de las causas y será más certero. Estaremos atentos.

Aclaración: En versiones anteriores de este artículo informamos erróneamente que Sónar había contratado a otra empresa para cubrir a los montadores en huelga, cuando esto ha sido responsabilidad de Fira de Barcelona. Así mismo, hemos matizado que únicamente el SonarVillage se encuentra en zonas exteriores de Fira de Montjuic, aunque sea un escenario principal.

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