No, una versión orgánica de un éxito dance pop no es mejor o más auténtica

Si uno teclea Dancing on my own en Google, el primer resultado que aparece es la versión en clave baladil del clásico de Robyn interpretada por Calum Scott. Sí, antes que la original. Porque en Youtube esta revisión ha acumulado muchísimos más millones de escuchas (¡388 frente a 53!). Años después, en OT 2017, Cepeda interpretó la de Scott, cuando tenían la oportunidad de haber montado un momentazo disco-drama sobre el escenario. Y es que en la música comercial hay una regla no escrita de que, con instrumentación real, o, como es el caso, en acústico, todo es más emocional, honesto, auténtico. Incluso mejor.

Dicho así se antoja un tanto paradójico ya que a las baladas o géneros más orgánicos como el rock cada vez les cuesta más despuntar en listas de éxitos. Pero la realidad es que cada vez las listas dan más igual, y hay otras maneras de calar entre el gran público. Y además este tiene dos facetas: la divertida y despendolada, que puede perrear con un reguetón, y la que busca la supuesta emoción auténtica. Y claro, parece que en clave bailable no conecta tan bien, así que nada mejor que despojar de los beats a trallazos como el de Robyn para que puedan llorar solos en su habitación. Llorar en la pista de baile no es una opción.

Este era un asunto que siempre me había rondado en la cabeza, desde la comentada Dancing on my own o incluso antes, cuando la publicidad explotaba este tipo de versiones, con la blandita versión de Bizarre Love Triangle de New Order como ejemplo más exitoso. Eso por lo hablar de la musiquita de los programas de Bertín Osborne en clave chill-folk, que ya redondear el horror que generan en sí mismos. O cuando Justin Bieber interpretó Where are you now en los Grammy, no en clave acústica, pero sí rockera y poco bailable (que no le pega nada al canadiense), cuando la gracia de ese tema era precisamente el estribillo instrumental, la producción y los beats. Sin ellos, claro, la canción quedaba demasiado plana. El caso era eliminar el elemento dance.

Esta semana se me han vuelto a revolver las tripas cuando comprobé que en OT van a convertir Call me maybe a un rock’n’roll de corte clásico. El clásico de Carly Rae Jepsen destaca, además de por su adictiva melodía, por su carácter pizpireto, tontorrón y juguetón, acorde con la letra, que posiblemente se quede en a medio gas despojando su producción original. Porque el cambio de formato también altera el tono, y de una canción dramática como la de Robyn, como mucho puede resultar más llorón el resultado final, pero la esencia más o menos se mantiene. En este caso el giro lo cambia sustancialmente. Al menos no la han transformado en un tema acústico-dramático, eso sí.

Por supuesto no estoy en contra de revisar y versionar, pero me toca la moral que estas estén mejor valoradas. Y eso por lo hablar de lo que cuesta que un hombre interpretar ciertos estilo en clave bailable. ¿Es que Cepeda y Calum Scott son demasiado machos para cantar un tema dance pop? Y quizás la academia no vea a Flavio en clave pop petardo (aunque con ese voz a lo Chris Isaak tampoco es que le pegue). Otra demostración más de que el pop, sobre todo el divertido, bailable o electrónico, sigue denostado y muchos ansían reconvertirlo a estilos mejor vistos. Eso sí, como una canción folk o rock sea versionada al estilo dance, arde Troya.

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