Tomarse los Grammy en serio en pleno 2019 como súmmum del ridículo

Estamos en época previa a los Grammy, tanto respecto a los de toda la vida (las candidaturas se presentaron hasta este martes 1), como a la los latinos (las nominaciones fueron reveladas la semana pasada). Los primeros, al igual que por ejemplo los Óscar, salvando las distancias, eso sí, siguen importando ligeramente a la opinión pública porque el mercado anglosajón continúa reinando globalmente, pero los latinos, por mucho que ahora vivan un segundo boom, ni el propio público objetivo los tiene casi en cuenta (el anglosajón ya ni te cuento). Es verdad que con el mentado boom resuenan últimamente más que la última década y media, porque la revolución latina a finales de los 90, principios de los 2000, duró dos cafés y años y años quedaron relegados a un perfil muy bajo. Pero vamos, a la gente se la pelan, hablando pronto y mal.

Sin embargo el mundo del artisteo (comercial) sigue en su burbuja de sexo, drogas y ¿rock and roll? y no quieren asumir que sus adorados premios gozan de un nivel de credibilidad nulo. Y cuando J Balvin, Maluma y otras voces del reguetón se quejaron de la poca presencia del género en las nominaciones, muchos pensamos que qué necesidad. La pregunta es: ¿qué esperaban? No sorprende que se indignen por tal «tropelía», de nuevo demuestran que viven en un mundo aparte. Sin embargo, sí que sorprende que esto les pille de nuevas. Los Grammy, como buena parte de los premios, especialmente los que se toman demasiado en serio a sí mismos, están conformados por dinosaurios de la industria, que verán con mejores ojos a un Alejandro Sanz o unos Maná más pop o rockeros, que a un Ozuna. Porque no saben o no quieren saber que el nuevo pop en el ámbito latino es el reguetón.

Resulta comprensible la crítica hacia ellos, ya que el menosprecio es palpable, aunque haya varios nominados que pertenecen al género. Pero no cabe duda que, en la música comercial, que es de lo que se ocupan los Grammy (por mucho que luego dispensen premios «alternativos»), el reguetón paga todas las facturas a día de hoy y el reconocimiento debería ser mayor. Algunos dirán que no llega a unos mínimos de calidad artística, ¿pero en serio Alejandro Sanz los alcanza? Como sucede entre el gran público, sigue habiendo una amplia variedad de prejuicios hacia el reguetón. Algunos justificados, como el machismo, pero que también se podrían aplicar a artistas de otros géneros que sí son bien recibidos; la diferencia es que ellos son más sutiles a la hora de plasmarlo en su música.

Al final, por ambos lados, es un problema de criterios trasnochados que poco tienen que ver con la realidad. Grammy y artistas se toman demasiado en serio a sí mismos como para que no resulte entre ridículo y tierno. Porque además en los Óscar, aunque la calidad sea relativa, siguen importando algo a la masa, pero los Grammy, y sobre todo los latinos, va a ser que poco. No hay credibilidad artística, pero tampoco popularidad comercial. ¿Por qué cabrearse entonces? Que sí, que un premio, aunque se trate de una pantomima, nunca está de más para alimentar el ego, pero que salgan de esa burbuja y aporten un poco sentido común al asunto. Lo mejor sería que se los tomaran como los premios MTV: ahí lo que importa es hacer el mamarracho y aprovechar la barra libre.

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